El amanecer en la capital trajo consigo un aire de despedida. En el patio principal, una caravana sencilla aguardaba. No había estandartes de seda ni trompetas; solo el sonido de los cascos de los caballos y el crujir de las carretas cargadas con lo esencial. El Rey Nolan, sentado en su silla de roble, observaba la escena con una mezcla de melancolía y esperanza.
Lancel ayudó a Delayna a subir al carruaje, asegurándose de que estuviera cómoda entre las pieles. La niña, con su pequeño dragón enroscado en el regazo, miraba hacia las altas torres del palacio con alivio. A su lado, Meilyr, Áedán y Faron montaban sus caballos, listos para dejar atrás la ciudad que casi les arrebata el alma.
Morana estaba de pie junto a su abuelo. Vestía una túnica de un azul profundo, sobria y elegante, que marcaba su nueva posición. Aunque sus ojos estaban empañados por la tristeza de la partida de sus primos, su postura era firme.
Lancel se acercó a ella. Por primera vez, el Príncipe de Hierro no la miró con la sospecha del pasado, sino con el respeto que se le debe a una igual.
—Nothain es un nido de sombras, Morana —dijo Lancel en voz baja—. Pero si alguien puede encontrar la luz aquí, eres tú. Cuida de tu abuelo.
—Y tú cuida de ellos, tío —respondió Morana, dándole un apretón de manos—. La Fortaleza de Piedra necesita su fuego de vuelta. Yo me encargaré de que, cuando miren hacia el sur, solo vean un reino en paz.
La Anciana Sabia se acercó a Morana, colocando una mano nudosa sobre su hombro.
—El trono no es un asiento de gloria, muchacha, sino una carga de servicio. Con la sabiduría de Nolan y mi guía en las artes antiguas, limpiaremos las manchas que dejó tu madre. Una nueva estirpe comienza hoy: la de aquellos que gobiernan con la verdad.
Nolan asintió, mirando a Morana con orgullo.
—Nera quería el poder para sí misma. Tú lo aceptas para salvar a los demás. Esa es la diferencia entre un tirano y una reina.
Con una señal de Meilyr, la caravana comenzó a moverse. Lancel montó su semental y se colocó a la vanguardia. Mientras cruzaban las puertas de la ciudad, el estruendo de los mercados y las intrigas de la corte se desvanecieron, reemplazados por el sonido del viento que soplaba desde el mar.
Cabalgaron durante días, sintiendo cómo el aire se volvía más puro y salado a medida que se alejaban de la capital. Finalmente, tras coronar un acantilado, la vieron: la Fortaleza de Piedra. Sus muros grises, tallados directamente en el peñasco, desafiaban a las olas que rompían con furia blanca en la base.
—Estamos en casa —susurró Delayna, asomándose por la ventana del carruaje.
Lancel detuvo su caballo y respiró hondo. Allí, bajo el cielo abierto del norte, los recuerdos de Aelnora no eran espinas que herían, sino susurros que daban la bienvenida. Mientras en la capital Morana comenzaba la difícil tarea de reconstruir un imperio junto a Nolan, en la Fortaleza de Piedra, la familia que el veneno intentó destruir se disponía a sanar.
Los dos caminos de la estirpe de Aelnora se habían separado, pero ambos compartían ahora el mismo horizonte: un mundo donde el apellido ya no era una cadena, sino un escudo contra la oscuridad.