La galería quedó sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el rugido del fuego blanco que ascendía desde el patio. Morana mantenía la daga a milímetros de la garganta de su madre, obligándola a retroceder hasta que la espalda de Nera golpeó la fría piedra del balcón.
—Dilo —susurró Morana, y su voz tenía la frialdad del acero—. Di la verdad antes de que el fuego te alcance.
Nera, acorralada y viendo cómo el resplandor blanco del dragón iluminaba sus crímenes, intentó una última sonrisa burlona. Pero al mirar los ojos de su hija, no encontró a la niña sumisa de siempre, sino a una mujer dispuesta a todo.
—¿Qué quieres oír, Morana? —siseó Nera, su voz perdiendo toda pretensión de dulzura—. ¿Quieres que confiese que el niño que Lancel tanto ansía no es más que una ilusión tejida con seda y mentiras? No hay ningún heredero. Nunca lo hubo. Solo necesitaba una cadena lo suficientemente fuerte como para traer al perro de vuelta a su dueña.
Abajo, en el patio, el estruendo de las espadas se detuvo. Lancel, herido y jadeante, levantó la vista. La arquitectura de la galería actuaba como un embudo, proyectando las palabras de Nera hacia el patio como si el mismo palacio quisiera que fueran escuchadas.
—¿Y mi abuelo? —preguntó Morana, presionando un poco más el arma—. ¿Y la Reina Aelnora?
Nera soltó una risa histérica, dándose cuenta de que su imperio de sombras se desmoronaba.
—¡Nolan era un estorbo! Un viejo que suspiraba por una mujer muerta. Las hierbas solo le dieron la paz que él no tenía valor de buscar. ¿Y Aelnora? —Nera clavó su mirada en el patio, buscando la figura de Lancel—. Aelnora era el sol, y yo no podía brillar bajo su sombra. Ella no murió por el fuego de los dragones, Lancel. Murió porque yo me aseguré de que Stormkiller se volviera contra ella. ¡Yo fui la que susurró a las bestias!
Lancel dejó caer su espada. El sonido del metal contra el pavimento resonó como una campana fúnebre. Se tambaleó hacia atrás, mirando sus manos, las mismas manos que habían estado a punto de matar a sus propios hijos para proteger a la mujer que acababa de confesar haber asesinado a su gran amor y haberlo engañado con la vida de un hijo inexistente.
Meilyr, Áedán y Faron bajaron sus armas, pero no se movieron. La victoria no sabía a gloria, sino a ceniza amarga.
—Lo has escuchado, padre —dijo Faron, con la luz de Lamento de la Estrellas apagándose lentamente—. No hay niño. No hay honor. Solo queda el veneno que has estado defendiendo.
Nera miró hacia abajo y vio el rostro de Lancel: ya no había amor, ni duda, solo un vacío absoluto y mortal. Supo en ese instante que su juego había terminado.
—Me odias... —murmuró Nera, volviéndose hacia Morana—. Pero eres igual a mí. Llevas mi sangre.
—Llevo tu sangre, pero no tu alma —respondió Morana.
Con un movimiento firme, Morana no usó la daga, sino que la lanzó lejos, despreciando el arma de su madre. En su lugar, agarró a Nera por los hombros y la obligó a mirar hacia el patio, donde los tres "dragones" renacidos y la pequeña Delayna, herida pero viva, representaban todo lo que ella no pudo destruir.
—Mira lo que has hecho, madre. Mira el reino que has quemado. Ahora, el juicio no será mío, sino de los que sobrevivieron a tu oscuridad.
La luz blanca del dragón envolvió la galería, y por primera vez en diez años, la sombra de la Reina Regente se disolvió, dejando al descubierto a una mujer pequeña, sola y vencida por la verdad que ella misma despreciaba.