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ÚLTIMO PASO: ACEPTACIÓN
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Cuando llegamos a Delgrove ya era de día. Sienna había conducido toda la noche sin quejarse, con los ojos rojos pero firmes, y yo no recordaba en qué punto me había quedado medio dormida con la frente apoyada en la ventanilla.
Paramos a desayunar en una cafetería de carretera, Dixon decidió que era mejor no entrar todos juntos, así que nos fuimos repartiendo por el local. Sienna y yo nos sentamos en una mesa pequeña, pegada a la ventana. El resto ocupó mesas separadas o se quedó fuera. Jael ni siquiera intentó disimular que no quería estar cerca de mí. Rylan... para él directamente no existía.
Sienna hablaba, intentando llenar el silencio a base de normalidad.
—Sam no para de escribirme —me dijo mientras desbloqueaba el móvil—. Que dónde estoy, que si sigo viva, que por qué he desaparecido. Y Theo... bueno, Theo está siendo Theo. Cree que lo he abandonado.
Asentí sin responder. Mis dedos rodeaban la taza de café, caliente, amarga, exactamente como necesitaba. Miraba por la ventana sin ver realmente nada.
Rylan estaba fuera, apoyado contra la pared, fumando. Solo. El humo se le escapaba despacio entre los labios, y durante un segundo pensé que ese gesto era lo único de él que seguía siendo reconocible. No parecía enfadado pero tampoco apacible. Parecía... cerrado.
La rubia salió detrás de él. La vi tomarle el cigarro de la mano sin pedir permiso y llevárselo a la boca con naturalidad. Rylan no dijo nada.
Aparté la mirada antes de ver algo que me molestara aún más. No podía permitirme odiarla. Estaba ahí, iba a pelear, iba a ponerse en peligro por mí. Eso era un hecho, aunque me escociera por dentro.
—¿No vas a comer nada? —preguntó Sienna al ver que mi plato seguía intacto.
Negué despacio.
—Con el café estoy bien.
No era hambre lo que me faltaba. Era espacio dentro del pecho. Todo lo demás lo ocupaban pensamientos que no querían ordenarse. Ella siguió desayunando y se limitó a quedarse conmigo en silencio, que era justo lo que necesitaba en ese momento.
Salimos del sitio del desayuno y el cielo estaba limpio, demasiado azul mi estado de ánimo. El hotel apareció al final de la calle y, en cuanto lo vi, supe que la memoria no iba a dejarme en paz.
Meses atrás había cruzado una puerta parecida con Rylan. Entonces era yo la que iba cargada de rabia y soltando reproches sin parar. Recordé el pasillo, mi enfado estrellándose contra su silencio, y cómo al final me giré esperando una reacción. No la hubo, lo cual e dio más rabia.
Ahora entrábamos otra vez, pero el peso estaba en otro sitio. Yo avanzaba callada y Rylan llevaba la tormenta atravesándole la espalda.
En el lobby algunos se dejaron caer en los sofás nada más entrar; otros se quedaron de pie, apoyados en columnas o paredes, hablando en murmullos.
—No voy a ver a Debrah —le dijo Dixon a Rylan—. No le caigo bien a todos los demonios y no quiero que esto se tuerza antes de empezar.
Leo levantó la cabeza desde donde estaba apoyado.
—Voy él, Jael está muy cansada.
Dixon asintió despacio.
—Y os lleváis a Rue. Tiene que saberlo todo. No quiero improvisaciones si algo se complica.
Sentí cómo a Rylan se le tensaba la mandíbula y volvía a enfadarse.
—Entonces que vaya Jael.
Dixon giró la cabeza hacia él.
—Céntrate —le dijo, sin dureza pero sin concesiones—. Si vas a hacerlo, hazlo bien.
No dije nada. Fingí no estar escuchando y me alejé hacia Sienna, que volvía del mostrador con una tarjeta en la mano y cara de haber charlado más de la cuenta con el recepcionista.
—Es rarísimo ser la única humana aquí —me confesó en voz baja—. Pero, no sé... también me hace sentir especial.
Sonreí de lado, sin humor.
—Ojalá fuera tú.
Antes de que pudiera responder, Dixon se acercó con otra tarjeta entre los dedos.
—Aquí tenéis la habitación.
Sienna levantó la suya, orgullosa.
—Tenemos una suite.
Dixon la observó un instante, como evaluando algo más que una simple reserva, y negó despacio.
—La vida me ha dado otra Rylan.
Luego se giró hacia mí.
—Irás con Rylan y Leo a ver a Debrah.
Asentí sin discutir. Sabía que Rylan no quería que fuera. No quería ni respirar mi mismo aire, lo sabía por la forma en que su cuerpo se había cerrado desde que entramos. Pero no iba a decir nada delante de Dixon. Le tocaba aguantarse. O marcharse. Porque cuando la rubia se le pegaba como una lapa, ahí no veía yo esa rigidez ni ese silencio cargado de rabia.
Sienna se inclinó hacia mí.
—Yo voy a dormir un rato y luego salgo a comprar ropa.
La miré, incrédula.
—¿Cómo te da la cabeza para pensar en ir de compras ahora?
—Porque cuando quieras ducharte —me dijo, muy seria—, necesitarás ropa limpia. Y ahí me agradecerás que no me haya quedado sentada esperando el apocalipsis.
Resoplé.
—Vale. Pero no te alejes mucho y ten cuidado.
Sienna sonrió, ladeando la cabeza.
—¿Cuidado yo o cuidado con tu coche?
—Ambos.
Nos miramos un segundo más de lo normal. Luego asentí y me di la vuelta. No tenía margen para quedarme hablando, Rylan ya se dirigía hacia la salida. Y yo iba detrás, le gustara o no.
Leo se sentó delante, en el asiento del copiloto, y yo acabé atrás. Rylan arrancó sin decir una palabra. El motor sonó demasiado alto en el silencio y pensé que quizá era solo mi cabeza exagerándolo todo, porque últimamente hacía eso con cualquier cosa.
Leo se perdió enseguida en su móvil. Yo, en cambio, maldije no haber configurado todavía el nuevo. Tener las manos vacías me dejaba sin excusas, obligada a mirar al frente, a su nuca, a sus hombros tensos, a la forma rígida en la que sujetaba el volante. Estaba segura de que, en su cabeza, estaría repasando cada motivo por el que yo no debería estar allí, sentada en su coche, ocupando el mismo espacio.