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Año nuevo, vida nueva
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Habían pasado cuatro días desde nochevieja. Cuatro días sin señales de Rylan, sin mensajes de Lucien, y con mi tía actuando como si no pasara nada. Lo normal, básicamente.
Era viernes por la tarde. El cielo afuera estaba completamente gris, y Sienna y yo estábamos en mi cuarto, el más cálido de la casa desde que mi tía había subido la calefacción "para que no me resfriara" aunque yo nunca había estado enferma, físicamente.
Sienna estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama, y una revista abierta que no estaba leyendo. Yo estaba tumbada boca abajo, en pijama, jugando con el móvil porque era más entretenido que admitir que estaba esperando un mensaje que claramente no iba a llegar.
A ella le rondaba la misma duda que a mí, si Rylan aparecería. Yo misma no tenía una respuesta. Había prometido hablar conmigo, pero nunca dijo cuándo ni cómo, y me era imposible no pensar que quizá lo dijo solo para que lo dejara en paz. Sienna, sin embargo, parecía convencida de lo contrario.
La conversación derivó inevitablemente hacia Lilith. Había intentado hablar con ella, tantear un poco, pero me cerró el paso con evasivas. Cambió de tema, buscó excusas, hasta se entretuvo en limpiar una estantería con tal de no responder.
En la noche, bajé a la cocina un poco antes de la cena. No tenía hambre, pero quería intentarlo otra vez. Hablar con ella sin rodeos.
Ella estaba en la mesa de la cocina, con su libreta abierta y una taza de café a su lado. La bata blanca del hospital colgaba del respaldo de la silla, arrugada.
—Hola —saludé, despacio.
Ella respondió de inmediato, aunque sin levantar la vista.
—Hola, cariño. ¿Vas a cenar?
Negué con un gesto.
—No. Pero... ¿podría preguntarte algo?
—claro, lo harás de todos modos—respondió finalmente, con un tono suave, aunque ya un poco a la defensiva.
Me senté frente a ella y apoyé los brazos sobre la mesa, sin apartar la mirada.
—¿Quién era el hombre con el que hablabas hace unas semanas?
Cerró el cuaderno despacio, levantando la vista por fin.
—Es un compañero de trabajo, nada más.
Supe de inmediato que me estaba mintiendo. No solo me estaba mintiendo, sino que tenía el descaro de sostenerme la mirada.
—Nunca le he visto en el hospital —repliqué, aunque preferí no prolongar demasiado ese punto. Bajé la voz, pero la mantuve firme—. Quiero que dejes de mentirme. Que me digas lo que está pasando.
Se quedó callada. Sus dedos empezaron a juguetear con el borde de la taza, girándola apenas.
—No sé de qué me hablas, y no tengo por qué darte explicaciones de nada.
—Creo que sabes perfectamente de qué hablo y también creo que sabes perfectamente todo lo que me está pasando —escupí finalmente.
Vi en su mirada un quiebre, fue breve, pero sirvió para asegurarme de que yo tenía razón.
—Tengo que preparar unos informes del hospital —dijo, levantándose de la silla como si nada.
Me incliné un poco hacia adelante, incapaz de contener la frustración.
—¿De verdad vas a seguir así? ¿Haciéndote la tonta?
Ella se detuvo un segundo, de espaldas, con una mano apoyada en el marco de la puerta.
—Rue... hay una diferencia entre mentirte y protegerte. Yo intento hacer lo segundo.
Sin darme oportunidad de responder, salió de la cocina. La escuché alejarse, y subir las escaleras dejando otra vez sin respuestas.
Me quedé un rato allí, quieta, con la mirada perdida en la taza que aún echaba vapor. Quería gritar, romper algo, descargar la rabia de alguna forma, pero no tenía sentido. También quería llorar, pero ni siquiera eso salía.
El regreso a clase fue como una bofetada. El tipo de día en que te miras al espejo con uniforme, cara de zombie y sin ganas de existir. Ni el maquillaje pudo salvar la situación.
Sienna me recogió en su coche, todavía medio dormida y con el moño más caótico que le había visto en semanas.
—Me niego a estar viva —soltó apenas abrí la puerta.
—Te acompaño en el sentimiento —le respondí, abrochándome el cinturón como si fuera a una guerra y no al instituto.
Cuando entramos al aula nos sentamos en nuestro al fondo, hoy no íbamos a fingir que nos interesaba la clase. Mientras el profesor de historia divagaba sobre antiguos sistemas políticos, tocaron la puerta y alcé la vista justo cuando Lucien cruzaba el umbral.
Sus ojos se encontraron con los míos de inmediato y yo bajé la vista antes de que pudiera leer nada en mi cara. Se sentó tres filas por delante, pero durante toda la clase lo sentí demasiado cerca. No importaba dónde estuviera, él ocupaba todo el aire de la sala. Lo veía girar de vez en cuando, tanteando si existía la oportunidad de acercarse. Yo no se la di. Me obligué a escribir en el cuaderno, a copiar frases de la pizarra solo para mantenerme ocupada y evitar mirarlo.
Cuando sonó el timbre, recogí mis cosas con prisa, quería salir antes de que encontrara un hueco para hablarme. Sienna entendió el gesto y me siguió, sincronizando el paso conmigo. El pasillo se llenó de voces y de ruido, pero entre todo eso escuché mi nombre. Me giré por inercia y nos quedamos a pocos pasos.
—Tengo que hablar contigo.
Lo miré, sin ceder un solo gesto. Quería tantas cosas al mismo tiempo: escucharlo, gritarle, abrazarlo, empujarlo lejos. Yo quería estar bien, pero recordar lo que él había hecho me enfadaba más.
—Llegas tarde.
Me giré antes de que pudiera reaccionar y seguí caminando. Él me llamó de nuevo, insistente, pero no le di tiempo.
—Ahora no.
Aceleré el paso, con Sienna a mi lado. Ella parecía contener una ovación. Yo, en cambio, contenía un grito. Cada músculo de mi cuerpo pedía dar la vuelta, mirarlo otra vez, aunque fuera un segundo. Pero no lo hice.