El estruendo de los cascos de los caballos contra el suelo empedrado de la Fortaleza de Piedra marcó el inicio del fin. No hubo trompetas ni ceremonias de despedida. Meilyr no era un hombre de palabras, sino de actos de hierro. Montado sobre su imponente semental gris, cuya respiración formaba nubes de vapor en el aire gélido, el primogénito de Aelnora lideraba una columna de jinetes que compartían su misma sed de justicia.
Al cruzar el rastrillo, Meilyr no miró hacia atrás. Sus ojos estaban fijos en el camino que serpenteaba hacia el sur, hacia las tierras bajas donde el invierno era menos cruel, pero la traición más profunda.
Bajo su capa de piel de lobo, Meilyr sentía una presión en el pecho que ninguna armadura podía contener. No era miedo; era la furia contenida de un hijo que había visto cómo la memoria de su madre era insultada una y otra vez. Cada kilómetro que recorría era una promesa de venganza contra Nera y, en un rincón oscuro de su corazón, un reproche amargo contra el hombre que los había dejado atrás.
—¡Mantengan el ritmo! —rugió Meilyr, y su voz fue arrastrada por el viento—. ¡No nos detendremos hasta que las murallas de Nothain aparezcan en el horizonte!
Los soldados, veteranos que habían jurado lealtad a la estirpe de los dragones, espolearon a sus monturas. Sabían que esta no era una misión de rescate ordinaria. Era una marcha hacia el corazón de un imperio construido sobre mentiras.
A medida que avanzaban, el paisaje cambiaba. Los pinos nevados del norte daban paso a bosques de robles desnudos y cielos plomizos. Meilyr sentía la ausencia de sus hermanos. Faron estaría ahora mismo levantando a los clanes del oeste, y Áedán... Áedán era una incógnita en el mar.
"Ojalá estuvieran aquí", pensó Meilyr, apretando las riendas. "Ojalá Delayna estuviera a salvo en su cama".
El recuerdo de su hermana pequeña, perdida en la inmensidad del océano por culpa de la negligencia de un padre cegado, le dio un nuevo impulso de energía. Sus espuelas se hundieron en los flancos de su caballo, obligándolo a galopar aún más rápido.
Al caer la tarde del primer día de marcha, Meilyr se detuvo un momento en lo alto de una colina. Desde allí, podía ver el camino real extendiéndose como una cicatriz sobre la tierra. Sabía que Lancel llevaba días de ventaja, pero también sabía que su padre cabalgaba hacia una trampa, hacia los brazos de una mujer que usaba la vida como moneda de cambio.
—Corre, padre —murmuró Meilyr para sí mismo, mientras el sol se ocultaba tras las montañas—. Corre hacia tu mentira. Pero cuando llegues, el hierro de tu hijo estará justo detrás de ti para recordarte lo que has perdido.
Con un gesto seco, Meilyr dio la orden de continuar. El Príncipe de la Fortaleza de Piedra ya no buscaba el perdón de su padre ni la corona de su madre. Buscaba el incendio final que purificaría el reino de Nothain, y nada, ni el hielo del norte ni los ejércitos del sur, lo detendría en su camino hacia la capital.