El viento aullaba entre las almenas, pero el murmullo dentro de las cocinas bajas era mucho más cortante. Delayna, que bajaba a buscar un poco de leche para su pequeño dragón, se detuvo en las sombras de la escalera al escuchar las voces de dos sirvientas que limpiaban la platería.
—Dicen que el Lord se marcha al amanecer —susurró una, mirando hacia la puerta—. Dicen que la Reina Nera espera un hijo suyo. Un heredero de sangre y hierro.
—Pobre niña —respondió la otra con lástima—. Después de todo lo que pasaron para huir de ese nido de serpientes, él vuelve a la cama de la usurpadora. Los hombres son esclavos de su estirpe, supongo.
El cántaro de barro resbaló de las manos de Delayna, rompiéndose contra el suelo. El sonido fue como un disparo en el silencio de la cocina. Sin mirar atrás, la niña echó a correr, con el corazón golpeando sus costillas como un pájaro enjaulado.
En el patio de armas, bajo la luz de las antorchas, Lancel terminaba de ajustar las cinchas de su caballo negro. Su rostro estaba hundido en sombras, una máscara de piedra que no dejaba traslucir el tormento interno. Meilyr permanecía a unos pasos, con los brazos cruzados, una estatua de desprecio silencioso.
—¡Padre! —el grito de Delayna rasgó el aire frío.
Lancel se tensó, pero no se giró de inmediato. Delayna llegó hasta él, sollozando, y se aferró a su capa con fuerza, intentando anclarlo al suelo de la fortaleza.
—¡No te vayas! ¡Es mentira, ella te está engañando! —suplicó la niña, con el rostro empapado en lágrimas—. Meilyr dice que es una trampa. No nos dejes otra vez por ella. ¡Por favor!
Lancel sentía que el alma se le partía, pero la presión de la mentira de Nera —la idea de un hijo desprotegido en manos de una mujer sin alma— lo había llevado al límite de su cordura. El cansancio, la culpa y la falta de sueño estallaron en un impulso de frustración ciega.
Se soltó del agarre de su hija con un movimiento brusco, haciendo que la niña retrocediera un paso, asustada.
—¡Basta, Delayna! —rugió Lancel, y su voz resonó en las paredes de piedra como un trueno—. ¡No eres más que una niña! No entiendes nada de deberes ni de lo que un hombre debe hacer por su sangre.
—¡Entiendo que nos estás abandonando! —gritó ella, recuperando el aliento—. ¡Tenemos al dragón! ¡Podemos luchar juntos aquí!
Al mencionar a la criatura, algo en Lancel se quebró. El odio que Áedán había cuestionado y el trauma de la muerte de Aelnora salieron a la superficie de la forma más amarga.
—¡Esa cosa no es más que una maldición! —le espetó Lancel, señalando hacia los aposentos de la niña—. ¿Crees que ese lagarto rosado nos salvará? Solo traerá más fuego y más muerte. Es un parásito que se alimenta de tu inocencia, igual que Stormkiller se alimentó de la vida de tu madre. ¡Ojalá nunca hubieras encontrado ese huevo maldito! ¡Ojalá se hubiera podrido en el barro antes de nacer!
El silencio que siguió fue absoluto. Delayna retrocedió, llevándose las manos al pecho como si las palabras de su padre hubieran sido puñaladas físicas. Sus ojos, antes llenos de súplica, se oscurecieron con una decepción que ningún niño debería conocer.
Incluso Meilyr dio un paso al frente, horrorizado.
—Padre... te has pasado.
Lancel respiró agitadamente, mirando sus propias manos como si no las reconociera. Vio el daño en el rostro de su pequeña, pero el orgullo y la desesperación de la mentira de Nera lo empujaron a montar en su caballo sin pedir perdón.
—Quédense con su fortaleza y su bestia —dijo Lancel, sin mirar a nadie—. Yo haré lo que tengo que hacer.
Espoleó al animal y salió al galope por el rastrillo, perdiéndose en la oscuridad del desfiladero. Delayna se quedó de pie en medio del patio, bajo la nieve que empezaba a caer, sintiendo que el frío de las palabras de su padre era mucho más letal que el invierno del norte. A lo lejos, desde lo alto de la torre, un trino triste y rosado respondió al llanto silencioso de la niña.