Réquiem Por Los Caídos (en edición)

CAPÍTULO 8

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EL PRIMERO DE MUCHOS

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No sé cómo no me caí, mis piernas eran dos bloques temblorosos y el aire me raspaba la garganta, pero no paré. Ni siquiera miré atrás, solo corría. La calle parecía eterna, mis zapatos golpeaban el asfalto mojado, las luces pasaban como manchas borrosas y no sentía el frío, ni el dolor en los pulmones. Solo el nudo en el estómago que me gritaba que me apurara o iba a ser la siguiente.

Cuando por fin vi la puerta del bar, empujé sin pensar. Rylan estaba sentado en la mesa del fondo, con Dixon. Entré jadeando, sin poder controlar el ritmo frenético del pecho. Las piernas me temblaban y sentía la garganta seca. La respiración se me iba en bocanadas cortas y el mundo se me venía encima en oleadas.

—¿Pero...? —fue lo primero que soltó Rylan cuando me vio aparecer. Se levantó de golpe, a medio camino entre la confusión y el enfado. —¿Te parece gracioso hacerme esperar? ¿Es tu forma de vengarte? Porque si es así, un mensaje habría sido más...

No tuve fuerzas para contestar de forma ordenada. Me doblé hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, intentando recuperar el aliento. Mi corazón latía al cien por hora; los ojos me ardían, quería llorar y vomitar al mismo tiempo.

—Yo no... —logré articular entre jadeos—. Joder... joder... joder...

Dixon se levantó despacio, se quedó mirándome, de arriba abajo.

—¿Qué pasa? —preguntó, y su voz sonó más grave que nunca.

Intenté ordenar las palabras en la cabeza, pero se atropellaban una detrás de otra como las imágenes de lo que había pasado. Tragué saliva varias veces antes de poder hablar.

—Fue... —expliqué, con la voz quebrada—. Había un chico en el callejón... uno de aquí. Lae lo tenía agarrado. Le decía cosas... lo estaba torturando. Y luego...

Me faltó la fuerza. La imagen me explotó en la mente y sentí el temblor recorrerme la boca.

—Luego apareció uno, un ángel, uno de verdad. Y... lo mató.

—¿Lo viste? —preguntó Rylan, acercándose un paso.

—¡Sí! ¡Claro que lo vi! —exploté, porque no podía contenerlo más—. Dijo que era un error, que no era personal, pero que había que hacerlo, y le clavó una espada.

—¿Dónde? —preguntó Dixon apretando la mandíbula, estaba furioso.

—A dos calles de aquí. En el callejón junto al edificio con los grafitis. No fue hace ni diez minutos.

Sin más, Dixon se giró hacia el chico moreno que solía estar en la barra y le dio órdenes cortas.

—Avísale a Jael. Nos vamos, ya.

El tipo no perdió un segundo, se levantó como un rayo y desapareció por la puerta. Dixon volvió la mirada hacia mí y me señaló con la cabeza.

—Rylan, llévala a casa y vuelve en cuanto la dejes. No tardes.

Rylan abrió la boca, pero sonó urgente más que desafiante.

—¿Qué? ¿Y si todavía están ahí? Me necesitas.

La respuesta de Dixon fue fría y definitiva.

—No. Ella necesita salir de aquí ya. —No me miró mientras lo decía; su voz no tenía fisuras—. Está en shock. Y si la vieron... más razón para que no esté cerca.

Rylan me agarró del brazo con cuidado. Lo miré de reojo y vi que su seriedad no era teatro; estaba en verdad preocupado.

—Vamos.

Mientras cruzaba la puerta junto a Rylan, escuché a Dixon, su voz detrás de nosotros, clavándose en la noche.

—Si esos cabrones vuelve a aparecer en mi zona, los atacamos. Ángel o no. Ya me tiene hasta los cojones.

Rylan conducía con los nudillos blancos en el volante, la mandíbula tensa y la mirada fija en la carretera. Yo iba sentada al lado, con la frente apoyada contra la ventana. No quería hablar, no quería mirar, no quería pensar.

Pero claro, pensar era lo único que mi cerebro sabía hacer. Pensar en la cara del chico, en su cuerpo cayendo, en la espada, en la voz del ángel.

—¿Estás bien? —preguntó al cabo de un rato.

Su mano se deslizó lentamente sobre mi pierna, justo donde la falda del uniforme dejaba la piel al descubierto, con tanta naturalidad que hizo que se me erizara la piel. La sentí firme, cálida y aunque mi cuerpo se tensó al instante, no la aparté.

Lo miré de reojo. Tenía el ceño fruncido, haciendo un esfuerzo por no parecer indiferente. Lo notaba hasta en la forma en la que parpadeaba más lento de lo normal.

—No —respondí simplemente. ¿Para qué mentir?

Él soltó una risa sin gracia.

—Ya... era una pregunta estúpida.

Mientras hablaba, su mano recorría mi pierna con una caricia, se movía con un ritmo tranquilo, subiendo y bajando suavemente. Esa caricia callada se entrelazaba con mis palabras, sosteniéndome sin necesidad de que dijera más.

—Lo era —repetí, bajito.

—¿Sabías que podía pasar algo así? —pregunté de golpe, con la mirada aún clavada en la oscuridad tras el cristal.

—Sí —contestó sin titubear—. Creía que no se acercarían a nosotros, pero iba a pasar tarde o temprano.

Giré bruscamente la cabeza hacia él.

—¿Tarde o temprano? —resoplé—. Rylan, mataron a alguien.

Él apretó más el volante con la mano libre y, de pronto, la otra dejó de acariciar para convertirse en un agarre firme sobre mi pierna. Sus dedos se hundieron un poco más en mi piel, y ese gesto me hizo saber que no estaba tan tranquilo como aparentaba.

—No puedes hacer esas cosas, no puedes ir directa al peligro —murmuró, con la voz baja, quebrada de una forma extraña—. No sabes todo lo que pasa.

—Exacto —repliqué, clavándole la mirada—. No sé nada, nadie me cuenta nada. Me entero a medias ¿Qué esperas que haga, Rylan? ¿Que me siente a esperar sin mover un dedo?

—No —me interrumpió y esta vez sí giró la cabeza hacia mí, sus ojos eran un pozo oscuro—. Lo que quiero que te cuides.

Su voz había cambiado. Había vuelto a aparecer aquella grieta en toda esa fachada que siempre cargaba encima. Pero desapareció tan rápido como apareció.




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