En las profundidades del palacio de Nothain, donde las sombras parecen devorar la luz de las antorchas, Nera permanecía de pie frente a un ventanal que miraba hacia las montañas del norte. La noticia de que Lancel ya cabalgaba hacia ella le devolvía una satisfacción gélida, pero su mente, siempre tres pasos por delante de sus enemigos, ya estaba tejiendo la siguiente fase de su purga.
Sir Kaelen entró en la estancia, con el metal de su armadura chirriando suavemente. Se detuvo a una distancia respetuosa, esperando las órdenes de la mujer que gobernaba mediante el miedo y el engaño.
—Lancel llegará en unos días —dijo Nera sin volverse, su voz era un susurro aterciopelado—. Pero mientras él viene a reclamar a un hijo que no existe, debemos asegurarnos de que no tenga un hogar al cual regresar. Debemos empezar a podar el árbol de Aelnora desde la raíz más tierna.
Kaelen asintió, comprendiendo de inmediato hacia dónde se dirigían sus pensamientos.
—¿Habla de la pequeña, mi señora? ¿Delayna?
—Delayna es el vínculo más fuerte de Lancel —respondió Nera, girándose con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Ella es la que guarda su corazón. Si ella desaparece, el espíritu de Lancel se romperá definitivamente, y no tendrá más remedio que volcar toda su devoción en el "hijo" que yo le daré. Ella será mi primera víctima oficial en esta nueva etapa.
Nera hizo una seña hacia un rincón oscuro de la habitación. De las sombras emergieron dos figuras envueltas en capas de cuero negro, con los rostros cubiertos por máscaras de hierro liso. No eran soldados; eran "Los Segadores de la Niebla", asesinos cuya existencia era negada por la corona, expertos en infiltrarse en lugares inexpugnables.
—Vayan a la Fortaleza de Piedra —ordenó Nera, entregándoles un pequeño frasco de veneno y una daga de obsidiana—. Los hermanos mayores están dispersos o distraídos con sus delirios de grandeza. Infiltrense en sus aposentos mientras duerme. No quiero que sea una ejecución pública; quiero que sea un susurro en la noche que desmantele la poca cordura que le queda a esa familia.
Sir Kaelen observó a los asesinos con una mezcla de respeto y repugnancia.
—La Fortaleza es fuerte, señora. Meilyr ha reforzado las guardias.
—Meilyr es un guerrero, no un espía —sentenció Nera con desprecio—. Buscará ejércitos en el horizonte mientras la muerte camina por sus pasillos. Vayan. Traiganme el colgante que lleva al cuello como prueba de que la última chispa de inocencia de esa estirpe se ha extinguido.
Los asesinos se fundieron de nuevo con la oscuridad sin emitir un solo sonido. Nera volvió a mirar hacia el norte, acariciando su vientre plano con una elegancia macabra. La guerra de Meilyr aún no había comenzado, pero Nera ya había enviado a los verdugos para asegurarse de que, cuando el joven príncipe marchara hacia el sur, lo hiciera con el alma ya muerta.