Renacimiento de Dragones

Capitulo 66

Las puertas de hierro del Gran Palacio de Nothain se cerraron tras Lancel con un estruendo que resonó como una sentencia. El patio interior estaba inusualmente silencioso, decorado con estandartes de seda que ondeaban lánguidos bajo el sol de la tarde. No había soldados armados recibiéndolo, solo una hilera de sirvientes con la cabeza baja y el aroma asfixiante de los inciensos que Nera tanto amaba.

Lancel desmontó, sus articulaciones crujiendo tras días de cabalgata ininterrumpida. Antes de que pudiera dar un paso hacia el gran salón, la figura de la Regente apareció en lo alto de la escalinata de mármol.

Nera vestía una túnica de terciopelo carmesí, tan holgada que ocultaba cualquier rastro de su vientre, y una sonrisa que irradiaba una calidez cuidadosamente ensayada. Descendió los peldaños con gracia, extendiendo sus manos enjoyadas hacia el hombre que acababa de abandonar a sus hijos por ella.

—Has vuelto, Lancel —susurró ella, su voz fluyendo como miel sobre veneno—. Sabía que tu corazón no permitiría que nuestra sangre sufriera en la soledad.

Lancel se quedó rígido cuando ella lo rodeó con sus brazos. El olor de Nera —una mezcla de rosas y metal— le revolvió el estómago, pero su mirada buscó desesperadamente una señal de la vida que ella afirmaba portar.

—La carta, Nera... —la voz de Lancel era un susurro roto—. Dime que no es una de tus jugarretas. Dime que hay un hijo mío aquí.

Nera tomó la mano de Lancel y la llevó suavemente hacia su regazo, mirándolo con ojos llenos de una falsa ternura.

—Está aquí, pequeño e indefenso. Un príncipe que unirá nuestras casas y pondrá fin a esta guerra de sombras. Pero estás agotado, mi Lord. Deja que los criados te bañen y te den vino. Mañana, cuando el sol esté en lo alto, hablaremos del futuro de nuestro heredero.

Mientras Lancel era escoltado hacia sus antiguos aposentos —que ahora se sentían más como una celda de lujo que como un hogar—, el vigía de la torre más alta de la ciudad hizo sonar una campana de aviso.

En la lejanía, una columna de polvo se levantaba desde el camino del norte. Meilyr y su caballería habían llegado a las afueras de la ciudad, acampando justo fuera del alcance de las ballestas de las murallas. Casi al mismo tiempo, las velas negras de la flota de Áedán asomaron por la línea de la costa, bloqueando el puerto comercial de Nothain.

En el camarote del Sombra del Norte, Delayna sintió un cambio en el aire. El pequeño dragón rosado se puso en pie sobre la mesa de mapas, sus escamas vibrando con un color púrpura intenso. Emitió un rugido sordo que hizo vibrar los cristales de las ventanas.

—Ya estamos aquí —dijo Áedán, entrando en el camarote con su armadura de combate puesta—. Meilyr ha tomado posiciones en la Puerta del León. El asedio ha comenzado.

Delayna miró a su hermano, y por primera vez, no hubo miedo en sus ojos, sino una determinación fría.

—No es un asedio, Áedán. Es un rescate. Y si mi padre no quiere ver la verdad, el fuego se la mostrará.

Nera, desde su balcón, observó las luces de las fogatas de Meilyr en la llanura y las luces de los barcos de Áedán en el mar. Se llevó la copa de vino a los labios y brindó por la oscuridad que se avecinaba. El escenario estaba listo para el acto final: un padre atrapado por una mentira, una reina que jugaba a ser madre, y tres hermanos dispuestos a quemar el mundo para recuperar lo que les fue robado.




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