Renacimiento de Dragones

Capitulo 67

El amanecer sobre Nothain no trajo luz, sino el gris plomizo de una tormenta que amenazaba con estallar. Desde las colinas, Meilyr observó las murallas doradas. No había más tiempo para esperas ni para diplomacia. Con un gesto seco de su brazo, los tambores de guerra comenzaron a latir, un sonido profundo que sacudió los cimientos de la ciudad.

—¡Por la Reina Aelnora! —rugió Meilyr, desenvainando su espada—. ¡Rompan sus puertas!

Al unísono, las catapultas de Meilyr lanzaron el primer ataque, mientras que en el puerto, la flota de Áedán comenzó a vomitar fuego griego contra los muelles. Áedán, de pie en la proa, dio la orden de desembarco. La coordinación era perfecta: el hierro golpeaba desde el norte y el mar devoraba el sur. El asedio total había comenzado.

A leguas de distancia, en los densos bosques que custodiaban el camino del oeste, Faron cabalgaba al frente de una marea de hombres con armaduras gastadas y estandartes antiguos. Su ojo rojo brillaba con una intensidad febril; podía sentir el pulso de la batalla en la distancia, como una vibración en la tierra.

De repente, un aleteo silencioso cortó el aire. Una lechuza nival, de ojos amarillos y garras afiladas, descendió en picado desde las copas de los árboles, aterrizando con precisión en el guantelete de cuero de Faron. Atado a su pata, un pequeño tubo de plata brillaba bajo la luz filtrada del bosque.

Faron desenrolló el pergamino. Sus ojos recorrieron las palabras escritas con la caligrafía apresurada de Áedán:

"El tiempo se ha agotado. El Príncipe de Hierro está preso en su propia ceguera y la serpiente ha cerrado la trampa. Meilyr y yo iniciamos el ataque al alba. No esperes al invierno. Ven ahora o solo encontrarás cenizas."

Faron apretó el mensaje en su puño hasta que el papel crujió. El silencio del bosque fue roto por su voz, que sonó como el crujir de una montaña.

—¡El asedio ha comenzado antes de lo previsto! —gritó Faron, girándose hacia sus capitanes—. ¡Meilyr y Áedán ya están derramando sangre en los muros de Nothain!

Los veteranos del oeste, hombres que habían servido a su madre y que ahora veían en el joven del ojo rojo la sombra de su antigua reina, enderezaron sus espaldas.

—¡Olviden el cansancio! ¡Olviden las raciones! —ordenó Faron, espoleando a su caballo—. ¡Cabalgaremos hasta que los animales caigan y entonces seguiremos a pie! ¡Nuestra hermana está en el mar y nuestros hermanos en las puertas! ¡Al capital! ¡Hoy decidimos quién porta la corona y quién arde en el olvido!

Con un grito que espantó a las aves del bosque, el ejército del oeste rompió en un galope frenético. Faron lideraba la carga, con la capa ondeando como una sombra líquida, mientras la lechuza volvía a elevarse hacia el cielo, siendo el único testigo del avance de la última pieza del tablero que Nera tanto había subestimado. El fuego de la justicia ya no era una chispa; era un incendio que se dirigía directamente al corazón del reino.




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