La salida de Lancel dejó un vacío gélido en el salón. Meilyr soltó un suspiro pesado, dejando caer su peso sobre la mesa, mientras Áedán permanecía inmóvil, analizando el espacio donde su padre acababa de estar. La negativa de Lancel a hablar no era solo un acto de autoridad; era una muralla de contención que amenazaba con romperse bajo el peso de la nueva realidad.
—Se está quebrando —susurró Áedán, sin mirar a sus hermanos—. Padre ha sobrevivido a guerras y traiciones, pero ese pequeño dragón rosado lo ha golpeado más fuerte que el hacha de un verdugo.
—Déjalo, Áedán —gruñó Meilyr, aunque su tono carecía de convicción—. Si no quiere hablar, es porque lo que guarda no nos servirá de nada en la batalla que viene. Tenemos que centrarnos en lo que importa: proteger a Delayna.
Faron no participaba en la discusión. Se había acercado al ventanal, observando cómo la nieve comenzaba a cubrir los riscos exteriores. Su ojo rojo palpitaba rítmicamente. A través de la piedra y la distancia, podía sentir el calor de la criatura en los aposentos de su hermana. Era una luz suave, pero vibrante, que contrastaba con el frío gélido que emanaba de la silueta de su padre, quien ahora cruzaba el patio de armas con pasos urgentes.
—No es solo el pasado lo que le aterra —dijo Faron, y su voz mineral hizo que sus hermanos guardaran silencio—. Es el vínculo. Él sabe que una vez que un dragón elige a un jinete, sus destinos se entrelazan de una forma que ni el hierro ni el olvido pueden separar. Teme que Delayna deje de ser su hija para convertirse en algo que él no puede proteger.
Mientras los hermanos debatían el destino de la familia, en un rincón sombrío de la galería superior, Morana observaba. Había escuchado la mayor parte de la conversación, oculta tras una columna de piedra. La noticia del nacimiento del dragón la había dejado sin aliento, pero la reacción de Lancel la intrigaba aún más.
Como hija de Nera, Morana conocía bien el lenguaje del miedo oculto tras el poder. Pero lo que veía en Lancel no era la ambición de su madre, sino una agonía silenciosa.
"¿Qué fue lo que viste realmente en el cielo de la caída?", se preguntó Morana, recordando la historia de su madre y el bebé perdido. "Si mi madre perdió su alma en las nubes, ¿qué fue lo que tú dejaste allí, tío?".
En los aposentos de la niña, ajeno a las conspiraciones y los traumas de los adultos, el pequeño dragón rosado se había quedado dormido sobre el regazo de Delayna. La pequeña acariciaba sus escamas suaves, que ahora emitían un calor reconfortante.
De repente, la criatura abrió sus ojos violetas y emitió un trino agudo, mirando fijamente hacia la puerta cerrada. Sus fosas nasales se dilataron y una pequeña voluta de humo, del color de las flores de cerezo, escapó de su boca. Había detectado algo. No era el miedo de Lancel, ni la curiosidad de Morana. Era algo más antiguo, algo que llamaba desde los pasos profundos de la montaña, respondiendo al primer aliento de su especie en décadas.
El invierno en la Fortaleza de Piedra acababa de volverse mucho más peligroso. La paz que Lancel tanto anhelaba se estaba convirtiendo en el combustible de un incendio que ninguna muralla podría contener. El dragón había nacido, y con él, los secretos enterrados bajo la nieve comenzaban a exhalar su primer aliento de fuego.