Renacimiento de Dragones

Capitulo 78

El silencio en los aposentos del rey se volvió asfixiante. Lancel permanecía de rodillas, con la cabeza gacha, mientras las palabras del Rey Nolan sobre el festival de caza flotaban como fantasmas en la habitación. Poco a poco, con una voz cargada de una pena que le desgarraba la garganta, Lancel comenzó el relato: la traición de Nera, el falso embarazo, el ataque de los Segadores y el heroísmo de los tres príncipes que ahora custodiaban las puertas del palacio.

Nolan escuchaba sin interrumpir. A medida que la verdad se desplegaba, la confusión en su rostro se transformó en una claridad amarga. La palidez de la enfermedad fue reemplazada por una sombra de culpa mucho más profunda que el veneno de las hierbas.

Cuando Lancel terminó, esperando el estallido de furia del monarca, Nolan no gritó. En su lugar, dejó escapar un suspiro que sonó como el crujir de un árbol milenario a punto de caer.

—No culpes solo a la serpiente por morder, Lancel —dijo el Rey, con los ojos fijos en sus propias manos temblorosas—. El error no comenzó con las mentiras de Nera, ni con tu ceguera. Comenzó conmigo, hace muchos inviernos.

Morana y la Anciana Sabia se acercaron, sintiendo que el aire cambiaba. Nolan miró a su nieta con una tristeza infinita.

—Me dejé cegar por el amor de un padre que quería enmendar lo que no tenía arreglo —confesó Nolan, y sus lágrimas finalmente rodaron por las arrugas de su rostro—. Nera era mi sangre, sí, pero una sangre nacida fuera de la ley y del honor. Por mi debilidad, quise darle un título real, quise integrarla a la mesa de los legítimos para calmar mi propia conciencia, ignorando la oscuridad que ella traía en las venas.

Lancel levantó la vista, sorprendido por la crudeza de la confesión. Nolan se inclinó hacia adelante, agarrando las mantas con fuerza.

—Mientras intentaba darle un lugar a esa sangre bastarda, ignoré a mi verdadera sangre —continuó el Rey con voz quebrada—. Ignoré las advertencias de Aelnora. Mi hija veía lo que yo me negaba a ver. Ella sabía que al elevar a Nera, yo estaba sembrando la cizaña en el jardín de nuestra familia.

Nolan cerró los ojos, y por un momento, la imagen de su hija fallecida pareció llenar la habitación.

—Si no hubiera sido tan cobarde... si no hubiera puesto mi orgullo de padre por encima de mi deber como Rey... Aelnora estaría viva. Ella estaría aquí, guiando a sus hijos, y este reino no conocería el olor de la ceniza. Yo le entregué a Nera la llave de nuestra ruina el día que le permití sentarse a la derecha del trono.

Lancel sintió que un peso compartido se asentaba sobre ambos. Eran dos hombres unidos por el mismo pecado: amar mal a la persona equivocada.

—Suegro... —murmuró Lancel, usando el término con un respeto que no había sentido en años.

—No soy digno de ese nombre, ni del trono —sentenció Nolan, mirando hacia la ventana donde el sol de la tarde iluminaba el patio—. Pero mis nietos... ellos son mejores que nosotros. Han sobrevivido a nuestra ceguera.

Nolan se volvió hacia la Anciana Sabia, con una nueva firmeza en su mirada débil.

—Traigan a los príncipes. Traigan a la pequeña Delayna. Si el destino me ha permitido despertar, es para pedir perdón a la sangre que desprecié y para asegurar que la sombra de Nera nunca vuelva a tocar el sol de Nothain.

Lancel se puso de pie, sintiendo que, aunque el pasado era una herida abierta, la confesión de Nolan había cortado la última cadena que mantenía a la familia atada a las mentiras de la Reina Regente. La reconstrucción de Nothain ya no sería sobre leyes o coronas, sino sobre la verdad que finalmente había salido de la oscuridad.




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