Renacimiento de Dragones

Capitulo 61

El sol terminó de alzarse, pero no trajo calor. En la Fortaleza de Piedra, el ambiente era el de un funeral sin cuerpo. Los soldados cargaban carretas con suministros y afilaban sus lanzas en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el martilleo constante del herrero. Meilyr supervisaba todo desde el centro del patio, pero sus ojos ya no veían las murallas; estaban fijos en el sur, devorando la distancia que lo separaba de su venganza.

Morana se acercó a él, llevando una bolsa de cuero con sus pertenencias. Se veía pequeña bajo su capa gris, pero en su mirada había una determinación que no estaba allí cuando llegó como refugiada.

—¿Vas a dejar la fortaleza vacía? —preguntó ella, observando cómo los últimos hombres de la guardia personal de Meilyr se preparaban.

—Dejaré lo justo para que las ratas no se coman las piedras —respondió Meilyr sin mirarla—. Si Delayna no está aquí, este lugar es solo un montón de rocas frías. La guerra no se ganará defendiendo, Morana. Se ganará atacando el corazón de la mentira.

Lejos de la furia de Meilyr, el bote de Delayna flotaba en una calma engañosa. El oleaje se había suavizado, convirtiendo el océano en un espejo de plata que lastimaba los ojos. La niña estaba exhausta; el llanto se había secado en sus mejillas, dejando rastros de sal blanca.

El pequeño dragón rosado se mantenía erguido en la proa. Sus escamas, que antes brillaban con la luz del amanecer, ahora parecían más oscuras, casi del color de la sangre seca. De repente, la criatura soltó un rugido corto y vibrante.

Delayna levantó la cabeza, con la vista nublada. En la distancia, donde el mar se unía con el cielo, una silueta oscura comenzaba a recortarse entre la bruma. No era tierra firme, ni tampoco uno de los barcos de guerra de Nothain.

Era un navío de velas negras y mástiles altos, que se deslizaba sobre el agua con una elegancia depredadora. En lo alto del mástil principal, una bandera ondeaba con un símbolo que Delayna reconoció de inmediato, el mismo que su hermano Áedán llevaba en su anillo de sellar.

El destino, caprichoso y cruel, había cruzado el camino de la hermana perdida con el del hermano diplomático. Áedán regresaba de los reinos del este con promesas de apoyo, sin saber que lo primero que encontraría en su hogar sería el naufragio de su propia sangre.

Desde la cubierta del barco, un vigía gritó:

—¡Bote a la deriva por estribor! ¡Hay algo vivo en él!

Delayna cerró los ojos y se abrazó al dragón una última vez antes de perder el conocimiento por el agotamiento. Mientras el barco de Áedán se acercaba, en la Fortaleza de Piedra, Meilyr daba la orden de partida. La familia de Aelnora estaba rota, dispersa por el mar y la tierra, pero todas las piezas comenzaban a moverse, inconscientemente, hacia el mismo punto final: el trono de cristal donde Nera esperaba, ignorando que el fuego que ella misma había avivado estaba a punto de rodearla.




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