Renacimiento de Dragones

Capitulo 60

El sol surgió por el horizonte como una herida abierta, tiñendo de un rojo violento la nieve manchada de sangre en el patio de la Fortaleza de Piedra. El ataque de los Segadores de la Niebla había sido repelido, pero el precio de la victoria flotaba en el aire frío junto al humo de las antorchas extinguidas.

Meilyr permanecía en el centro del patio, con la armadura abollada y su espada goteando todavía una mezcla de sangre y sombras. Sus pulmones ardían por el esfuerzo de la batalla, pero su mente estaba en otro lugar. Sus ojos, enrojecidos por la vigilia y la furia, escaneaban cada rincón, cada sombra bajo las almenas.

—¡Delayna! —su grito, ronco y desesperado, rebotó en los muros de piedra sin obtener respuesta.

Morana se acercó a él, temblando bajo una manta. Tenía el rostro pálido y los ojos hinchados de tanto llorar. La guardia de la fortaleza recorría las estancias, apartando escombros y cuerpos de asesinos, pero el silencio que venía de los aposentos de la niña era ensordecedor.

—Hemos buscado en las cocinas, en los establos y en las bodegas, mi señor —informó el capitán de la guardia, bajando la cabeza en señal de derrota—. No hay rastro de la pequeña ni de la criatura.

Meilyr sintió que el mundo se tambaleaba. Caminó hacia la habitación de su hermana, pasando por encima de la puerta astillada. El nido de mantas estaba vacío; solo quedaban unos fragmentos de cáscara rosada y el cántaro roto de la noche anterior. La ausencia de Delayna dolía más que cualquier herida de combate.

—¡Tenías que protegerla! —rugió Meilyr, girándose hacia sus hombres con una desesperación que bordeaba la locura—. ¡Era una niña! ¡Una niña contra los monstruos de Nera!

Fue Morana quien encontró la pista. Señaló hacia la poterna que daba a los muelles, cuya puerta batía pesadamente contra la piedra por el viento marino. Meilyr corrió hacia allí, bajando los escalones de tres en tres hasta llegar a la orilla del agua.

Allí, en el muelle de madera, las marcas de arrastre eran evidentes. Faltaba uno de los botes de remos.

Meilyr se desplomó de rodillas sobre la madera húmeda, mirando hacia la inmensidad del mar. La bruma del amanecer era tan densa que no permitía ver más allá de unos pocos metros. El océano se había tragado a su hermana pequeña, empujada por el miedo a los asesinos y por las crueles palabras que su padre le había lanzado antes de partir.

—Se ha ido, Meilyr —susurró Morana a sus espaldas, con la voz rota—. Huyó del fuego para perderse en el agua.

Meilyr cerró los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. El dolor por la pérdida de Delayna se transformó en algo más duro, algo que ya no era humano. Se puso de pie lentamente, con la mirada fija en el sur, hacia donde Lancel cabalgaba por una mentira y Nera reía en su trono.

—Lancel la expulsó con su odio —dijo Meilyr, y su voz era un témpano de hielo—. Y Nera envió a los verdugos. Ambos han matado a Delayna.

Se giró hacia el capitán, quien aguardaba órdenes.

—No esperaremos a que el mar nos la devuelva. Si Delayna ha muerto, Nothain arderá hasta los cimientos. Preparen los caballos y las provisiones. No marchamos a recuperar una corona... marchamos a cobrar una deuda de sangre que ni mil reinas podrán pagar.

Mientras Meilyr comenzaba los preparativos para la marcha más amarga de su vida, lejos de allí, en la deriva del océano, el pequeño bote seguía su curso solitario, llevando consigo el último rastro de esperanza de una dinastía que se negaba a morir.




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