Renacimiento de Dragones

Capitulo 85

A leguas de la distancia de los bosques de la capital, más allá de las fronteras conocidas de Nothain, donde la tierra se vuelve árida y los cielos son de un color púrpura permanente, se alzaba la Ciudad de Cristal Negro. En la torre más alta de aquella fortaleza olvidada, un hombre permanecía de pie frente a un balcón que se asomaba al abismo.

Su silueta era imponente, envuelta en una armadura que parecía hecha de sombras sólidas. No se movía, no respiraba de forma perceptible; era como una estatua de obsidiana aguardando el fin de los tiempos.

De repente, el hombre cerró los ojos y apretó los puños. Un escalofrío recorrió el aire a su alrededor, haciendo que las antorchas de la habitación se apagaran al unísono, dejando solo la luz de una luna sangrienta.

Él lo sintió. No fue un sonido, sino una vibración en la médula de sus huesos. Una energía antigua, poderosa y salvaje acababa de despertar en el corazón del reino de los príncipes.

—Así que... —su voz era un susurro profundo, como el crujir de piedras bajo la tierra— al fin ha vuelto a rugir.

El hombre se giró, dejando que la luz de la luna iluminara la mitad de su rostro. Sus ojos no eran humanos; eran de un color ámbar encendido, con pupilas verticales que brillaban con una inteligencia malévola. Sobre una mesa de piedra, un mapa de Nothain comenzó a arder espontáneamente, consumiéndose desde el centro hacia los bordes.

—Nera fue solo un susurro, una distracción necesaria —dijo, extendiendo una mano hacia el horizonte—. Pero los "Tres Dragones" de Aelnora han cometido un error fatal. Han traído de vuelta el fuego que yo mismo ayudé a extinguir.

Para este nuevo enemigo, la paz de los últimos meses no era más que un intervalo de silencio antes de la verdadera sinfonía de destrucción. Él conocía el nombre del dragón que Faron acababa de encontrar. Conocía el secreto que Aelnora se llevó a la tumba y que Lancel, en su debilidad, nunca llegó a sospechar.

Se colocó un casco que recordaba a las fauces de una bestia olvidada y tomó una lanza cuyo filo goteaba una sustancia oscura. A sus espaldas, un ejército de sombras comenzó a materializarse, guerreros sin rostro que aguardaban una sola orden.

—Disfruten de su festival de caza, pequeños príncipes —sentenció el villano, con una sonrisa que no auguraba más que muerte—. No saben que la presa más grande acaba de despertar, y que yo soy el único que sabe cómo reclamar su corazón.

El cielo sobre Nothain se oscureció de repente, aunque no había nubes. El destino de la familia de Lancel, que creía haber encontrado la paz, acababa de cruzarse con una sombra mucho más antigua y peligrosa que cualquier mentira de una reina caída. El verdadero juego por el poder de los dragones estaba a punto de comenzar.




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