Renacimiento de Dragones

Capitulo 81

El sol comenzaba a ocultarse tras las agujas de Nothain, tiñendo el cielo de un naranja herrumbre. En el patio de carruajes, Lancel ajustaba las correas de su caballo con manos mecánicas. No llevaba estandartes, ni escolta, ni joyas. Solo su vieja capa de viaje y el peso de una culpa que no cabía en las alforjas.

—Es lo mejor, Meilyr —dijo sin mirar a su hijo mayor, que observaba desde la distancia—. El reino necesita líderes limpios, no un hombre que se dejó guiar por el veneno. Mi presencia aquí es un recordatorio de todo lo que perdimos.

Lancel puso el pie en el estribo, dispuesto a desaparecer en la inmensidad del camino, buscando un exilio que creía merecer.

—¿Vas a dejarnos solos otra vez? —la voz era pequeña, pero cortó el aire como el filo de una espada.

Lancel se quedó paralizado. Se giró lentamente para ver a Delayna. La niña estaba pálida, con el brazo en cabestrillo, sostenida por Áedán y Faron. El pequeño dragón blanco-rosado dormitaba en su hombro, vibrando con un calor constante.

—Delayna, debes descansar —murmuró Lancel, bajando la mirada—. No me voy porque no los quiera. Me voy porque no soy digno de verlos a los ojos.

—La dignidad no se busca en el camino, papá —respondió Delayna, dando un paso adelante con dificultad—. Se busca en la familia. Si te vas ahora, Nera ganará. Ella quería separarnos, y tú le estás dando el último regalo.

Lancel negó con la cabeza, con lágrimas surcando su rostro curtido.

—Nothain es para ustedes. Yo solo veo sombras en estos pasillos.

—Entonces no nos quedemos en Nothain —intervino Delayna, y sus ojos brillaron con una chispa de la antigua alegría que solía tener antes de la herida—. Volvamos a la Fortaleza de Piedra.

El nombre del viejo castillo del norte resonó en el patio como un eco de tiempos mejores. Era el lugar donde el viento siempre olía a sal, donde las olas rompían contra los acantilados y donde, bajo la mirada de Aelnora, Lancel los había enseñado a montar y a reír.

—Allí es donde crecimos —continuó la niña—. Allí es donde mamá nos enseñó que el hogar no es una corona, sino las paredes que nos protegen del frío. Tú la ayudaste a construir ese hogar, papá. Llévanos de vuelta. No quiero ser una princesa en una ciudad de mentiras. Quiero ser tu hija en la Fortaleza de Piedra.

Lancel miró a sus tres hijos varones. Meilyr asintió con una seriedad solemne; Áedán le dedicó una media sonrisa cargada de perdón; y Faron, el más severo, simplemente bajó la guardia de su espada. Ellos también querían regresar al origen.

Lancel soltó las riendas del caballo. Se acercó a Delayna y, por primera vez en años, se permitió abrazarla sin el miedo de que Nera lo estuviera observando. Se arrodilló, hundiendo el rostro en el hombro de su hija menor.

—La Fortaleza de Piedra... —susurró Lancel—. Ella siempre decía que era el único lugar donde el alma podía descansar.

—Entonces descansa con nosotros —pidió Delayna.

El Príncipe de Hierro no se fue esa noche. En lugar de un exilio solitario, comenzó a organizar una caravana. Nothain quedaría en manos de regentes y del consejo del Rey Nolan, pero los hijos de Aelnora y su padre regresarían al norte, al castillo tallado en la roca viva, donde el rugido del mar ahogaría por fin los susurros de la traición y donde, tal vez, entre los muros de su verdadera infancia, Lancel podría aprender a ser el hombre que Aelnora siempre supo que era.




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