⫘⫘⫘⫘𓆩♱𓆪⫘⫘⫘⫘
UNO DE SUS CHICOS
⫘⫘⫘⫘𓆩♱𓆪⫘⫘⫘⫘
A finales de febrero el frío todavía no daba tregua. Aun así, los días eran un poco menos oscuros. Al salir del colegio ya no parecía que fueran las dos de la madrugada, aunque tampoco importaba demasiado. Entre clases, entrenamientos, pesadillas y teorías cada vez más absurdas sobre ángeles, ya había perdido la noción del tiempo. Vivía en un calendario propio, uno que no tenía ni lunes ni domingos, solo un bucle de agotamiento.
Jael no me había dado tregua desde el principio. Para ella no había excusas ni pausas. Así que, casi todas mis tardes desde entonces se resumían al bar.
—Otra vez —ordenó ella desde lo alto de una viga metálica, cruzada de brazos—. Estás pensando demasiado.
—Perdona por tener cerebro —bufé, apretando los brazos contra el pecho—. No todas podemos ser un bloque de hielo con patas.
—¿Te estás quejando o entrenando?
Cerré los ojos y me senté en el suelo con la espalda recta y los puños sobre las rodillas.
—¿Qué sientes ahora? —preguntó Jael, sin moverse de su trono oxidado.
—Frustración.
—¿Por qué?
—Porque llevo casi un mes intentando no ser una bomba nuclear emocional, y lo único que consigo es tener los labios partidos y que me grites.
La carcajada de Jael se mezcló con el viento helado. Siempre parecía disfrutar más cuando yo estaba al borde de perder la paciencia.
—¿Y cuándo fue la última vez que el fuego respondió? De verdad. Sin que lo forzaras.
—Ayer, cuando Rylan me dejó tirada por hablar con la chica del abrigo blanco.
—Ajá.
Abrí los ojos y la fulminé con la mirada.
—No estoy diciendo que me importara.
—No, claro que no —dijo con una sonrisa demasiado satisfecha.
Le lancé una pequeña piedra. No era un proyectil mortal, pero suficiente para que entendiera que me tenía harta.
—Eso fue provocación emocional, no ataque de celos.
—Llámalo como quieras, Rue. Funcionó.
Se bajó de la estructura y se agachó frente a mí.
—Rue, el fuego no viene solo del miedo. No eres un soldado con el dedo en el gatillo a punto de disparar en cada esquina. A veces nace de otra cosa. Deseo. Dolor. Incluso algo tan simple y humano como querer que alguien te vea.
—Qué poética estás hoy —murmuré, bajando la mirada—. Pero yo no quiero que Rylan "me vea".
—¿Quién ha dicho nada de Rylan? Te lo digo porque yo también tuve que aprender a controlar mi ira —explicó—. Solo te digo que utilices cualquier emoción que pueda provocarlo.
Respiré hondo, cerré los ojos otra vez y recordé. Rylan con esa chica. Ella riéndose. Yo esperando en la puerta con frío. El calor subió desde el centro de mi cuerpo, los latidos se aceleraron.
—Ahí está —susurró Jael.
No hubo llamas, pero sí una fuerte presión. Abrí los ojos temblando y vi en el suelo un círculo tenue, ennegrecido. No me había quemado. No había explotado. Solo lo había dejado salir.
—¿Lo viste? —pregunté, apenas respirando.
—Sí —respondió Jael, y esta vez sonrió de verdad—. Lo has detenido, pero no te emociones. Aún eres un desastre.
—Gracias, entrenadora del año.
—De nada.
Ya habían pasado más de treinta minutos. Treinta y cinco, para ser exacta. Y sí, podía sonar exagerado, pero con el frío calándome los huesos, cada minuto parecía una eternidad. La acera estaba helada, la farola sobre mi cabeza parpadeaba, yo estaba sola. Y Rylan... bien, gracias.
Saqué el móvil por cuarta vez. Nada. Ni un mensaje, ni una llamada, solo el silencio. Le escribí a Sienna, que no tardó en ofrecerse a ir a buscarme. La tranquilicé como pude, no quería que se preocupara. Tenía la certeza o más bien la esperanza de que Rylan aparecería tarde o temprano.
Me puse a caminar en círculos, frotándome las manos entumecidas. El vapor de mi aliento salía en nubes cortas y rápidas. Si no llegaba ya, volvería al bar.
Una silueta al otro lado de la calle se acercaba a paso tranquilo. Al principio no la reconocí, pero cuando levantó la mirada y nuestros ojos se cruzaron, me di cuenta que era la chica con la que Lucien se había ido en la fiesta.
Había algo en su caminar que me impedía dejar de mirarla, su cara era tierna, no parecía alguien que quisiera matar a nadie.
Agaché la cabeza mientras le enviaba un mensaje a Sienna para que viniera a buscarme. Con suerte se ella no me vería y yo podría entrar al bar sin que me viera.
—¿Esperas a alguien? —preguntó con una voz suave, casi dulce—. No es bueno que una chica esté sola a estas horas.
Me forcé a sonreír.
—Sí, llegará en cualquier momento.
Su sonrisa apenas se movió, lo justo para parecer educada. Nada más.
—¿Estabas dentro?
—Algo así —respondí, fingiendo indiferencia—. ¿Vas a entrar?
—No. Solo caminaba, pero si quieres te podría enseñar un lugar mejor que este.
—No hace falta
Me moví un paso atrás. Mis músculos estaban tensos y mi respiración un poco más rápida. Ella se detuvo frente a mí, lo bastante cerca para estudiarme y lo bastante lejos para no invadir descaradamente mi espacio.
—Tienes una cara familiar —comentó en voz baja, —. ¿Nos conocemos?
—No lo creo —mentí, firme.
Sus ojos recorrieron los míos con descaro. El gesto era tan simple, pero me hizo sentir desnuda.
—Bueno —añadí, forzándome a mantener la calma—. Fue un gusto.
Me giré hacia la puerta del bar, estirando la mano para entrar al bar.
—Espera.
Escuché sus pasos lentos acercarse y me giré despacio.
—¿Segura de que no nos conocemos? —preguntó, sonriendo apenas—. Tienes unos ojos hermosos... y difíciles de confundir.
Su tono era amable, pero su mirada era veneno.
—Los ojos verdes abundan últimamente —respondí, con la sonrisa más falsa que tenía guardada. La voz me salió firme, aunque por dentro solo quería correr.