Renacimiento de Dragones

Capitulo 70

En los aposentos reales, el estrépito de la batalla llegaba como un eco amortiguado por los gruesos muros de piedra. Nera estaba de pie junto a la ventana, observando el caos del patio, pero al escuchar los pasos pesados de Lancel entrando en la habitación, su postura cambió en un parpadeo.

Cuando Lancel la alcanzó, encontró a una mujer que parecía desmoronarse. Nera se abrazó a sí misma, temblando violentamente, con los ojos anegados en lágrimas y el rostro pálido. Se dejó caer sobre un diván, cubriéndose el vientre con las manos en un gesto de protección desesperada.

—¡Lancel! —gritó con la voz quebrada por un sollozo—. ¡Escúchalos! Son monstruos... Meilyr ha perdido la razón. Quiere matarnos, quiere matar a nuestro hijo antes de que vea la luz.

Lancel se acercó a ella, con el corazón desgarrado por la duda y el instinto protector. La imagen de Nera, supuestamente vulnerable y cargando a su futuro heredero, nubló cualquier rastro de la desconfianza que sus hijos habían intentado sembrar en él.

—No permitiré que te toquen —dijo Lancel, arrodillándose ante ella y tomando sus manos frías—. Meilyr está cegado por el odio de su madre, pero yo sigo siendo su padre. Él me escuchará.

—No lo hará —gimió Nera, ocultando su rostro en el hombro de Lancel, mientras una sonrisa imperceptible se dibujaba en la sombra—. Ha venido a terminar lo que Aelnora empezó. Dice que este bebé es una maldición. ¡Tengo miedo, Lancel! Si él entra aquí, no habrá piedad para ninguno de los dos.

Lancel se puso de pie, su rostro endurecido por una resolución sombría. La manipulación de Nera había sido quirúrgica; había convertido a su propio hijo en el villano de su historia.

—Quédate aquí, bajo llave —ordenó Lancel, ajustando su espada—. Voy a bajar al patio. Voy a detener esta locura antes de que la sangre de nuestra familia manche estas piedras para siempre.

Lancel salió de la habitación con paso firme. Nera esperó apenas unos segundos, secó sus lágrimas con una frialdad aterradora y se puso en pie. No iba a quedarse escondida; quería presenciar el clímax de su obra maestra. Se colocó un manto oscuro y siguió a Lancel a una distancia prudente, deslizándose por las sombras de la galería como una espectadora en primera fila de una tragedia griega.

Abajo, en el patio inundado de humo, Meilyr —bajo su casco de dragón y cubierto de la sangre de los guardias— terminó de derribar a Sir Kaelen. La "Risa de la Tormenta" resonaba en el recinto, un sonido desquiciado y triunfal.

—¡Meilyr! —el grito de Lancel detuvo el tiempo.

El joven príncipe se giró lentamente. A través de las ranuras del casco de dragón, vio a su padre interponerse entre él y la torre de la reina. Lancel desenvainó su acero, pero su mano temblaba ligeramente. Detrás de él, en la penumbra del arco de la entrada, Nera observaba con ojos brillantes.

—¡Apártate, padre! —rugió Meilyr, y su voz distorsionada por el metal sonó como un trueno—. ¡Vengo por la cabeza de la mujer que te ha robado el alma!

—Solo pasarás por encima de mi cadáver, hijo mío —respondió Lancel, colocándose en guardia—. No dejaré que mates a tu hermano no nacido por un rencor que ya debería estar muerto.

El acero del padre se alzó contra el del hijo. En la oscuridad, Nera soltó un suspiro de satisfacción. El escenario estaba listo: el Príncipe de Hierro iba a luchar contra la Tormenta, y ella solo tenía que esperar a que los restos de la Casa de Aelnora se destruyeran entre sí.




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