El aire de la capital vibraba con una energía que no se sentía en años. El Festival de Caza había regresado, pero esta vez no era una celebración de excesos y máscaras, sino un reencuentro de la estirpe. Las calles de Nothain estaban engalanadas con flores silvestres y los estandartes de la Fortaleza de Piedra ondeaban junto a los de la Capital. Morana y el Rey Nolan esperaban en el pabellón real, mientras los hijos de Lancel se adentraban en el coto de caza, cada uno siguiendo su propio rastro bajo el sol de mediodía.
Faron se había alejado de la caballería principal. No buscaba la gloria de la pieza más grande, sino el silencio de la espesura donde el rastro de un jabalí de gran tamaño lo había cautivado. El "Príncipe de las Cenizas" se movía con la agilidad de un lobo, con su arco al hombro y la mano siempre cerca de la empuñadura de Lamento de las Estrellas.
El animal, una bestia de pelaje hirsuto y colmillos curvos, se escabulló entre unos matorrales espinosos. Faron aceleró el paso, sus botas apenas haciendo ruido sobre el manto de hojas secas.
—Te tengo —susurró, tensando los músculos para el salto final.
Pero el bosque, denso y traicionero, le jugó una mala pasada. Al saltar sobre un tronco caído, el terreno cedió bajo sus pies. Faron perdió el equilibrio y rodó por una pequeña pendiente, una bajada cubierta de musgo y helechos que lo llevó hacia un claro oculto, protegido por una corona de árboles milenarios.
Faron aterrizó con un golpe seco al final de la bajada. Aturdido, sacudió la cabeza para despejar la vista. El silencio en este rincón del bosque era absoluto; ni siquiera el canto de las aves se atrevía a romper la atmósfera cargada de una electricidad antigua.
Se puso de pie lentamente, limpiándose la tierra de la túnica. Al levantar la mirada, el aire se escapó de sus pulmones y su mano se congeló a mitad de camino hacia su espada.
A unos pocos metros de él, dándole la espalda, se encontraba una criatura que desafiaba toda lógica. Sus escamas no eran blancas como las del dragón de Delayna, sino de un color negro azabache con reflejos de obsidiana que parecían absorber la luz del sol. Era inmenso, mucho más grande que cualquier espécimen visto en décadas; sus alas, plegadas con elegancia sobre sus costados, recordaban a las velas de un barco de guerra olvidado.
El dragón permanecía inmóvil, observando algo en el horizonte o simplemente escuchando el latido de la tierra. Faron sintió un calor abrasador emanando de la bestia, un calor que hacía vibrar el aire alrededor de sus crestas óseas.
No era un sueño, ni un delirio de la caída. El joven príncipe, que portaba la espada de las estrellas y el legado de Aelnora, se dio cuenta de que el festival de caza acababa de convertirse en algo mucho más trascendental.
El dragón aún no se había girado, pero Faron pudo sentir cómo la presencia de la criatura lo reconocía, como si la sangre de dragón que corría por sus propias venas estuviera respondiendo al llamado de un ancestro. En ese claro olvidado de la capital, el "Príncipe de las Cenizas" se encontraba frente a frente con el pasado que su madre tanto amó, y el futuro de Nothain estaba a un solo rugido de cambiar para siempre.