El salón del trono, que durante años había sido el escenario de las frías manipulaciones de Nera, se sentía ahora inmenso y extrañamente vacío. El Rey Nolan, envuelto en pieles pesadas y apoyado en un bastón de madera de roble, se sentó no en el trono, sino en una silla sencilla frente a él. A su lado, Lancel permanecía de pie, con la mirada baja, aceptando su lugar como el protector que falló.
Las grandes puertas de bronce se abrieron de par en par. El sonido de las botas metálicas anunció la entrada de los tres príncipes.
Meilyr caminaba al frente, todavía con las marcas de la batalla en su túnica; su rostro, sin el casco de dragón, mostraba una madurez amarga. Áedán lo seguía, cargando a Delayna en sus brazos; la niña, aunque pálida, mantenía los ojos abiertos, observando las bóvedas del palacio con una curiosidad renovada. Finalmente, Faron cerraba la marcha, portando a Lamento de las Estrellas enfundada, pero su luz plateada parecía seguir vibrando a través del cuero.
Nolan se puso en pie con dificultad al verlos. Sus nietos, los hijos de su amada Aelnora, eran la prueba viviente de que el linaje del dragón era imposible de extinguir.
—Acérquense —pidió Nolan, y su voz, aunque débil, recuperó el eco de la autoridad real—. No como súbditos, sino como los salvadores de esta casa.
Los tres hermanos se detuvieron frente a él. Meilyr fue el primero en hincar la rodilla, seguido por sus hermanos. El silencio fue roto por el sollozo contenido de Nolan.
—Meilyr, Áedán, Faron... Delayna —dijo el Rey, nombrando a cada uno como si fueran tesoros recuperados—. Les pido perdón. Mi ceguera les robó su hogar, les robó a su madre y casi les roba la vida. Me dejé engañar por una sombra porque era más fácil que enfrentar la luz de mi propia culpa.
Nolan miró a Meilyr, el hijo que tuvo que convertirse en tormenta para ser escuchado.
—Tú no eres un bruto, Meilyr. Eres el escudo que este reino necesitaba. Y tú, Áedán... tu ingenio es el puente que nos trajo de vuelta. Faron, llevas la mirada de tu padre y la fuerza de tu madre; tú eres la justicia que yo no me atreví a ejercer.
El Rey Nolan se volvió hacia Lancel y luego hacia la multitud de guardias y sirvientes que se asomaban por las galerías.
—Nothain no será gobernado por las mentiras nunca más —sentenció Nolan—. Nera permanecerá en las celdas de hierro hasta que el consejo decida su destino, pero su nombre será borrado de los anales de la historia. Y en cuanto a mí... mi tiempo ha pasado.
Nolan tomó la corona de oro que descansaba sobre un cojín de terciopelo y, en lugar de ponérsela, la colocó sobre la mesa central.
—Este reino ya no necesita un rey que sueña, sino líderes que despierten —dijo, mirando a sus tres nietos—. Ustedes gobernaran juntos. Meilyr será el brazo, Áedán la mente y Faron el espíritu. Y Delayna... ella será la esperanza que nos recuerde por qué luchamos.
En ese momento, el pequeño dragón rosado, que descansaba en el hombro de Delayna, soltó un rugido cristalino que resonó en las vigas del salón. Una ráfaga de viento fresco entró por las ventanas, llevándose el último rastro del incienso de Nera.
Por primera vez en diez años, el sol de la tarde iluminó el trono sin sombras. El Festival de Caza había terminado realmente, y aunque las cicatrices permanecerían, el linaje de Aelnora finalmente había reclamado su lugar bajo el cielo de Nothain.