El acero chocó contra el acero en un estallido de chispas que iluminó el patio sumido en la penumbra del humo. El duelo era desigual. Meilyr era la fuerza bruta y la tormenta, pero Lancel, el Príncipe de Hierro, era la técnica perfeccionada por décadas de guerra. La fatiga de los días de marcha y el peso de su armadura comenzaron a pasarle factura al joven del casco de dragón.
Lancel, impulsado por la desesperación de proteger la mentira de Nera, realizó una finta magistral. Con el pomo de su espada, golpeó el lateral del casco de Meilyr, aturdiéndolo. El príncipe cayó de rodillas, el yelmo de dragón rodando por el pavimento.
—¡Es suficiente, Meilyr! —gritó Lancel, alzando su espada para un golpe que no buscaba matar, sino incapacitar, pero su mirada estaba tan nublada por el fanatismo que el filo apuntaba peligrosamente al cuello de su hijo.
Meilyr, desorientado y con sangre corriendo por su frente, cerró los ojos, esperando el impacto del acero de su propio padre.
Justo antes de que el acero de Lancel descendiera, un destello de luz plateada cortó el aire. Un sonido cristalino, como el tañido de una campana celestial, resonó en todo el patio, deteniendo los corazones de los presentes.
Lamento de las Estrellas, la legendaria espada forjada con metal caído del cielo, bloqueó el descenso del arma de Lancel.
—Un padre que alza el acero contra su primogénito por el beso de una serpiente... no merece portar el nombre de nuestra casa —dijo una voz profunda, cargada de una autoridad antigua.
Lancel retrocedió, sus ojos abriéndose con horror y asombro. Frente a él, sosteniendo la espada que alguna vez perteneció a la estirpe más noble del oeste, estaba Faron. Había llegado como una exhalación, con la capa desgarrada y el polvo del camino cubriéndolo como una segunda piel.
Lancel se quedó sin aliento. Al mirar a Faron, no vio solo al hijo que había enviado lejos. Vio la mirada penetrante y gélida de su difunto hermano, Aithan; la misma intensidad que solía juzgarlo cuando eran jóvenes. Pero en la mandíbula apretada y la postura inamovible de Faron, también reconoció la determinación inquebrantable de Aelnora.
Era como si el pasado hubiera regresado para exigir cuentas.
—¿Faron? —susurró Lancel, bajando su guardia por un instante—. Tú no entiendes... ella está encinta. Debo proteger el futuro.
—El único futuro que estás protegiendo es el de una tumba vacía, tío —respondió Faron, refiriéndose a Lancel con el título de parentesco que marcaba la distancia emocional—. Has olvidado quién eres. Has olvidado a quién juraste proteger.
Faron no esperó respuesta. Avanzó con la elegancia de un depredador. Lamento de Estrellas dejaba un rastro de luz blanca en el aire con cada movimiento. Lancel, viéndose obligado a defenderse, bloqueó el primer embate, pero la fuerza de Faron era distinta a la de Meilyr; no era ira ciega, era una justicia fría y calculada.
Nera, observando desde las sombras del arco, sintió por primera vez un escalofrío. La llegada de Faron y la presencia de esa espada no estaban en sus planes.
Faron hundió su hombro en el pecho de Lancel, haciéndolo retroceder varios metros. El joven del ojo rojo se paró frente a su hermano caído, protegiéndolo con su cuerpo y su acero.
—Meilyr es la tormenta, padre —dijo Faron, sus ojos brillando con una luz extraña bajo el cielo de Nothain—. Pero yo soy el lamento que sigue al rayo. Si quieres llegar a la reina de las mentiras, tendrás que vencerme a mí primero. Y esta vez, no estoy luchando por una corona, sino por la memoria de Aithan y el honor de Aelnora.
El duelo final había cambiado. Ya no era un padre contra un rebelde, sino el presente corrupto de Nothain contra el legado renacido de los que ya no estaban. El acero de las estrellas brilló con más fuerza, listo para rasgar el velo de engaños que cubría la ciudad.