El silencio que siguió a la confesión de Nera fue más devastador que el estruendo de las catapultas. En la galería, la Reina Regente vio cómo su hija se apartaba de ella con asco, dejándola expuesta ante los ojos de un reino que acababa de despertar de un largo letargo.
Nera descendió la escalinata cojeando, con el cabello desordenado y el vestido carmesí manchado de polvo. Al llegar al patio, vio a Lancel de pie, inmóvil como una estatua de piedra. Sus ojos, antes nublados por el deseo y la manipulación, ahora eran dos pozos de odio gélido.
—¡Lancel! —gritó ella, intentando forzar un llanto que ya no convencía a nadie—. Lo hice por ti. Lo hice para que tuviéramos un reino sin sombras, para que nuestro hijo...
—Cállate —la voz de Lancel no fue un grito, sino un susurro cargado de una autoridad letal—. No menciones a un hijo que has usado como escudo para tus crímenes. No menciones el amor mientras pisas la sangre de mi familia.
Nera intentó acercarse, extendiendo una mano temblorosa para tocar su mejilla.
—Lancel, mírame... sigo siendo yo. Tu reina. La mujer que te dio un propósito cuando Aelnora te dejó solo.
Lancel la miró con un desprecio tan profundo que Nera retrocedió instintivamente. Él levantó la mano y, por primera vez en años, los guardias reales no miraron a la reina, sino al hombre que alguna vez lideró los ejércitos del norte.
—Llévensela —ordenó Lancel—. Al calabozo más profundo, donde la luz del sol no llegue a lamer sus mentiras. Que espere allí el juicio de los tres príncipes.
—¡Soy la Regente! —aulló Nera mientras los guardias la sujetaban por los brazos, arrastrándola lejos del patio—. ¡Lancel, no puedes hacerme esto! ¡Lancel!
Mientras el eco de los gritos de Nera se perdía en las profundidades del palacio, el círculo de hermanos se cerró alrededor de Delayna. La pequeña estaba recostada sobre el regazo de Áedán, con el rostro perlado de sudor frío. La herida en su hombro, aunque no mortal de necesidad, estaba infectada por el veneno del perno de acero, y la fiebre había comenzado a reclamar su mente.
—Hace frío... —murmuró Delayna, con los ojos fijos en el cielo gris.
El pequeño dragón rosado se acurrucó contra su cuello, emitiendo un calor suave, pero la niña ya no estaba en el patio de Nothain.
—¿Mamá? —susurró ella, extendiendo su mano sana hacia el aire vacío.
Los tres hermanos se tensaron. Meilyr se quitó lo que quedaba de su armadura para cubrirla, mientras Faron mantenía la espada Lamento de las Estrellas cerca, dejando que su luz plateada bañara a la niña.
—Está delirando —dijo Áedán con la voz rota—. Está perdiendo el hilo de la realidad.
Pero para Delayna, la bruma del patio se estaba disipando. Allí, entre los restos del humo y la luz blanca del dragón, una figura comenzó a formarse. No era una sombra, sino una presencia cálida, vestida con sedas celestes y una corona de flores de invierno que nunca se marchitaban.
—Mamá, has vuelto —sonrió Delayna, y por un momento, el dolor desapareció de sus rasgos—. Dijeron que te habías ido al sol, pero estás aquí. Hueles a nieve y a libertad.
La figura de Aelnora, visible solo en los ojos de la pequeña que moría y nacía al mismo tiempo, se inclinó sobre ella. No había tristeza en el rostro de la reina difunta, solo una paz infinita.
—No llores, Meilyr —continuó Delayna, aunque sus hermanos no veían a nadie—. Mamá dice que la tormenta ha pasado. Dice que los dragones finalmente han regresado a casa.
Lancel, al escuchar el nombre de su esposa en los labios de su hija agonizante, se desplomó de rodillas a unos metros de distancia. El hombre de hierro finalmente se quebró, ocultando el rostro entre sus manos mientras el peso de diez años de ceguera caía sobre sus hombros. La luz de la esperanza seguía brillando, pero el precio de la verdad estaba siendo cobrado en el alma de la más pequeña de su estirpe.