Renacimiento de Dragones

Capitulo 76

El patio del palacio, antes un campo de carnicería, se convirtió en un santuario de silencio roto solo por los sollozos de un hombre que lo había perdido todo. Lancel permanecía de rodillas, con la frente apoyada en las losas frías, mientras las palabras de Delayna flotaban en el aire como pétalos de una flor marchita.

La pequeña seguía con la mirada perdida en un punto que sus hermanos no podían ver. Sus pupilas, dilatadas por la fiebre, reflejaban una luz que no provenía de las antorchas.

—Es tan hermosa, Áedán... —susurró la niña, con una sonrisa que helaba la sangre de los presentes—. Tiene el cabello como la plata y sus manos no están frías. Dice que no tenga miedo de la oscuridad, porque nosotros somos la luz que ella dejó encendida.

Lancel levantó la cabeza. Su rostro, surcado por las lágrimas y el barro, buscó la figura de su hija. Al verla hablar con el vacío, al verla reconocer la esencia de la mujer que él mismo había traicionado al creer en Nera, un grito de agonía pura escapó de su garganta.

—¡Aelnora! —clamó Lancel, arrastrándose hacia el círculo de sus hijos—. ¡Perdóname! ¡No me la quites! ¡Quítame la vida a mí, pero deja que ella viva!

Faron se interpuso en su camino, no con la espada, sino con una mirada de advertencia. Sus ojos, que guardaban el juicio de los muertos, analizaron a su padre.

—No es ella quien se la lleva, padre —dijo Faron con voz grave—. Es tu negligencia la que la ha puesto en este puente. Pero los dragones no cruzan antes de tiempo si hay fuego que los sostenga.

Áedán apretó a Delayna contra su pecho, sintiendo cómo el pulso de la niña flaqueaba. El pequeño dragón rosado, que hasta entonces solo había sido una criatura de compañía, comenzó a actuar. Se enroscó con más fuerza alrededor del hombro herido de la niña, justo donde el veneno de la ballesta seguía su curso.

De repente, las escamas de la criatura pasaron del rosa al blanco incandescente. Un calor sanador, casi insoportable para los que estaban cerca, emanó del pequeño ser.

—¡Miren! —exclamó Meilyr, señalando la herida.

Una voluta de humo negro y fétido comenzó a salir del agujero en el hombro de Delayna, evaporándose al contacto con el fuego del dragón. El veneno de Nera estaba siendo purgado por el fuego puro de la lealtad.

Lentamente, el brillo en los ojos de Delayna comenzó a apagarse, pero no para dar paso a la muerte, sino al sueño reparador. Su mano, que buscaba la presencia de su madre en el aire, cayó suavemente sobre el brazo de Áedán.

—Se está yendo... —murmuró Delayna, pero esta vez su voz era más clara—. Mamá dice... que ahora les toca a ustedes cuidar el jardín.

La niña cerró los ojos y su respiración se volvió profunda y rítmica. La fiebre había remitido. El dragón, agotado por el esfuerzo, soltó un pequeño suspiro de humo y se quedó dormido junto a ella.

Lancel se desplomó a pocos centímetros, sollozando de alivio. Intentó tocar el cabello de su hija, pero se detuvo, mirando sus propias manos manchadas de la sangre de la batalla. Sabía que, aunque Delayna viviera, el perdón de sus hijos y el de su propia conciencia serían una montaña mucho más difícil de escalar que cualquier muralla de Nothain.

—La niña vivirá —sentenció la Anciana Sabia, quien había bajado del balcón y ahora aparecía entre las sombras del patio—. Pero el reino que conocías, Lancel, ha muerto con el sol de esta mañana. Ahora queda ver qué brotará de estas cenizas.

Meilyr, Áedán y Faron se miraron entre sí. El enemigo común había sido derrotado, pero el trono estaba vacío, su abuelo seguía dormido y su padre era una sombra de sí mismo. La verdadera batalla por el futuro de Nothain apenas comenzaba.




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