El navío de velas negras, el Sombra del Norte, viró pesadamente para cortar el paso de la pequeña embarcación a la deriva. Los marineros, hombres curtidos por la sal y el acero que servían a la casa de Aelnora, se amontonaron en la borda con los ganchos de abordaje listos.
—¡Es una niña! —gritó el contramaestre, lanzando una escala de cuerda—. ¡Y lleva una... una criatura!
Dos hombres saltaron al bote que subía y bajaba con el oleaje. Al tocar la madera, el pequeño dragón rosado erizó sus escamas y soltó un siseo cargado de chispas, protegiendo el cuerpo inerte de Delayna. Sin embargo, la criatura estaba tan agotada como su dueña; sus alas cayeron pesadamente y, tras reconocer el olor familiar del lino y el metal que usaban los hombres de su estirpe, permitió que los marineros envolvieran a la niña en una manta de lana.
Una vez en la cubierta principal, el capitán del navío, un veterano de las guerras de la caída, se acercó al bulto que traían sus hombres. Al apartar la manta y ver el rostro pálido y manchado de sal de Delayna, el hombre sintió que la sangre se le helaba.
—Es la pequeña princesa —murmuró, hincando una rodilla en la madera—. Es la hija del Principe Lancel.
Miró hacia el horizonte, buscando el segundo barco de la flota. Áedán, el hermano estratega, no se encontraba a bordo de esta nave; él lideraba la vanguardia en el Viento de Justicia, que navegaba varias leguas por delante, ansioso por llegar a la Fortaleza de Piedra para entregar las noticias de sus alianzas.
—¡Preparen las señales de humo! —ordenó el capitán—. ¡Informen al barco del Príncipe Áedán que hemos encontrado a la deriva lo que más temía perder! ¡Y lleven a la niña a mi camarote, denle caldo caliente y mantengan a esa bestia rosada alimentada!
A kilómetros de allí, Áedán permanecía de pie en la proa de su barco, observando cómo la silueta de los acantilados del norte empezaba a dibujarse entre la bruma. Su mente estaba llena de planes, de cifras de soldados y de tratados comerciales, pero un nudo de ansiedad le oprimía el pecho. Había pasado semanas fuera, y el silencio de su familia le pesaba más que el oro que traía en las bodegas.
De repente, un vigía gritó desde la cofa:
—¡Señales del Sombra, mi señor! ¡Vienen de la retaguardia!
Áedán tomó su catalejo. A lo lejos, vio las columnas de humo negro que indicaban un hallazgo crítico, seguidas por una bandera de color carmesí: el código para la familia real.
—Han encontrado algo... o a alguien —susurró Áedán, y su rostro, usualmente calculador, se transformó en una máscara de angustia—. ¡Viren el barco! ¡Regresen hacia ellos ahora mismo!
Áedán aún no sabía que su hermana había huido de asesinos, ni que su padre los había abandonado por una mentira, pero al ver las señales en el cielo, comprendió que la guerra que planeaba llevar a Nothain ya había llegado a las puertas de su propio hogar. El reencuentro no sería de celebración, sino el inicio de una persecución desesperada por la justicia.