En lo más alto de la torre norte, lejos del estruendo del acero y los gritos de agonía, la Anciana Sabia permanecía de pie. Sus manos, nudosas como raíces de roble antiguo, se apoyaban en la piedra fría del balcón. El viento le azotaba el cabello cano, pero ella no parpadeaba. Sus ojos, nublados por los años pero claros en la visión, observaban el caos del patio con una serenidad inquietante.
Una sonrisa débil y carente de miedo surcó sus labios marchitos. Durante décadas, las palabras del oráculo habían sido un enigma que atormentaba a los sabios de Nothain, pero hoy, bajo el humo de la traición, todo cobraba sentido.
"Tres dragones murieron, pero renacieron tres de sangre de dragón; y la luz de esperanza iluminará la oscuridad."
—Los tres dragones de antaño cayeron —susurró la anciana al viento—, pero han vuelto en la forma de la furia, el ingenio y el lamento. Meilyr, Áedán y Faron... los hijos de la sangre que no se rinde. La esperanza no es una plegaria, es el fuego que quema la mentira.
Mientras tanto, en la galería real, el aire se sentía espeso. Nera se giró con la elegancia de una cobra, mirando a su hija con una mezcla de sorpresa y desprecio. La reina no esperaba que su "pequeña y dócil" Morana fuera capaz de sostener un arma, y mucho menos de apuntar a su propio origen.
—¿Vas a matarme, Morana? —Nera soltó una carcajada seca, dando un paso hacia adelante sin mostrar temor—. ¿A tu madre? ¿A la mujer que te dio la vida y te mantuvo a salvo mientras el mundo ardía?
—No me mantuviste a salvo, madre —respondió Morana, y su voz no tembló. El brillo de la daga reflejaba el incendio que devoraba el patio—. Me mantuviste cautiva en una red de engaños. Hiciste sufrir a mis primos, los únicos que me trataron como a un ser humano y no como a una pieza de ajedrez. Envenenaste a mi abuelo, el Rey Nolan, y has llevado a mi tío Lancel a la locura.
Nera intentó retroceder hacia la sombra para alcanzar la campana de aviso, pero Morana fue más rápida. Se interpuso en su camino, con la mirada encendida por una resolución que Nera nunca había visto en ella.
—Has matado la inocencia de Delayna —continuó Morana, con lágrimas de rabia asomando en sus ojos—. Has intentado exterminar la estirpe de Aelnora. Pero te olvidaste de que yo también llevo esa sangre. No soy solo tu hija; soy una de ellos.
Abajo, el duelo era un espectáculo dantesco. Lancel, exhausto y superado, retrocedía ante el asedio coordinado de sus tres hijos. La luz plateada de Lamento de las Estrellas de Faron, el peso del mandoble de Meilyr y la precisión quirúrgica de Áedán estaban acorralando al Príncipe de Hierro.
En ese momento, desde el suelo, el pequeño dragón rosado que custodiaba a la herida Delayna lanzó un rugido que hizo vibrar los vitrales del palacio. Sus alas se desplegaron y una columna de fuego blanco puro se elevó hacia el cielo, iluminando la oscuridad de la tormenta como un faro celestial.
La anciana, desde su balcón, cerró los ojos y asintió.
—La luz de esperanza ha llegado —murmuró.
Morana, inspirada por ese estallido de luz, apretó el mango de su daga. No había más espacio para las palabras de Nera, ni para sus promesas de poder, ni para sus falsos embarazos. Por primera vez en la historia de Nothain, la oscuridad no sería derrotada por un ejército externo, sino por la mano de la justicia que nació dentro de su propio nido de serpientes.
—Por mis primos —dijo Morana, lanzándose hacia adelante—. Por Aelnora.
El destino de la Reina Regente estaba sellado. La profecía se cumplía en cada rincón del palacio: la sangre del dragón había renacido, y la oscuridad de Nera estaba a punto de ser consumida por la luz que ella misma intentó apagar.