(renacimiento) La esposa volvió a enojarse

Capitulo 12

La mañana siguiente, Shen Zhao se dirigió al consultorio del psiquiatra que había conocido brevemente en un evento social hacía unas semanas. La decisión de buscar ayuda no había sido fácil para su orgullo, pero la creciente comprensión de su propia necesidad de cambio finalmente había pesado más.

Al entrar en la tranquila sala de espera, asintió brevemente al psiquiatra que lo recibió con una sonrisa amable. El consultorio, con sus plantas y luz natural, aún le parecía un tanto ajeno, pero la familiaridad del rostro del doctor lo tranquilizó ligeramente.

Una vez dentro, el psiquiatra tomó asiento frente a él. "Shen Zhao," comenzó con un tono tranquilo y profesional, "me alegra que decidieras venir. Por lo que hablamos aquella vez, entiendo que buscas herramientas para manejar ciertas... dinámicas internas."

Shen Zhao asintió con rigidez. "Así es, doctor."

El psiquiatra juntó las manos sobre el escritorio. "Bien. Para personas con un fuerte sentido del orgullo, como percibo en ti, a veces las terapias convencionales pueden encontrar resistencia. Por eso, nuestro enfoque será... digamos, un poco especial. Buscaremos formas de liberar esas emociones y tensiones de maneras menos directas, quizás incluso... inesperadas."

Una punzada de suspicacia recorrió a Shen Zhao. ¿Qué tenía en mente este hombre?

"Hoy," continuó el psiquiatra con una sonrisa enigmática, "vamos a intentar algo que podría parecerte... inusual. Quiero que te pongas de pie y, cuando la música comience, simplemente te muevas. Baila como si nadie estuviera mirando, dejando que tu cuerpo exprese lo que las palabras a veces no alcanzan."

La sola idea hizo que el rostro de Shen Zhao se tensara. ¿Bailar? Él, un hombre que valoraba la compostura por encima de todo, ¿bailando torpemente frente a un conocido? "Doctor, con todo respeto," comenzó con voz helada, "creo que su definición de 'especial' y la mía difieren significativamente. Yo no..."

"Shen Zhao," lo interrumpió el psiquiatra con firmeza pero con una mirada comprensiva, "confía en el proceso. A veces, nuestro cuerpo guarda llaves que nuestra mente aún no sabe cómo usar. Permítete sentir la música."

El psiquiatra presionó un botón y una melodía suave y rítmica llenó la habitación. Shen Zhao permaneció petrificado, sus brazos pegados a los costados, sintiéndose absurdamente expuesto. Sus ojos buscaban instintivamente una salida. Su mente gritaba un rotundo "¡No!", aferrándose a la armadura de su orgullo. Parecía una estatua de hielo en medio de una suave brisa.

El psiquiatra esperó pacientemente, observándolo con una mirada alentadora. Lentamente, muy lentamente, Shen Zhao comenzó a balancearse ligeramente sobre sus talones. Parecía un árbol centenario luchando contra una suave ráfaga de viento. Sus movimientos eran torpes, hesitantes, más parecidos a una leve inestabilidad que a un baile.

"Eso es," dijo el psiquiatra en voz baja, animándolo. "Siente el ritmo, aunque sea un poco."

La vergüenza quemaba en las mejillas de Shen Zhao. Se sentía ridículamente vulnerable. En un intento desesperado por evitar lo que consideraba una humillación total, una idea surgió en su mente. "Doctor," dijo con una voz ligeramente más alta de lo normal, con un deje de súplica, "quizás... quizás podría intentarlo cantando."

El psiquiatra arqueó una ceja con curiosidad. "Cantar puede ser una forma poderosa de liberar la voz, Shen Zhao. ¿Qué canción tienes en mente?"

Shen Zhao tragó saliva. Su mente, en blanco hace un momento, ahora evocaba una melodía infantil que su difunta madre solía cantarle. Era una canción simple, alegre, completamente ajena a su mundo adulto y sombrío. La idea de cantarla en ese momento le parecía una rendición inaceptable de su dignidad.

"Bueno," comenzó con una mueca de disgusto, "es solo... una canción que recuerdo de la infancia. Algo sin importancia."

"Todo lo que sientas es relevante aquí, Shen Zhao," respondió el psiquiatra con suavidad. "Si esa melodía resuena contigo, síguela."

Shen Zhao dudó. Cantar esa cancioncita simplona frente a un profesional que ya lo conocía superficialmente era casi peor que bailar. Su orgullo se resistía con cada fibra de su ser. Se cruzó de brazos, su rostro reflejando una mezcla de incomodidad y terquedad. Parecía un niño grande al que obligaban a participar en un juego infantil.

Pero entonces, mientras la melodía suave seguía llenando la habitación, una punzada de nostalgia lo atravesó. La imagen fugaz del rostro cálido de su madre apareció en su mente. Un suspiro involuntario escapó de sus labios.

Con un movimiento casi imperceptible, sus hombros se relajaron ligeramente. Cerró los ojos por un instante y, con una voz baja y vacilante al principio, comenzó a cantar.

"Sol solecito, caliéntame un poquito..."

Su voz era áspera, insegura, apenas audible. Se sentía ridículo, las palabras infantiles sonando extrañas y fuera de lugar en su boca adulta. Pero a medida que continuaba, algo comenzó a ceder dentro de él. La tensión en su cuello disminuyó, su respiración se hizo un poco más profunda.

"...hoy y mañana y toda la semana."

Para su sorpresa, una leve sonrisa, genuina y casi olvidada, curvó sus labios. La incongruencia de la situación, combinada con la inesperada oleada de un recuerdo afectuoso, había encontrado una grieta en la muralla de su orgullo.

Cuando terminó la corta canción, abrió los ojos, sintiéndose extrañamente ligero. Una risita suave escapó de sus labios, una risa que no había sentido en años.

El psiquiatra lo observaba con una sonrisa comprensiva. "Ves, Shen Zhao," dijo en voz baja, "a veces, al permitirnos la vulnerabilidad, incluso en las formas más inesperadas, podemos encontrar caminos hacia la liberación."

Shen Zhao asintió, todavía sintiendo el eco de la risa en su pecho. La vergüenza no había desaparecido por completo, pero ya no era paralizante. Había algo inesperadamente liberador en permitirse ser vulnerable, incluso cantando una canción infantil frente a un conocido.




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