Réquiem Por Los Caídos

CAPÍTULO XXI

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ABBÁ

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La piel de mi abdomen seguía sensible, estaba casi curado, pero la cicatriz era visible. Estaba recordándome que seguía ahí, que no había sido una pesadilla. El lado de la cama donde había estado Rylan estaba frío. Me quedé un momento mirando hacia la puerta entreabierta, pensando en qué demonios hacía ahora. Tenía que pensar en Lucien, en el ángel, en Azrael, en quién demonios era Miguel... pero mi mente no avanzaba. Se quedaba estancada en la traición, en el miedo.

La puerta se abrió y levanté la vista. Rylan entraba con el torso desnudo, solo unos vaqueros puestos, el pelo mojado y desordenado cayéndole sobre la frente. Unas gotas de agua le resbalaban por el pecho, siguiendo el recorrido de sus tatuajes. Había uno nuevo, subía desde el pectoral izquierdo, bordeando la clavícula, continuaba por el hombro y desaparecía hacia la espalda.

No estaba la última vez que lo vi sin camiseta en Delgrove. Hace una eternidad.

—¿Ya quieres hablar de lo que pasó anoche? —preguntó sin rodeos, porque entrar así, medio desnudo y empapado, no era un ataque directo a mi capacidad de pensar.

Estuve mirándole demasiado tiempo, más de lo prudente. Su torso, sus tatuajes, la línea negra que atravesaba su clavícula...

—Prefiero olvidarlo —dije al fin, y me sorprendió lo tranquila que sonaba mi voz.

Rylan no insistió. Ni siquiera me miró de reojo para ver si mentía. Se limitó a abrir un cajón, sacar una camiseta negra y metérsela por la cabeza.

—Muy bien —respondió como si hubiese dicho que prefería café en vez de té—. Tenemos que ir al bar dixon quiere hablar conmigo.

Se giró entonces hacia mí, apoyándose en la puerta del armario con una actitud que me irritó.

—Y tú vienes conmigo.

—No necesito ir a ningún lado más que a casa —repliqué.

—No te estoy preguntando si quieres —respondió con calma irritante mientras buscaba las llaves en la cómoda—. Cada vez que te dejo sola, la lías. Así que pasaré por tu casa para que te cambies y después iremos al bar. Punto.

—No puedes darme órdenes —escupí. Me salía el enfado, el cansancio, todo mezclado.

Ni siquiera se volvió a mirarme, simplemente abrió la puerta del dormitorio, hizo un gesto para que me levantara, sin el menor interés en discutir.

—Claro que puedo.

Tampoco es que tuviese fuerzas para demostrarle lo contrario. El camino a casa se me hizo eterno. Cada semáforo, cada giro, cada farola pasando por la ventanilla me recordaba que no quería llegar. Que si Lilith estaba dentro... si Rylan la veía... después de todo lo que había pasado anoche, sería el golpe final. Ni siquiera tenía la energía para soportar una pelea así. Sentía el pulso acelerado por el simple miedo a imaginarlo.

—¿Quién es Miguel? —dije al final, sin mirarlo.

El coche no frenó de casualidad, se notaba que la pregunta lo tomó por sorpresa. Lo noté en el leve cambio de postura, en cómo apretó un poco más el volante.

—¿Dónde has escuchado ese nombre? —preguntó, sin apartar la vista de la carretera.

La imagen de Lucien diciéndole al ángel que yo estaba con Miguel pasó por mi mente. No podía decirle eso a Rylan, al menos no hasta que hablara con Agnes.

—Cuando Andras y los otros demonios fueron al bar —respondí, eligiendo cada palabra—. Dijeron que se iban porque podría estar acercándose Miguel.

No era una mentira, pero tampoco era toda la verdad. Rylan soltó una exhalación corta, casi molesta .

—Es un ángel.

Giré la cabeza hacia él, incrédula.

—Eso ya lo sé —lo interrumpí—. No te estoy preguntando qué es, te estoy preguntando quién es.

Por un segundo pensé que iba a responderme, pero no. Su mirada siguió fija al frente, dura, cerrada, como una puerta que decide no abrirse.

—Ese no es tu problema ahora —dijo al cabo, con un tono seco que no admitía réplica—. Concéntrate en no acabar muerta en las próximas veinticuatro horas.

Cuando aparcamos delante de la casa, Rylan soltó el volante con desgana y me miró de reojo.

—No tardes —dijo, como si fuera una orden.

No quería que entrara, no quería ver su cara si encontraba a Lilith sentada en el sofá fingiendo ser una humana cualquiera.

—No voy a tardar —dije, bajando del coche antes de que pudiera arrepentirse.

Fui directa a la alfombra de la entrada. Metí la mano debajo, donde nunca debería estar una llave, pero ahí estaba. La tomé y abrí la puerta con la respiración contenida. Avancé despacio, esperando escuchar algún ruido... pero nada. La sala vacía. La cocina vacía. El aire frío. Lilith no estaba.

Cerré la puerta detrás de mí, apoyando un segundo la frente en la madera. Seguí subiendo las escaleras, casi arrastrando los pies, y entré a mi habitación.

Intenté que la ducha fuera rápida. El agua caliente corriendo por la piel me recordó la sangre que había bajado por mis piernas anoche. La vista se me nubló, el azulejo frente a mí pareció ondularse, las líneas rectas se torcieron, y en el rabillo del ojo creí ver algo moverse. Una sombra alargada. Tuve que apoyarme en la pared para estabilizarme. Cuando salí y me envolví en la toalla, el espejo me devolvió una imagen ligeramente desplazada, mi reflejo tardó en copiarme. Volví a parpadear. Esta vez el reflejo obedeció, el cansancio estaba jugando conmigo. Salí y me vestí rápido intentando ignorar mi alrededor, hasta que me fijé en la amatista sobre el tocador. Brillando inocente como si no hubiera sido la culpable silenciosa de todo lo que había ocurrido.

Me quedé mirándola con rabia, si me la hubiera puesto... quizá todo habría sido distinto, o no.

La tomé entre los dedos, casi arrancándola del mueble, y me la puse de un tirón. Bajé las escaleras y salí de la casa cerrando la puerta con un golpe seco.

Al subir al coche, sentí la mirada de Rylan recorriéndome de arriba abajo. Estaría buscando signos de debilidad, heridas nuevas, mentiras nuevas. Yo me limité a ponerme el cinturón.




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