El silencio de la Fortaleza de Piedra era absoluto, interrumpido solo por el silbido del viento en las aspilleras. La oscuridad era tan densa que las antorchas de los pasillos parecían luchar por no apagarse. En medio de esa quietud, dos sombras se deslizaron por las vigas del techo, moviéndose con una gracia inhumana. Los Segadores de la Niebla habían entrado.
Cerca de la habitación de Delayna, una joven sirvienta caminaba con un candil para revisar las brasas. No tuvo tiempo de gritar; una mano enguantada cerró su boca mientras una hoja de obsidiana encontraba su garganta. El cuerpo cayó sin hacer ruido sobre la alfombra. Sin embargo, el pequeño dragón rosado, alerta a las vibraciones del miedo, soltó un chirrido agudo que despertó a Delayna de golpe.
—¡¿Quién está ahí?! —gritó la niña, sentándose en la cama.
La puerta de su habitación se astilló bajo el peso de uno de los asesinos. Delayna, movida por un instinto puro de supervivencia, saltó de la cama y agarró al dragoncito. La criatura lanzó una llamarada rosada que cegó momentáneamente al atacante, dándole a la niña el segundo necesario para escabullirse por la puerta de servicio que conectaba con las cocinas.
En el piso superior, Morana despertó por el estrépito. Al asomarse al pasillo y ver los cuerpos de la servidumbre y las figuras de negro, el terror la paralizó. No era una guerrera, pero conocía la firma de su madre.
—¡Meilyr! —gritó Morana, corriendo por los corredores de piedra, con el corazón martilleando contra sus costillas—. ¡Meilyr, están aquí! ¡Están matándolos a todos!
Mientras la fortaleza se despertaba entre gritos de guerra y el sonido del acero de Meilyr chocando contra los intrusos, Delayna bajó a trompicones hacia los muelles ocultos bajo el acantilado. El aire salino le azotaba el rostro, mezclado con sus lágrimas. Aterrada, viendo las sombras de los asesinos recortarse en lo alto de la muralla, se subió al primer bote de remos que encontró y soltó las amarras con manos temblorosas.
La marea, fuerte y caprichosa, arrastró la pequeña embarcación hacia la inmensidad del océano. El castillo comenzó a verse pequeño, una corona de piedra ardiendo bajo la luna.
Pasaron las horas. El rugido de la batalla en la fortaleza fue reemplazado por el balanceo rítmico de las olas y el frío cortante del mar abierto. Delayna estaba acurrucada en el fondo del bote, abrazando al pequeño dragón que temblaba junto a ella. Sus ropas estaban empapadas y su rostro, sucio de ceniza y sal, era la imagen de la desolación.
—Mamá... —sollozó la niña, mirando hacia las estrellas—. Por favor, mamá Aelnora, vuelve... ayúdame.
El recuerdo de su madre, de su voz suave y el calor de sus abrazos antes de que el fuego lo cambiara todo, era lo único que mantenía su mente a flote. Lancel se había ido por una mentira, sus hermanos estaban lejos, y ahora estaba sola en medio de un mar oscuro que parecía no tener fin.
—Papá me odia... todos se han ido —murmuró, hundiendo la cara en el lomo del dragón—. Solo te tengo a ti.
El dragoncito emitió un trino ronco y triste, lamiendo la mano de la niña mientras el bote se perdía en la bruma matutina, llevando a la última chispa de inocencia de los hijos de Aelnora hacia un destino incierto.