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MALAKH
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LUCIEN
Raguel me esperaba de pie, con las manos entrelazadas a la espalda y el gesto imperturbable de quien lleva siglos juzgando sin alzar la voz. El lugar no necesitaba solemnidad añadida; la presencia de un arcángel bastaba para que el aire se volviera denso, casi cortante. Me detuve a una distancia prudente, incliné la cabeza en señal de respeto y aguardé.
—Por mucho menos —dijo al fin, con un tono sereno que no dejaba espacio para interpretaciones— otros ángeles han perdido sus alas.
No era una amenaza, enunciaba hechos, y eso lo hacía infinitamente peor. Mantener el rostro impasible fue sencillo; ordenar mis pensamientos, no tanto. Las mentiras necesarias empezaron a alinearse en mi mente, no por conveniencia, sino por supervivencia. La verdad completa nunca había sido una opción.
Había hecho cuanto estaba en mi mano o al menos eso me repetía. Cada decisión había sido tomada con cuidado, midiendo consecuencias, anticipando reacciones. Y aun así, nada había sido suficiente. Tal vez porque no estaba resolviendo un problema, sino avanzando por un laberinto diseñado para no tener más que una salida... y esa salida no era la que yo estaba dispuesto a aceptar.
—Mi intención no fue ocultar información —respondí al fin, con voz firme—. Necesitaba confirmar cuál de las nefilims que había encontrado descendía de Samael. Intervenir antes habría sido imprudente..
No era del todo mentira. El engaño no residía en mis palabras, sino en lo que omitía. No mencioné lo pronto que lo supe. No mencioné el instante exacto en el que la certeza se asentó en mí como una verdad imposible de ignorar. Y, por supuesto, no hablé del motivo real por el que guardé silencio: el error más antiguo y más humano de todos. Los sentimientos.
Raguel me observó durante un largo segundo. Sus ojos no buscaban fisuras; las encontraba sin esfuerzo.
—Te concederé una última oportunidad —dijo finalmente—. No solo porque soy benevolente, sino porque sé que eres un buen ángel, Lucien.
La palabra buen no me resultó familiar. Había sido suficiente durante siglos. Ahora ya no lo era.
—Si todavía deseas dejar de ser únicamente un ángel guardián y ascender —continuó— ya sabes lo que debes hacer.
No necesitó especificarlo. La tarea era la misma. Siempre lo había sido.
Asentí despacio, aceptando en apariencia lo que se me ofrecía, aun sabiendo que no cumpliría la expectativa tal como ellos la entendían. Si existía una alternativa, una grieta en el orden establecido, la encontraría. Tenía que existir. El universo no podía ser tan cruel como para ofrecer una sola solución y exigir sangre a cambio.
—Cumpliré con mi deber —dije.
Apenas crucé los límites del santuario, observé a Lae esperando para abalanzarse. Su esencia siempre había tenido esa cualidad invasiva, esa forma de adelantarse a su propio cuerpo. Me detuve y me giré hacia ella manteniendo la compostura, no porque la serenidad me acompañara, sino porque jamás he permitido que la inquietud gobierne mis gestos.
—Me mentiste —dijo al fin.
Reanudé la marcha, obligándola a seguirme si deseaba continuar. No pensaba concederle una confrontación inmóvil, idéntica a tantas otras durante estos días.
—Ya he dado esa explicación —dije sin mirarla—. No tenía la certeza de que fuese ella.
Lae caminó a mi lado. No me creyó. Lo percibí en su paso, en la forma en que afinó la atención. No intenté convencerla. Su juicio no resolvía el dilema que me ocupaba.
Habló de movimientos recientes, de decisiones tomadas sin consentimiento, de ángeles que ya habían partido en busca de ella. Sus palabras llegaban, pero no las escuchaba. Mi mente estaba en otro lugar.
Necesitaba la torre, siempre había sido mi refugio. Desde allí, el horizonte se extendía sin interrupciones y el pensamiento recuperaba su orden natural. No iba a reflexionar rodeado de reproches.
Que Lae me siguiera solo añadía presión. Nunca he tolerado sentirme cercado. La calma no es un adorno para mí, es el fundamento de todo lo que soy. Sin ella, incluso la rectitud pierde sentido.
Al llegar, apoyé los antebrazos en el pretil. La superficie fría me sostuvo, cerré los ojos un instante, buscando recuperar el control que empezaba a resquebrajarse.
Ella no me concedió ese margen.
—Quiero que me escuches.
Abrí los ojos y la miré despacio. Mi expresión seguía serena, aunque mantenerla requería más esfuerzo del habitual.
—Intenta que no sea largo, por favor —dije—. Necesito pensar, y hacerlo sin interrupciones.
Lae no rodeó nada.
—Han ofrecido devolverle las alas a un caído —dijo—. A cambio de la liora.
—Eso carece de sentido, un caído no deja de serlo —respondí—. Ningún pacto altera ese castigo.
—Este sí —replicó—. Siempre fue el predilecto de Azrael. Lo demás es trámite.
Guardé silencio, entendí que aquello exigía atención.
—Desde que se reveló quién es realmente la liora, ese caído tiene ventaja. Cercanía. Libertad para acercarse sin despertar sospechas.
Con la palabra cercanía vi marcharse el último atisbo de paz que me quedaba.
—¿Cómo sabes esto? —pregunté.
—Porque me enviaron a ofrecerle el trato.
Lae inclinó ligeramente la cabeza, estudiándome. Yo me encontraba a punto de crear un nuevo rezo solo para que mis pensamientos fueran los equivocados.
—Sé que él no lo desconoce aún —añadió—. Si hubiera tenido la certeza, ya la habría entregado. Pero cuando lo descubra, será tarde para nosotros. Él reclamará el mérito.
Ya intuía la respuesta, pero necesitaba oírla.
—¿Quién es?
—Su nombre es Rylan Blackwood. Bueno, al menos el estúpido nombre que se atribuyó al caer.
Quise que mis predicciones fuesen erróneas, que de ella saliera un nombre que me incordiase menos.