Replay: La Isla Misteriosa ©

Capítulo 1

1

La emoción corría por su cuerpo como el agua por un río, estaba ansioso, Alexander estaba ansioso, era su último día de clases y las vacaciones se encontraban a unas pocas horas de distancia.

Vacaciones…

Mágica etapa donde para lo único que se está despierto es para divertirse y pasarla bien con amigos.

El joven, de cabello negro alborotado se levantó de la cama, revisó la fecha en su celular y sonrió al corroborar que no alucinaba, era el último día de clases.

Abrió las ventanas y respiró la cálida brisa de un verano que estaba por comenzar. Caminó hasta el baño, remojó su cara y sonrió frente al espejo, alguien en algún momento de su corta vida, le había aconsejado que hiciera eso cada mañana para tener un gran día, de todas las cosas que le decían, era lo único que sí hacía.

Y allí estaba el, un muchacho de catorce años, con unas ojeras que opacaban sus ojos azules con toques grises, listo para terminar su año escolar.

Volvió a mojar su rostro y procedió a dar la batalla matutina entre su cabello y el peine, porque sí, Alex tenía el cabello lacio, pero por la noche, le gustaba hacerse rulos con los dedos, los cuales, terminaban siempre en nudos muy difíciles de desarmar.

Salió del baño completamente renovado, se quitó el piyama —que consistía en un bóxer y una remera vieja— y lo reemplazó por una playera azul con la frase “Beach boy” en color negro y una bermuda blanca.

Bajó las escaleras despreocupado, con la mochila colgando de su hombro derecho y las gotas de agua que aún seguían en su cabello cayendo por los escalones de madera.

Llegó hasta la planta baja y se dirigió directamente a la cocina, donde se sentó en la banqueta frente a la mesada para desayunar lo que su madre acababa de preparar.

—Buen día… —Saludó Alex sirviéndose un poco de jugo de naranja.

—Buenos días amor… —Correspondió ella dejando un plato de panqueques frente a él.

—Mamá, huele delicioso.

—Gracias, ¿Quieres algo más? —Preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.

Alex la miró extrañado, la manera en la que se comportaba su madre era rara, en primer lugar, nunca hacía panqueques —exceptuando en Navidad o en Día de Acción de Gracias—, y, en segundo lugar, jamás de los jamases le preguntaba qué quería desayunar, la comida solo aparecía cada mañana, pero la que decidía siempre era ella.

De todas maneras, dejó de dar vueltas en el asunto y simplemente, aprovechó la inusual ocasión.

—Unos huevos, ¿Tal vez?

—Lo que quieras… —Penélope asintió, otra vez, mostrando una sonrisa complaciente y comenzó a freír un par de huevos. 

—Buen día —Saludó Carmen, la hermana mayor de Alex mientras caminaba hacia la nevera y buscaba su "botella especial".

Carmen era de esas chicas a las que le importaba DEMASIADO su apariencia. Su cuerpo estaba bronceado los 365 días del año gracias a las camas solares que pagaba con sus ahorros de toda la vida y muy bien cuidado por pasar varias horas en el gimnasio.

Aunque muchos la consideraban una "chica normal" —incluyendo a su familia—, Carmen parecía una joven sacada de alguna revista para adolescentes. 

En medio de la sala, la chica con el cabello negro teñido de rosa en sus puntas onduladas, bebió de su botella privada y salió de la habitación sin decir palabra.

Como siempre, la joven de diecisiete años desayunaría con sus amigas en alguna cafetería de paso. Al parecer, el hecho de que fuera el último día de clases no cambiaba la inagotable y repetitiva rutina de su hermana.

Para cuando su hermana cerró la puerta de la entrada principal, Alex ya tenía sus huevos fritos en un plato frente a él. En cuanto terminó de comérselos, tomó su mochila y salió de la cocina en dirección a la salida. 

Iba a ser un gran día, podía presentirlo.

Cruzó el umbral de la puerta y respiró el aire fresco de la mañana. Miró a su alrededor y lanzó un suspiro, el vecindario de Alex era realmente aburrido, jamás ocurría nada interesante, la noticia del siglo había pasado hacía ya tres años, en su calle, nació el tercer hijo del presidente. 

No sonaba muy emocionante, pero el "evento histórico" atraía a muchos turistas. 

Porque sí, su vecindario era igual de interesante como los hechos que rodeaban su vida. 

Llegó a la escuela en un par de minutos, esa era una de las ventajas de vivir a pocas cuadres del instituto, podía ir caminando sin miedo a llegar tarde y sin tener que depender del maldito autobús.

Su delgado cuerpo cruzó la entrada y se introdujo entre los laberínticos pasillos de la escuela. Estaba a punto de abrir su casillero cuando, el detestable Hérnan se apareció.

Hernán es la típica persona que se pasa toda su vida molestando y haciendo imposible la vida de otras. En otras palabras… Un bravucón. 



M.Cristalli

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En el texto hay: secretos, aventura, muerte y sangre

Editado: 06.10.2018

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