Renacimiento de Dragones

Capitulo 63

El Viento de Justicia realizó una maniobra brusca, cortando las olas mientras regresaba hacia su nave gemela. Áedán fue el primero en saltar al abordaje apenas los barcos estuvieron lo suficientemente cerca, ignorando los protocolos de seguridad. Sus botas golpearon la cubierta del Sombra del Norte con un estruendo metálico que hizo que los marineros se hicieran a un lado.

—¿Dónde está? —preguntó, con la voz entrecortada por la agitación.

El capitán lo guio en silencio hacia su camarote privado. Al abrir la puerta, el calor del brasero golpeó el rostro de Áedán. Allí, en la gran cama del capitán, Delayna parecía una muñeca de porcelana rota, rodeada de pieles de piel de oso. El pequeño dragón rosado estaba enroscado a sus pies, con un ojo violeta abierto y vigilante, emitiendo un calor que mantenía la fiebre de la niña a raya.

Áedán se acercó lentamente y se sentó al borde del colchón. Tomó la mano pequeña de su hermana, que estaba áspera por la sal y el frío. Al sentir el contacto, Delayna abrió los ojos. Tardó unos segundos en reconocer el rostro de su hermano mayor entre la penumbra.

—¿Áedán? —su voz fue un hilo apenas audible.

—Estoy aquí, pequeña. Estás a salvo —susurró él, besando sus nudillos.

Pero en lugar de alivio, una nueva oleada de lágrimas inundó los ojos de la niña. El recuerdo de la última noche en la fortaleza regresó con la fuerza de un naufragio.

—Se fue, Áedán... Papá se fue con ella —sollozó Delayna, incorporándose con dificultad—. Dijo cosas horribles. Dijo que el dragón era un monstruo. Y luego... hombres de negro... sangre en los pasillos... tuve que huir.

Áedán escuchó el relato fragmentado de su hermana: la mentira del embarazo de Nera, el abandono de Lancel y el ataque de los Segadores de la Niebla. A medida que Delayna hablaba, la expresión de Áedán se transformaba. El hombre de leyes y diplomacia moría, y en su lugar nacía un guerrero con un propósito gélido.

—¿Papá creyó esa mentira? —preguntó Áedán, y su voz sonó tan afilada como una de sus dagas de despacho.

—Se fue al amanecer —confirmó ella, abrazándose al pequeño dragón—. Dijo que ojalá nunca hubiera encontrado el huevo.

Áedán se puso en pie, su sombra proyectándose larga y amenazante contra las paredes del camarote. Salió a la cubierta, donde el capitán y los oficiales esperaban órdenes.

—Cambien el rumbo —ordenó Áedán, mirando hacia el sur, no hacia la fortaleza—. Mi hermano Meilyr debe estar ya en camino hacia la Capital con el fuego en las venas. No podemos permitir que llegue solo.

—Pero señor, ¿y la Fortaleza de Piedra? —preguntó el capitán.

—La Fortaleza está vacía si el honor de mi padre ya no habita en ella —sentenció Áedán—. Nera ha usado la vida que aún no existe para robarnos la que ya teníamos. Pues bien, le daremos la guerra que tanto ha buscado. Informen a la flota: no vamos a casa. Vamos a Nothain a rescatar a un padre ciego y a quemar el trono de una mentirosa.

Mientras los barcos viraban al unísono, Delayna se quedó dormida bajo el arrullo del dragón, sin saber que su rescate acababa de unir las piezas finales para el asedio que cambiaría el destino del reino para siempre.




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