El caos en el patio era absoluto. El choque de las espadas de Lancel y Faron resonaba como truenos constantes, pero un grito agudo y desesperado cortó el estruendo de la batalla.
—¡Papá, detente! —gritó Delayna, quien acababa de irrumpir en el patio tras escapar de la protección de los marineros de Áedán.
La niña corrió por el empedrado, sorteando escombros y cuerpos, con el pequeño dragón rosado sobrevolándola en círculos frenéticos. Lancel, al escuchar la voz de su hija pequeña, vaciló un segundo. En ese instante de distracción, un ballestero de la guardia real de Nera, apostado en una de las galerías superiores y siguiendo órdenes de "limpiar el patio", disparó.
El perno de acero no iba dirigido a los príncipes, sino a la distracción que estorbaba la visión de la reina. El proyectil alcanzó a Delayna en el hombro, lanzándola al suelo con violencia.
—¡No! —el grito de Áedán desgarró el aire.
Él fue el primero en llegar a su lado, arrodillándose en el barro y la sangre. Tomó a su hermana pequeña en brazos mientras el dragón rosado aterrizaba sobre el pecho de la niña, emitiendo un rugido ensordecedor y escupiendo llamas blancas hacia las alturas.
Lancel se quedó paralizado. Vio a su hija herida por sus propios soldados, vio la sangre de Aelnora manchar el suelo de Nothain. Pero antes de que pudiera soltar su espada, la voz de Nera resonó desde las sombras, fría y manipuladora:
—¡Míralos, Lancel! ¡Han traído a la niña para usarte como escudo! ¡Mátalos antes de que destruyan nuestro legado!
Esa fue la gota que colmó el vaso de la paciencia divina. Meilyr se puso de pie, recuperando su mandoble. Faron ajustó el agarre de Lamento de las Estrellas. Y Áedán, tras entregar a la herida Delayna a un soldado leal, se levantó con los ojos inyectados en sangre, desenvainando su fina espada ropera.
Lancel se encontró de pronto rodeado por sus tres hijos. Ya no eran los niños que jugaban en los jardines; eran las tres caras de su propia ruina.
Meilyr, "La Risa de la Tormenta", con el rostro ensangrentado y una furia volcánica.
Áedán, "El Ojo del Dragón", cuya mirada analítica ahora solo veía un objetivo que eliminar.
Faron, "Príncipe de las Cenizas", portando la luz de las estrellas y el juicio de los muertos.
—Has cruzado la última línea, padre —sentenció Áedán con una calma aterradora—. Has permitido que hirieran a Delayna. Ya no hay vuelta atrás.
Los tres hermanos cargaron al unísono. Lancel, atrapado en una red de culpa y locura, se vio obligado a defenderse de los tres hombres que él mismo había engendrado. El patio se convirtió en un torbellino de acero: la fuerza de Meilyr, la técnica de Áedán y la magia estelar de Faron acorralaron al Príncipe de Hierro contra los muros de su propio palacio.
Mientras el duelo fratricida consumía la atención de todos, una sombra se deslizaba por la galería superior. Morana avanzaba pegada a la pared, con una pequeña daga oculta en su manga. Vio a su madre, Nera, observando la pelea con una sonrisa de triunfo, deleitándose en ver cómo la casa de Aelnora se despedazaba a sí misma.
Nera estaba tan absorta en el espectáculo que no escuchó los pasos ligeros de su propia hija. Morana llegó justo detrás de ella. No había odio en su rostro, solo una tristeza infinita y la determinación de quien sabe que debe cortar un mal de raíz.
—Se acabó, madre —susurró Morana al oído de Nera.
Nera se giró bruscamente, pero antes de que pudiera llamar a sus guardias o articular una mentira más, Morana alzó la daga. El destino de la Reina Regente y el de sus hijos estaba a punto de sellarse bajo el mismo cielo de ceniza.