El sonido de los cascos de Lancel perdiéndose en el desfiladero dejó tras de sí un vacío cargado de amargura. Delayna no se quedó a ver cómo la silueta de su padre desaparecía en la negrura. Con el rostro empapado en lágrimas y el pecho agitado por sollozos silenciosos, subió las escaleras de caracol corriendo, tropezando con su propia túnica hasta llegar a la seguridad de sus aposentos.
Al entrar, el pequeño dragón rosado saltó de su nido de mantas. La criatura, sensible al torbellino emocional de su guardiana, emitió un trino lastimero y se restregó contra las manos frías de la niña. Delayna se desplomó en el suelo, rodeando con sus brazos el cuello escamoso del animal.
—Él no te quiere —susurró ella entre espasmos—. Dijo que ojalá nunca hubieras nacido. Pero yo sí te quiero. Eres lo único de verdad que nos queda.
El dragón dejó escapar una pequeña voluta de humo rosado y entibió el ambiente, ocultando sus alas alrededor de la niña como un escudo de seda y fuego.
Mientras tanto, en el patio de armas, Meilyr permanecía inmóvil, mirando hacia el rastrillo abierto con una furia que hacía vibrar el aire a su alrededor. Morana se acercó lentamente, manteniéndose a una distancia prudente. Había visto a muchos hombres enfurecidos en la corte de su madre, pero nunca nada tan gélido y absoluto como lo que emanaba del primogénito de Aelnora.
—Se ha ido —dijo Morana, con voz apenas audible—. Mi madre ha ganado otra vez. Ella sabe qué hilos tirar para desmantelar un corazón.
Meilyr se giró lentamente. Sus ojos, que siempre habían tenido el brillo del acero, ahora parecían carbones encendidos.
—Nera no ha ganado nada —sentenció Meilyr—. Solo ha terminado de cavar su propia tumba.
Caminó hacia el centro del patio y desenvainó su espada, clavándola con fuerza entre las grietas de la piedra. El sonido metálico resonó en cada rincón de la fortaleza.
—Escúchame bien, Morana. Tu madre le quitó a mi madre la corona y la vida. Le arrebató al Rey Nolan el amor que sentía por nosotros, convirtiéndolo en un extraño antes de morir. Y ahora, incluso con mi madre bajo tierra, ha vuelto para robarnos lo último que nos quedaba: la lealtad de nuestro padre.
Meilyr miró hacia las torres oscuras de la fortaleza y luego hacia el sur, hacia la Capital que pronto vería el fuego.
—Ya no espero a que Áedán regrese con sus tratos, ni a que Faron traiga a sus veteranos. Esta noche, la Fortaleza de Piedra deja de ser un refugio para convertirse en un cuartel. Voy a marchar hacia Nothain. Voy a arrancarle esa corona que no le pertenece y voy a asegurarme de que el nombre de Nera sea borrado de cada libro de historia.
Morana retrocedió, asustada por la magnitud del odio en sus palabras.
—Meilyr... eso es un suicidio. No tienes hombres suficientes aún.
—Tengo la sangre de Aelnora —rugió Meilyr, señalando hacia la torre donde el dragón rosado empezaba a rugir en respuesta a su ira—. Y tengo la verdad de nuestro lado. Si Lancel quiere ser el esclavo de una mentira, que así sea. Pero yo seré el verdugo de la mujer que destruyó a mi familia.
Meilyr llamó al capitán de la guardia con un grito que despertó a los halcones de las murallas. La guerra ya no era una posibilidad lejana; era una sentencia. La traición de Nera al usar un embarazo falso no solo había recuperado a Lancel, había despertado a la bestia más peligrosa del norte: un hijo que no tiene nada más que perder excepto su honor.