El viento del norte soplaba con una fuerza renovada, arrastrando consigo el olor a salitre y libertad. Desde el balcón más alto de la Fortaleza de Piedra, la pequeña criatura de escamas rosadas estiraba su cuello, olfateando el aire con una urgencia ancestral. Sus ojos violetas se fijaron en la línea azulada del horizonte, donde el mar chocaba contra los acantilados.
Un trino vibrante escapó de su garganta. En su memoria genética, grabada en el fuego de mil generaciones, despertaban imágenes de alas inmensas oscureciendo el océano y alientos de fuego que evaporaban las olas. El pequeño dragón batió sus alas translúcidas con emoción, reconociendo en el rugido del mar el eco de sus antepasados. Delayna, a su lado, le acarició el lomo, sintiendo cómo el corazón de la criatura latía al unísono con el ritmo de las mareas.
Mientras tanto, a leguas de distancia, en la Capital que el grupo había dejado atrás, el ambiente era radicalmente distinto. En el despacho privado de la Regente, el aire estaba viciado por el humo de las velas de sebo y el aroma a vino amargo. Nera permanecía sentada frente a su chimenea, observando las llamas con una expresión de absoluta indiferencia.
A su lado, Sir Kaelen, el capitán de su guardia personal y su confidente más oscuro, aguardaba en silencio.
—Mi señora —comenzó Kaelen, rompiendo la quietud—. Los informes confirman que Morana cruzó los pasos del norte con sus primos. Se ha refugiado con ellos en la Fortaleza de Piedra. ¿Debo preparar una partida de recuperación?
Nera soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de afecto maternal.
—Déjala. Morana es una pieza débil en este tablero. Si cree que encontrará seguridad entre las cenizas de Aelnora, que lo intente. Mi hija es un sacrificio que estoy dispuesta a ignorar si eso mantiene a Lancel distraído.
Sir Kaelen frunció el ceño, intrigado por la calma de su reina.
—Pero Lancel se ha ido, mi señora. Ha vuelto con su estirpe. Ha roto el vínculo que usted tejía a su alrededor.
—El vínculo no se ha roto, Kaelen; solo se ha estirado —corrigió Nera, girándose para mirarlo con unos ojos que brillaban con una malicia puramente estratégica—. Lancel es un hombre de honor y deber. Esas son sus mayores virtudes y, por lo tanto, sus mayores debilidades. Regresará a mí por voluntad propia.
—¿Cómo piensa lograr tal milagro? —preguntó el caballero.
Nera se levantó y caminó hacia la mesa, donde reposaba una pequeña ampolla de cristal con un líquido lechoso.
—Voy a darle a Lancel lo único que puede obligar a un hombre como él a abandonar a sus hijos y su hogar —susurró ella—. Voy a enviarle una noticia que hará que su sentido del deber lo arrastre de rodillas hasta este palacio.
Sir Kaelen inclinó la cabeza, confundido.
—¿Y qué noticia podría ser tan poderosa, mi reina?
Nera sonrió, y en esa sonrisa se reflejó toda la crueldad de su linaje.
—Le diré que la noche que compartimos en los viñedos ha dado frutos. Le haré creer que llevo en mi vientre al heredero de su sangre y la mía. Un embarazo.
Kaelen palideció bajo su yelmo.
—Pero... eso es una mentira, señora. Usted sabe que no es posible tras lo que ocurrió en la caída.
—La verdad es un lujo que los soberanos no podemos permitirnos —sentenció Nera—. Lancel no podrá soportar la idea de dejar a un hijo suyo en mis manos, solo y sin protección. Vendrá a reclamar a su bastardo, y cuando entre por esas puertas, me aseguraré de que nunca vuelva a salir. La mentira será la cadena que lo devuelva a mi cama... y a mi control.