Renacimiento de Dragones

Capitulo 54

Las semanas transcurrieron sobre la Fortaleza de Piedra como un invierno que se niega a soltar su presa. El castillo, antes un refugio de silencio, se había convertido en el centro de una maquinaria de guerra invisible. Los pasillos resonaban con el eco de las decisiones tomadas en la oscuridad, y la familia, una vez unida por la huida, comenzó a fragmentarse estratégicamente para tejer la red que atraparía a Nera.

Áedán fue el primero en partir. Al amparo de una luna nueva, descendió hacia los muelles ocultos bajo los acantilados. Se embarcó en una carabela de casco negro, rumbo a los reinos de ultramar. Su misión era delicada: recordar a las coronas extranjeras los antiguos tratados de comercio que Aelnora había firmado y asegurar que, cuando el fuego regresara a Nothain, ningún ejército externo intervendría para salvar a la usurpadora. Áedán no llevaba espada, sino palabras de seda y promesas de oro, navegando aguas peligrosas donde la diplomacia es tan mortal como el acero.

Días después, Faron partió hacia el oeste. Cabalgando solo, con su ojo rojo oculto tras una máscara de cuero y el rostro endurecido por el viento, se internó en las tierras de los antiguos señores feudales. Su objetivo eran los veteranos, los hombres que aún guardaban en sus sótanos los estandartes con el sello de Aelnora. Faron no buscaba soldados jóvenes con ganas de gloria, sino hombres con cicatrices que recordaran la justicia de la antigua Reina y que estuvieran dispuestos a arder una última vez por su linaje.

En la Fortaleza de Piedra, el ambiente era de una tensa calma. Meilyr había asumido el mando absoluto de las defensas. Pasaba las horas en las murallas, supervisando el entrenamiento de los arqueros y asegurándose de que las catapultas estuvieran listas. Su presencia era el ancla física del castillo, el recordatorio de que, mientras él respirara, la fortaleza sería inexpugnable.

Lancel, por su parte, se movía por el castillo como un espectro de hierro. Aunque cumplía con sus deberes como estratega, sus ojos solían perderse en el horizonte del sur. La paz que había encontrado al llegar se veía empañada por una inquietud creciente, un presentimiento que no lograba sacudirse. El recuerdo de Nera era una sombra que se alargaba con cada puesta de sol.

Mientras tanto, en el patio interior, protegida por los muros más altos, Delayna observaba cómo el pequeño dragón rosado crecía a una velocidad asombrosa. La criatura ya no era el ser tembloroso que nació del huevo; sus alas eran más fuertes y sus escamas brillaban con un fulgor metálico bajo el sol invernal.

Morana solía sentarse a distancia, observándolos. Se había convertido en una sombra silenciosa en la fortaleza. No hablaba mucho, pero sus ojos seguían cada movimiento de Lancel y cada trino del dragón. A pesar de ser la hija de la enemiga, Meilyr permitía su presencia, consciente de que Morana ya no tenía lugar al que volver, pero sin dejar de vigilar la sangre de serpiente que corría por sus venas.

—Está aprendiendo a sentir el viento —murmuró Morana una tarde, acercándose a Delayna mientras el dragón intentaba elevarse unos centímetros del suelo.

—Él no tiene miedo —respondió Delayna, mirando a su prima—. El miedo es algo que los humanos inventamos. Él solo conoce el cielo.

La paz en la Fortaleza de Piedra era un cristal delgado. A miles de kilómetros, una carta con el sello de la Regente ya cruzaba los bosques, portando una mentira capaz de derribar los muros que Meilyr protegía con tanto celo. El tablero estaba listo, y las piezas se movían hacia un choque inevitable.




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