Réquiem Por Los Caídos (en edición)

CAPÍTULO IV

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CHAG HAMOLAD

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Los días que siguieron a la fiesta se sintieron extraños, en el colegio no se hablaba de otra cosa que no fuera Ander. Su caída, su estado. Los rumores volaban de boca en boca, cada uno más distorsionado que el anterior. Que si fue un accidente. Que si estaba drogado. Que si alguien lo empujó.

La directora dio un discurso vago sobre salud mental y respeto, pero nadie parecía realmente interesado en entender lo que había pasado. Solo querían el morbo, la historia.

Yo fingía normalidad. Caminaba, hablaba, respiraba. Pero en mi cabeza todo era una espiral. Porque recordaba la forma en que Ander me miró después de haberle dicho eso, lo recuero irse y luego... la caída. No fue como si lo hubiera querido de verdad. No lo dije para que lo hiciera.

En los días siguientes no dejé de darle vueltas. Una y otra vez repasaba ese momento en mi cabeza, buscando un detalle que lo explicara, alguna razón lógica que me permitiera dejarlo atrás. Pero no encontraba nada.

Quise probarlo otra vez. Sabía perfectamente que no era posible, pero necesitaba convencerme de que lo que dijo aquel chico era una estupidez, de que todo había sido una casualidad estúpida.

Lo intenté en clase, en medio del ruido de papeles y la voz monótona del profesor. Murmuré algo bajo, esperando... ¿qué, exactamente? No lo sabía. Pero nada pasó. O al menos nada que pudiera atribuir directamente a mí. Y ahí estaba el problema: ¿Cómo podía distinguirlo? ¿Cómo saber si las cosas ocurrían porque yo las decía, o simplemente porque iban a ocurrir de todos modos? La duda me acompañó todo el día.

Esa misma tarde, Sienna vino a casa. Yo llevaba todo el día con la cabeza a punto de estallar, dándole vueltas a lo que había pasado, intentando convencerme de que era una tontería... y al mismo tiempo sabiendo que no podía guardármelo mucho más.

Subimos a mi habitación y cerré la puerta detrás de nosotras. Ella se dejó caer en el borde de la cama, cruzando las piernas con un gesto despreocupado. Yo, en cambio, no podía quedarme quieta. Caminé un par de pasos, me apoyé contra el escritorio y crucé los brazos.

—Han vuelto —dije por fin.

—¿Qué cosa? —preguntó Sienna, mirándome con el ceño fruncido.

—Las pesadillas, no son como antes. Se sienten... demasiado reales. Como si no fueran solo sueños.

Ella se quedó en silencio, esperando. Yo seguí, porque si me detenía no iba a atreverme a continuar.

—Hace unas semanas entré a la tienda de esa vidente en el centro. No sé ni por qué lo hice, pero... dijo cosas que... fueron extrañas. Y luego, en la fiesta... —me tembló la voz— pasó lo de Ander.

Sienna se incorporó un poco, incómoda.

—Rue...

—Fui yo la que le dijo que saltara. —Las palabras salieron tan rápido que me quedé sin aire—. Lo dije, sin pensar. Y él lo hizo. Después de que pasara lo de Ander en la fiesta, apareció un chico, lo había visto entrar a la tienda de la vidente ese día. Me dijo que había sido yo. Que Ander saltó porque lo dije.

—Rue... ¿No crees que deberías pensar en hablar con tu psiquiatra? No lo digo a malas, es solo que —me miró intentando buscar las palabras más adecuadas— sabes que estos episodios pueden ser peligrosos.

La escuché y supe que no había juicio en su voz, solo preocupación.

—Lo sé —le dije—. Si alguien más me lo contara, también pensaría que necesita ayuda. Pero, Nana... esto me está pasando de verdad. Hablé con la doctora Miller y lo único que hizo fue subirme la medicación.

Ella asintió, con preocupación.

—Vale, entonces vamos a comprobarlo —dijo, intentando sonar neutral—. inténtalo conmigo, pero si no funciona, pasaremos de la medicación y te internaremos directamente.

—Muy graciosa —mascullé, mirando al suelo—. No creo que funcione así, intenté hacerlo en clase y no... no funcionó.

Sienna cerró los ojos sin borrar su sonrisa.

—Hazlo antes de que me sienta demasiado ridícula y me arrepienta.

Tragué saliva y me concentré. Si esto no era real, esta vez sí me encerraban.

—Toca tu nariz.

Nada.

Sienna abrió un ojo.

—¿Eso era?

—Sí —respondí, intentando mantenerme tranquila—. Vuelve a cerrar los ojos.

Probé otra vez.

—levántate.

Silencio.

—Levanta el brazo.

Sienna empezó a reírse, primero bajo, luego un poco más alto.

Tal vez todo era un juego absurdo en mi cabeza, una mezcla de miedo y paranoia que me estaba llevando demasiado lejos. Sentí una mezcla entre frustración y el temor más de estar equivocada, el de haber imaginado cada cosa.

Probé de nuevo, necesitando demostrarme que era real. Una orden. Luego otra. Y otra más. Me repetía palabras simples en la mente, cosas fáciles, casi ridículas. Nada ocurrió. Ella seguía riéndose, al igual que la doctora Miller, no entendía la gravedad del asunto, literalmente yo estaba a un paso del manicomio.

—¡Deja de reírte! —estallé de golpe, más fuerte de lo que quería—. ¡Esto no es gracioso, joder!

Hubo silencio. Su espalda se enderezó como si una cuerda invisible la hubiera tirado hacia arriba. Sus manos se cerraron en puños sin que pareciera notarlo. Me miró con los ojos muy abiertos, como si no pudiera moverse.

—¿Lo estás fingiendo o...? —pregunté acercándome.

—Rue... tú... —intentó decir con la voz más baja que antes.

—Eso es —murmuré—. Fue lo mismo que con Ander... o sea que sí soy una especie de asesina.

—Por supuesto que no, Rue. Él aún vive y esto es algo... ilógico.

Me quedé en silencio un momento, sabía que esto no era coherente, aún así, estaba pasando.

—Pues para ese chico sí parecía bastante lógico.

Sienna se pasó las manos por el rostro.

—¿Y no me contaste esto antes porque...?

—Porque no tenía sentido. Porque no me gusta sonar como si necesitara una intervención psiquiátrica.




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