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CONTROL
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Sienna no pudo recogerme, así que el camino al colegio se me hizo eterno. Demonios, fuego, chicos que claramente no eran lo que decían ser... eso me ocupaba la mente mientras el mundo a mi alrededor seguía su rutina.
En clase traté de concentrarme. Durante la comida, apenas toqué la bandeja. Solo empujaba la pasta de un lado a otro. Las voces de la cafetería llegaban amortiguadas, lejanas, mientras mis propios pensamientos sonaban demasiado fuertes en mi cabeza. Reírme de ellos, intentar normalizarlos, no funcionaba; estaba al borde de perderme.
—No me estás escuchando —protestó Sienna, cruzada de brazos.
—Sí que te escucho.
—Estás rarísima... muy callada —continuó, garabateando en su cuaderno mientras me estudiaba—. ¿Pasó algo con Rylan? No me has contado nada.
Suspiré, dejando el tenedor y echándome hacia atrás en la silla. Me dolía la cabeza, y no tenía ganas de explicar nada, no hasta saber que podía manejarlo.
—Anoche... Lucien entró por mi ventana —solté al fin, sin rodeos.
Sienna parpadeó, y sus ojos se abrieron como platos.
—¿Cómo que entró por tu ventana? ¿Tipo película romántica o tipo psicópata?
—No lo sé Nana—dije, apoyando la frente en la palma de la mano—. La línea está difusa.
Le conté todo mientras ella me escuchaba en silencio, con la boca entreabierta.
—¿Y tú qué le dijiste? —preguntó, mezcla de miedo y fascinación.
—Lo mandé a la mierda. Me reí en su cara y le pedí que se fuera.
Ella abrió la boca para decir algo, pero la interrumpí con la mirada. Sabía lo que estaba pensando antes de que lo dijera.
—Sí, lo sé —dije—. Todo lo que dijo tenía sentido. No digo que no le crea, es que no me fío de él. Ahora mismo no sé quién es realmente y cuanto más habla, más claro tengo que no es el chico que conocimos el año pasado.
—Tú ya sospechabas que había algo raro —me recordó.
—Sí —susurré—. Pero una cosa es sospechar que le gusta otra chica, y otra muy distinta es que aparezca en tu cuarto diciéndote que podrías morir si no tienes cuidado.
Se quedó callada un segundo, procesando mis palabras, y luego apoyó su mano sobre la mía.
—Rylan dijo que te ayudaría —murmuró, volviendo a su comida—. A lo mejor él puede confirmar o negar lo que dijo Lucien. ¿Él no te ha contado nada todavía?
—Sí, más o menos. Lo vi un par de veces, pero... —hice un gesto vago—. Con todo lo de Lucien, lo del incendio, me siento perdida. No termino de conectar lo que me dijo Rylan con lo que me dijo Lucien, y hasta que Rylan aparezca, las piezas están sueltas.
Sienna arqueó una ceja.
—Mientras aparece, ¿sabes quién sí puede ayudarnos?
—No me digas —bufé, resignada.
—Nuestra querida bruja —señaló, como si fuera la solución a todos los problemas del mundo.
Suspiré y me llevé la mano a la cara. No tenía otra opción. Ella tenía razón, podía ser nuestra única ayuda.
Volvimos a clase y respiré aliviada al notar que Lucien ni me miraba. Si decidía acercarse, no sabría dónde meterme. No estaba lista para otra emboscada.
Volver al local de la vidente no era exactamente mi plan soñado para un miércoles por la tarde. Ni de lejos. Pero después de que mi habitación ardiera en llamas, de que un "casi-beso" se convirtiera en una advertencia apocalíptica y de que descubriera que probablemente llevo pegada una etiqueta invisible que dice "cuidado: altamente inflamable", las opciones empezaban a escasear.
Sienna caminaba un paso delante de mí, ya no sabía si seguía siendo mi mejor amiga o si había ascendido oficialmente al puesto de guardaespaldas.
La mujer apareció sin hacer ruido, no parecía sorprendida de vernos.
—Estáis aquí —comentó despreocupada.
—Qué observadora —murmuré, encogiéndome de hombros.
Sienna me dio un codazo seco en las costillas.
Ella nos hizo pasar y me senté con los brazos cruzados. Me miraba fijamente sin decir nada, era agobiante la manera en la que parecía que todos se habían unido para hacerme perder la cabeza.
—Me han dicho que hay... personas qu matan a los que son como yo.
—Yo no los llamaría personas —corrigió sin dudar—. Pero sí. Me sorprende lo rápido que avanzas.
La miré, confusa. Avanzar. Como si esto fuera un curso con etapas.
—Te están buscando —añadió entonces, con tono tan frío—. A ti y a todos. No lo tomes como algo personal.
Tenía la garganta cerrada y un nudo en el estómago. Tanto ella como Rylan actuaban como si sus palabras no tuvieran la repercusión que realmente tienen.
—¿Cómo que no me lo tome personal? —escupí.
—Porque no lo es. Los Nefilim siempre estarán en peligro. Para ellos serás, siempre, una abominación. —Su voz no tembló ni un poco, como si estuviera recitando un hecho inevitable, al nivel de que el sol sale por el este—. Pero sé que estarás bien protegida.
Sienna apretó mi brazo por debajo de la mesa.
—¿A qué te refieres con ellos? —preguntó mi amiga, rompiendo el silencio.
—A los Puros, principalmente. Ángeles que jamás ha aceptado la existencia de los que ellos llaman errores. Seres que no están bajo la ley divina, que no fueron una creación directa. Para ellos, sois una abominación.
Me revolví en la silla. Error. Abominación. Que bonitas etiquetas.
—Eso no significa que sean los únicos que representan una amenaza —añadió.
—Un momento, un momento. —Sienna levantó las manos, desbordada—. ¿Ángeles? ¿Seres mestizos? ¿Leyes divinas? ¿En qué momento pasamos a esto?
—Es lo que te dije esta mañana —le recordé, aunque sonó más como disculpa que como explicación.
—Vale. —Sienna resopló, apoyando los codos en la mesa—. Entonces, ¿qué se supone que debemos hacer? ¿Cómo evitamos que la encuentren?
Me giré hacia la vidente, con el corazón golpeando fuerte.