El estruendo de los arietes golpeando la Puerta del León era rítmico, un latido de guerra que marcaba el pulso de la ciudad. Entre el humo de las breas y el silbido de las flechas incendiarias, Meilyr permanecía inmóvil frente a la muralla. Su mirada, cargada de un odio ancestral, no se desviaba hacia los defensores en las almenas, sino hacia lo alto de la torre de marfil, donde las cortinas de seda de los aposentos de Nera ondeaban con una paz insultante.
Aquel lugar le había robado todo: el recuerdo de su madre, la cordura de su padre y la seguridad de su hermana pequeña.
—Se acabó el tiempo de la piedad —gruñó Meilyr para sí mismo.
Con un movimiento lento y ceremonial, Meilyr tomó un pesado casco de acero oscuro que colgaba de su silla de montar. Era una pieza de artesanía antigua, forjada en los días en que los dragones aún dominaban los cielos; el metal tenía la forma de una cabeza de dragón con las fauces abiertas, y los ojos eran ranuras estrechas que proyectaban una mirada depredadora.
Al encajarse el casco, el joven príncipe dejó de ser Meilyr para convertirse en la leyenda que sus hombres susurraban en las tabernas del norte. Una risa seca, metálica y carente de humor escapó de las rejillas del yelmo, resonando por encima del estrépito de la batalla. "La Risa de la Tormenta" había despertado.
—¡Abran paso al fuego! —rugió, y su voz, distorsionada por el acero, sonó como el rugido de la bestia que portaba en la cabeza.
Meilyr espoleó a su semental y se lanzó hacia la brecha abierta en la muralla. Los soldados de la guardia real retrocedieron, aterrorizados por la visión del jinete con cabeza de dragón que avanzaba segando vidas con tajos precisos de su mandoble.
Pero en el patio de armas, bloqueando el camino hacia la gran escalinata, lo esperaba una figura de armadura dorada y capa negra. Sir Kaelen sostenía su escudo con firmeza, con la espada desenvainada y la mirada fija en el atacante. El capitán de Nera no se dejó amedrentar por la risa del príncipe.
—¡Hasta aquí llegas, cachorro de Aelnora! —gritó Kaelen, interponiéndose en su camino.
Meilyr saltó de su caballo antes de que el animal se detuviera, aterrizando con el peso del hierro sobre el pavimento. No hubo palabras. Meilyr cargó con una furia salvaje, su espada chocando contra el escudo de Kaelen con una fuerza que hizo saltar chispas y eco en todo el patio.
Kaelen retrocedió un paso, sorprendido por la fuerza bruta de la embestida. Meilyr volvió a reír, un sonido escalofriante que brotaba del casco de dragón mientras lanzaba una serie de golpes rápidos y ascendentes. El duelo no era solo por una corona; era el choque entre el perro guardián de la mentira y el hijo de la tormenta que venía a reclamar la verdad con sangre.
Mientras el acero cantaba en el patio, arriba, tras los cristales, Nera observaba cómo el príncipe que ella consideraba un bruto estaba destrozando su guardia personal, un tajo a la vez. El asedio ya no estaba en los muros; estaba en su propia casa.