Renacimiento de Dragones

Capitulo 55

El invierno había endurecido los senderos, pero no lo suficiente como para detener a un jinete con el sello real de Nothain. Una tarde, cuando el sol apenas era un disco pálido hundiéndose tras los picos, el vigía de la puerta principal sopló el cuerno. Un solo jinete, exhausto y con el caballo cubierto de espuma, se detuvo ante el rastrillo de la Fortaleza de Piedra.

Meilyr bajó personalmente al patio, con la mano en el pomo de su espada. Sus hermanos no estaban, y la seguridad de la fortaleza recaía enteramente sobre sus hombros.

—Traigo un mensaje urgente para el Lord Comandante Lancel —jadeó el mensajero, extendiendo un pergamino lacrado con cera negra, el color personal de la Regente—. De parte de su majestad, Nera.

Meilyr tomó la carta, sintiendo un asco instintivo al tocar el sello. Subió a los aposentos de su padre, donde Lancel revisaba mapas de suministros junto a una pequeña chimenea. Al ver el sello negro, Lancel se tensó. Sus ojos grises se clavaron en el papel como si fuera una víbora a punto de atacar.

—Déjanos, Meilyr —ordenó Lancel con voz gélida.

—Padre, es de ella. Es una trampa —advirtió Meilyr sin moverse.

—Lo sé. Pero debo leerla.

Lancel rompió el sello. A medida que sus ojos recorrían las líneas caligrafiadas con la elegancia cruel de Nera, su rostro, ya de por sí pálido, se tornó del color de la ceniza. La carta cayó de sus manos, planeando hasta el suelo como una hoja muerta.

Meilyr, ignorando el protocolo, recogió el papel y leyó las palabras que Nera había dictado con tanta precisión quirúrgica:

"Lancel, el acero puede romperse, pero la sangre siempre reclama lo suyo. Lo que sembramos en la penumbra ha florecido. Llevo conmigo el fruto de nuestra unión; un hijo que crece bajo mi corazón mientras tú te escondes tras muros de piedra. Ven a proteger lo que es tuyo, o deja que el heredero de tu nombre crezca como el bastardo de una reina olvidada."

—Es mentira —rugió Meilyr, arrugando el papel—. ¡Es una artimaña para que vuelvas al palacio! ¡Ella sabe que Faron y Áedán se han ido!

—¿Y si no lo es? —preguntó Lancel, y por primera vez, Meilyr escuchó el sonido del miedo puro en la voz de su padre—. Si hay una posibilidad, aunque sea una entre mil, de que un hijo mío esté en manos de esa mujer... no puedo permitir que sufra el destino que ella nos dio a nosotros.

Morana, que pasaba por el pasillo, se detuvo al escuchar los gritos. Al entrar en la habitación y ver el estado de su tío, comprendió de inmediato que su madre había hecho su jugada maestra.

—Ella lo planeó, tío Lancel —dijo Morana, con voz temblorosa pero firme—. Mi madre no ama a nadie, ni siquiera a los hijos que aún no nacen. Si te dice esto, es porque sabe que es la única cadena que no puedes romper.

Lancel se levantó, su mirada perdida en algún punto lejano del sur. La paz de la Fortaleza de Piedra se había evaporado. La mentira del embarazo falso de Nera acababa de asestar un golpe más letal que cualquier dragón.

—Prepara mi caballo, Meilyr —dijo Lancel con una determinación sombría—. No iré para unirme a ella. Iré para terminar con esto de una vez por todas.

—¡Si cruzas esa puerta, nos dejas solos! —gritó Meilyr—. ¡El dragón de Delayna apenas vuela y nuestros hermanos están a semanas de distancia!

Pero Lancel ya no escuchaba. El hombre que se había sentido en paz recordando a Aelnora ahora estaba poseído por el fantasma de una nueva responsabilidad. La red de Nera se había cerrado, y el Príncipe de Hierro estaba a punto de caminar directamente hacia la boca del lobo por un hijo que solo existía en la mente retorcida de una reina.




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