Mientras el estruendo de la batalla entre Meilyr y Sir Kaelen sacudía los cimientos del patio exterior, una sombra y un estratega se deslizaban por los pasajes de servicio del ala este. Áedán avanzaba con una daga en cada mano, moviéndose con la precisión de un cazador, mientras Morana lo guiaba por los pasillos que había recorrido desde niña.
—El gran salón estará custodiado, pero podemos llegar a las habitaciones reales por la galería de los retratos —susurró Morana, con el corazón latiéndole en la garganta.
No habían avanzado mucho cuando el sonido de botas metálicas resonó en el corredor. Un grupo de guardias reales, con el emblema de la serpiente de Nera, dobló la esquina.
—¡Por aquí! —Áedán tiró del brazo de Morana, empujándola hacia una pesada puerta de roble reforzada con bronce.
Entraron justo antes de que los guardias pasaran de largo. Áedán echó el cerrojo y se preparó para el combate, pero el silencio que encontraron dentro era más pesado que cualquier estrépito de guerra. El aire estaba cargado de un olor dulce, denso y narcótico, que recordaba a las flores marchitas y a la resina vieja.
Áedán bajó las armas al reconocer el escudo de armas tallado en el dosel de la cama. Estaban en los aposentos del Rey Nolan, el abuelo que todos creían consumido por una enfermedad degenerativa desde que la Reina Aelnora cayó.
—Abuelo... —murmuró Morana, acercándose al lecho.
Sobre las sábanas de seda yacía Nolan. Su piel era tan pálida que parecía pergamino estirado sobre los huesos, y su respiración era tan superficial que apenas movía el pecho. Sus ojos estaban entreabiertos, pero las pupilas estaban dilatadas, fijas en un punto inexistente del techo.
Áedán se acercó y olió un pequeño cuenco de cerámica que reposaba en la mesa de noche. Contenía un residuo pegajoso y oscuro. Sus ojos se abrieron con una comprensión gélida.
—No es una enfermedad —dijo Áedán, su voz cargada de un asco profundo—. Es Raíz de Olvido mezclada con Adelfa Negra.
Morana palideció. Ella conocía ese aroma. Lo había sentido en el invernadero privado de su madre durante años.
—Mi madre... ella siempre decía que el abuelo necesitaba reposo absoluto, que sus delirios sobre Aelnora lo estaban matando —dijo Morana, con las manos temblando—. Nos dijo a todos que el médico real había prescrito estas hierbas para calmar su dolor.
—Esto no calma el dolor, Morana. Esto anula la voluntad —sentenció Áedán, examinando las marcas en los brazos del anciano—. Nera lo ha mantenido en un estado de vigilia eterna, un sueño del que no puede despertar pero en el que puede sentir el paso del tiempo. No quería un rey enfermo; quería un rey ausente para que ella pudiera portar la corona sin oposición.
Áedán miró al anciano rey con una mezcla de lástima y furia. Nolan no era el hombre débil que Lancel recordaba con vergüenza; era una víctima de la misma red de mentiras que ahora mantenía prisionero a su padre.
—Le quitó su reino mientras él aún respiraba —susurró Áedán—. Morana, tu madre no solo ha fingido un embarazo. Ha construido su imperio sobre el cuerpo dormido de tu propia sangre.
Morana se cubrió la boca con las manos, dándose cuenta de que cada privilegio que había tenido en su vida había sido pagado con el secuestro mental de su abuelo.
—Tenemos que despertarlo —dijo ella con determinación—. Si el abuelo habla, la legitimidad de mi madre desaparece.
—No hay tiempo —respondió Áedán, escuchando cómo el metal golpeaba la puerta desde el exterior—. Los guardias saben que estamos aquí. Pero ahora tenemos algo más que una corona que recuperar. Tenemos un testigo de diez años de traición.
Áedán sacó un pañuelo y recogió una muestra de la resina del cuenco. Si lograban llegar hasta Lancel, esto sería la prueba final de que todo lo que Nera tocaba, desde la vida de un anciano hasta la promesa de un nuevo hijo, no era más que veneno. El asedio de Nothain ya no era solo por venganza; era una carrera por despertar a un reino que llevaba demasiado tiempo soñando bajo los efectos de las hierbas de una reina oscura.