Los meses se sucedieron como olas lentas que alisan la arena después de la tempestad. El tiempo, que antes parecía correr afilado como una daga, se volvió pausado y rítmico. En la Fortaleza de Piedra, el invierno dejó paso a una primavera de cielos limpios y vientos que ya no traían el olor a ceniza, sino la frescura del mar abierto.
La paz no llegó como un estruendo, sino como una serie de pequeños momentos cotidianos que sanaron las grietas de la familia.
En los patios de la fortaleza, el sonido del acero chocando ya no era un duelo a muerte. Meilyr y Faron entrenaban a los nuevos reclutas bajo el sol de la mañana, pero sus voces ya no gritaban órdenes cargadas de rabia; ahora enseñaban con la paciencia de quienes ya no tienen nada que demostrar. Meilyr había recuperado su risa, una risa que ya no era "la de la tormenta", sino la de un hombre que encontraba alegría en el esfuerzo físico y en la lealtad de sus hombres.
Áedán, por su parte, pasaba las tardes en la biblioteca del castillo, restaurando los mapas y crónicas que la humedad había dañado. A menudo se le veía en los balcones, usando su catalejo no para vigilar flotas enemigas, sino para observar las rutas de las ballenas que regresaban al norte.
Delayna era el alma del lugar. Su herida había cicatrizado, dejando una marca que portaba con orgullo. Ya no era la niña asustada de la capital; corría por las almenas con su dragón, que ahora tenía el tamaño de un águila grande y cuyas escamas brillaban con un blanco iridiscente bajo la luz del norte.
Lancel había cambiado más que nadie. Su cabello se había vuelto completamente cano, pero su mirada era clara. Ya no buscaba el poder ni el reconocimiento. Pasaba gran parte del día en los jardines interiores, los mismos que Aelnora había plantado años atrás. Con sus propias manos, Lancel podaba los rosales y cuidaba los brotes nuevos, encontrando en la tierra la redención que el trono nunca le dio.
A veces, se sentaba frente al mar y hablaba en voz baja, como si el viento pudiera llevar sus palabras a quien ya no estaba. Ya no eran palabras de disculpa, sino de paz. Le contaba a Aelnora lo altos que estaban sus hijos y lo bien que gobernaba su sobrina.
Mientras tanto, en la capital, Morana había demostrado ser una gobernante excepcional. Con la sabiduría del Rey Nolan y los consejos de la Anciana, había desmantelado las redes de espionaje y corrupción que su madre construyó.
Nothain ya no era una ciudad de susurros. Los mercados florecían y la gente volvía a confiar en la corona. Morana enviaba mensajeros al norte cada luna, cargados de libros para Áedán, telas para Delayna y noticias de que el abuelo Nolan recobraba sus fuerzas, paseando por los jardines del palacio sin rastro de las hierbas del olvido.
Una tarde, mientras la familia se reunía para cenar en el gran salón de la Fortaleza de Piedra, el silencio fue interrumpido solo por el crepitar de la leña y el rugido lejano del océano.
—¿Saben? —dijo Delayna, mirando a su padre y a sus hermanos— Por primera vez en mucho tiempo, no tengo miedo de lo que traerá el mañana.
Lancel sonrió, una sonrisa genuina que le llegaba a los ojos.
—Eso es porque el mañana ya no es una amenaza, hija mía. Es una promesa.
El linaje de la sangre de dragón había encontrado finalmente su puerto. La oscuridad de Nera era un recuerdo borroso, una advertencia grabada en la historia, mientras que la luz de la esperanza, tal como predijo la profecía, iluminaba cada rincón de su hogar tallado en piedra. La tormenta había pasado, y en su lugar, quedaba la paz inquebrantable de los que finalmente están en casa.