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MATEO 24:6-14
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Había visto muchas versiones de la mirada de Rylan, pero no como la que vi en aquel momento . Era un azul duro, afilado, despojado de cualquier rastro de contención. Me daba más miedo su reacción que saber que iba a morir.
Su voz llenaba la habitación. Gritaba sin control, las palabras llegaron unas detrás de otras cargadas de reproches. Sabía que hablaba de la mentira, de lo que le había ocultado, de lo que había puesto en juego sin darle la opción de elegir, pero no conseguía seguir el hilo, mi cabeza iba más lenta que su rabia.
No me atrevía a mirarlo a la cara, cuando levantaba la vista, lo veía avanzar hacia mí con violencia. Dixon se interpuso más de una vez, lo empujó hacia atrás, le habló fuerte, le ordenó que se calmara. Todo sucedía demasiado rápido, la mesa golpeada, la silla despedazándose contrala pared. Yo permanecía en el mismo sitio, me repetía que se le pasaría. Tenía que pasársele, me lo había prometido.
Dixon fue quien puso el punto final, le ordenó que se fuera. Temía, lo vi en su cara, que aquello pudiera ir a peor si Rylan seguía allí un segundo más. Rylan salió dando un portazo y el sonido se me quedó incrustado en la cabeza. Violento. Furioso. Definitivo. Durante unos segundos solo existió ese golpe seco, repitiéndose una y otra vez. Ahora estaba sola frente a Dixon, me observaba con cansancio, esperando una explicación..
Yo no sabía dónde poner las manos. Las tenía juntas, separadas, sobre las piernas, otra vez juntas. Tenía los nervios a flor de piel.
—¿Por qué mentiste? —preguntó.
No era un reproche, pero tampoco comprensión automática.
—No... no era mi intención —dije—. Me enteré hace poco.
Dixon ladeó ligeramente la cabeza. Eso significaba no me basta. Apoyó un codo en la mesa y me sostuvo la mirada.
—¿Cuánto es "hace poco", Rue? ¿Ayer? ¿Antes de ayer? ¿Hace una semana?
Bajé la vista, porque dijera lo que dijera, no iba a sonar bien.
—Cuando fui a ver a aquel demonio con Jael —respondí al fin.
Él se tensó apenas, ahora sí había reproche. Me apresuré, porque conocía ese gesto y sabía lo fácil que era que sacara conclusiones equivocadas.
—Ella no sabía nada —añadí—. Antes de que pienses otra cosa... la obligué a olvidarlo.
Decir eso me hizo quedar peor, porque esa frase no sonaba a miedo, sonaba a alguien que sabía demasiado bien lo que hacía.
—Lo siento —continué, notando cómo la voz se me volvía más baja—. Tenía miedo, todo esto me venía enorme y sabiendo que Rylan quería matarme para recuperar sus alas... no podía decirlo. No sabía cómo hacerlo sin que acabara exactamente así. Ahora todo se está viniendo abajo a la vez. El ataque de aquel ángel, Samael, Lucien... es demasiado.
—¿Qué ataque? —me cortó.
Alcé la vista de golpe, Rylan no le había contado nada aún.
—Antes de ayer —expliqué—. Un ángel me hirió y ya saben quién soy. Así que no van a tardar en venir a por mí.
No temblé al decirlo, ya lo había aceptado.
—De verdad lo siento —añadí—. Sé que tendría que haber dicho la verdad desde el principio. Ahora ya no puedo arreglarlo, pero...
—Rue.
Dixon alzó la mano, inclinándose un poco hacia delante.
—Hay que mantener la cabeza fría —dijo—. Eres una cría y no tienes por qué saber manejar esto sola. Hablaré con Rylan. Esto se va a resolver, nadie va a matar a nadie.
Respiré despacio, obligándome a confiar en que, si alguien podía poner orden, era él. Pasaron unos segundos hasta que volvió a hablar.
—¿Cómo escapaste del ángel? —preguntó entonces.
Recordar eso significaba volver a sentir el fuego fuera de control, el miedo puro, la urgencia animal de sobrevivir.
—Forcejeábamos, no lo sé —dije—. Usé el fuego, me aparté... y corrí.
—Entiendo.
Se quedó pensativo. Cuando volvió a hablar, su tono ya no admitía discusión.
—Lo mejor será que ahora vayas a casa. Vuelve mañana cuando todo esté más calmado y veamos que podemos hacer.
Negué enseguida.
—No es seguro —respondí—. Quedarme sola ahora... o ir a casa... todo esto es peligroso.
Me sostuvo la mirada sin dureza, pero sin ceder.
—Precisamente por eso, tenerte cerca ahora es un riesgo. Necesito hablar con los chicos primero. El que quiera quedarse a resolver esto lo hará, pero nadie va a estar obligado a luchar a tu lado.
Las palabras dolían, aunque fueran justas. Asentí despacio. Yo lo sabía. Una de las razones por las que estaban matando nefilims era yo.
—Vale.
Me levanté con el cuerpo pesado y caminé hacia la puerta con el pecho apretado, nada estaba mejorando, solo cambiando de forma.
—Pequeña.
Me giré intentando que no se me hiciera un nudo en la garganta. No podía seguir llorando.
—No estarás sola —dijo—. Te ayudaré, pero mi prioridad es protegerlos a ellos. Son inocentes que no deberían estar en medio de este conflicto.
Asentí.
—Lo entiendo.
Salí de la oficina con un nudo insoportable en el pecho, me sentía dentro de una burbuja demasiado estrecha. Sentía el cuerpo pesado y la cabeza espesa. Leo me vio enseguida y frunció ligeramente el ceño al verme pasar.
—¿Está todo bien? —preguntó—. ¿Te han dicho algo?
Negué con la cabeza sin detenerme del todo.
—Nada —respondí—. Mañana vuelvo.
No me correspondía a mí explicarle nada. Dixon se encargaría de eso, si decidía hacerlo. Di un par de pasos más hacia la salida, pero algo se me quedó atascado en el pecho. Me giré y volví a la barra.
—Oye —dije—. Una cosa.
—Dime.
Me apoyé con las manos en la madera, fingiendo normalidad.
—Si tú quisieras contactar con un demonio... ¿Cómo lo harías?
Leo soltó una risa breve, más por incredulidad que por gracia.
—¿Perdona? —me miró de arriba abajo—. ¿Y por qué querría yo contactar con un demonio?