Los días se fundieron en una amalgama de cansancio, sal y acero. El tiempo, antes un río lento en la Fortaleza de Piedra, se había convertido en una marea violenta que arrastraba a todos los protagonistas hacia el mismo destino: las murallas doradas de la Capital.
Por tierra, Meilyr no dio tregua a sus hombres. Sus caballos, con los flancos hundidos y cubiertos de polvo, devoraban legua tras legua. Cruzaron los Ríos de Plata y las llanuras de los Girasoles Caídos sin detenerse en las aldeas, donde los campesinos observaban con asombro el paso de una columna de guerra que no portaba el estandarte de la Regente, sino el antiguo blasón de la Casa de Aelnora. Meilyr apenas dormía; pasaba las noches junto a la hoguera, afilando su espada con una piedra de esmeril, con el rostro cada vez más anguloso y los ojos más hundidos por una determinación feroz.
En el mar, los vientos fueron generosos con Áedán. El Sombra del Norte y el Viento de Justicia navegaban con las velas hinchadas, cortando las aguas del sur con una precisión quirúrgica. Delayna había recuperado parte de sus fuerzas, aunque el silencio se había instalado en ella como una costra. Pasaba las horas en la cubierta, observando cómo su dragón practicaba vuelos cortos sobre el mástil mayor. La criatura ya no era el ser pequeño de la fortaleza; sus alas habían crecido y su fuego, antes rosado y tenue, comenzaba a adquirir un núcleo blanco y ardiente que hacía hervir el agua cuando descendía a cazar.
Áedán observaba a su hermana con una mezcla de orgullo y tristeza. Sabía que la infancia de la niña había terminado en aquel bote, y que la mujer en la que se estaba convirtiendo no tendría piedad de quienes la traicionaron.
Mientras tanto, Lancel finalmente divisó las torres de Nothain. El viaje había sido un tormento de dudas, pero cada vez que flaqueaba, el recuerdo de la carta de Nera —la idea de un hijo suyo creciendo bajo el yugo de la mujer que odiaba— lo empujaba a seguir. Al cruzar las puertas de la ciudad, los ciudadanos guardaron un silencio sepulcral. El Príncipe de Hierro regresaba a la jaula de la que tanto le costó escapar, entrando voluntariamente en las fauces del lobo.
En lo alto de la Torre del Homenaje, Nera observaba la llegada de Lancel a través de un espejo de plata. A sus espaldas, Sir Kaelen aguardaba órdenes.
—Ha llegado, mi señora —anunció el caballero—. Solo, tal como predijiste.
—Lancel siempre fue predecible en su nobleza —respondió Nera, acariciando el borde de su copa—. Pero mis espías me dicen que no viene solo. El mar trae barcos de guerra y el norte exhala jinetes. Sus hijos han resultado ser más persistentes de lo que imaginaba.
Nera se giró, con una sonrisa de absoluta calma.
—Prepárenle una bienvenida de héroe a mi Lord. Que se sienta amado, que se sienta padre. El golpe final es más dulce cuando la víctima cree que finalmente ha encontrado la paz.
El tablero estaba dispuesto. Los días de espera habían terminado. Con Lancel dentro de los muros, Meilyr a las puertas y Áedán en el puerto, la gran tormenta de Nothain estaba a punto de estallar, y esta vez, el fuego no respetaría a nadie.