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LIORA 1
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No podía dejar de verlo con esa mirada llena de rabia, de decepción. Lo había jodido todo. Lo ataqué, le solté todo lo que llevaba acumulado y más. Le dije cosas que no sabía si sentía de verdad... o si solo quería que dolieran.
Cerré los ojos y me tapé la cara con la almohada. El grito me salió en silencio, reventándome el pecho.
No quería mirar el móvil, no podía enfrentarlo aún. Tenía la voz de Jael en bucle. Las piezas empezaban a encajar y yo... como una imbécil, creyendo que era solo uno más, uno más en este circo. Me había mentido o no me lo había dicho, que al final era lo mismo.
Sienna estaba en su casillero, rebuscando algo en la mochila mientras hablaba con Clara y otro grupo. Llevaba esa chaqueta de pelito que parecía una nube y el eyeliner perfecto, como siempre. En cuanto me vio, sonrió.
—¡Hombre! —dijo, dejando a medio cerrar el casillero y viniendo hacia mí—. ¿Todavía no te recuperas?
Tragué saliva, y puse la mejor sonrisa que me salía. Que era bastante lamentable, la verdad.
—Algo así —murmuré, encogiéndome de hombros.
—Rue... —me miró entre divertida y preocupada—. ¿Pasó algo? Estás rara desde el sábado.
—No... no, solo necesito descansar un poco. Resetear la vida. Morirme y volver.
Sienna rodó los ojos con una sonrisa.
—¿Y dejarme sin detalles? Suelta. ¿Qué pasó? Porque estuviste desaparecida la mitad de la noche y el sábado te fuiste sin comer.
Me quedé un segundo en silencio. No sabía por dónde empezar y no valía la pena seguir lamentándome.
—Nada importante —mentí.
Me senté en mi sitio, saqué el cuaderno y fingí que prestaba atención a la clase. Sienna me pasó una nota: "¿Y si nos vamos a Tailandia?"
Puse los ojos en blanco, escribí debajo: "¿Antes o después de mates?"
El resto del día transcurrió como un mal sueño, no escuché nada, no retuve nada. Mi cuerpo estaba presente pero mi cabeza seguía anclada a ese maldito "quiere que le devuelvan sus alas".
A la hora de comer recibí un mensaje de Jael, pidiéndome que fuera rápido al salir de clase. Eso solo podía significar problemas y probablemente, uno que llevaba mi nombre en rojo.
Sienna y yo salimos juntas al final del día y camináis hasta el aparcamiento.
—Sea lo que sea que no me hayas contado, estoy contigo, ¿Vale? Aunque te enrolles con Lucifer y luego te arrepientas.
—Lucien podría ser su versión angelical —sonreí.
—Por eso mismo, tienes experiencia.
Nos reímos un poco.
Me abrazó para despedirse, me subí al coche arranqué el motor, y partí hacia el bar.
Ni siquiera había cruzado del todo la puerta cuando ya me estaba cayendo encima el mal rollo del ambiente. Todos los presentes estaban en círculo, prestando atención a la voz de Dixon.
Estaba en el centro, con la camisa remangada y los brazos cruzados. Parecía agotado, pero más que eso, parecía molesto.
—...esto no es un maldito juego —decía—. Están organizados, lo sabemos. Alguien está moviendo los hilos para que esto no pare y si seguimos así, van a morir más inocentes. Hay que ser prudentes.
Nadie se atrevía a decir nada, solo dispersaron el círculo. Dixon alzó la mirada, me vio junto a la entrada y me hizo un gesto con dos dedos.
Me acerqué, intentando parecer más tranquila de lo que estaba. Justo hoy su cara no era de buenos amigos.
—Llegas tarde —dijo, sin rodeos—. Dos días tarde.
—Mi tía no me dejó salir —mentí.
Últimamente todo lo que hacía era soltar mentiras, me había convertido en una mentirosa compulsiva que no paraba de cagarla. Él levantó una ceja, sin creerse una palabra, aunque tampoco me contradijo. Solo chasqueó la lengua y me indicó con la cabeza hacia su oficina.
Caminé detrás de él, Jael ya estaba dentro, sentada en una esquina con las piernas cruzadas y los brazos apoyados en el respaldo. Rylan estaba junto a la ventana, mirando hacia fuera, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro en sombras.
Dixon cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra el escritorio.
—Como ya sabemos todos, menos Rue—empezó—. Tenemos un demonio de los antiguos, no muy poderoso, pero sabe cosas que necesitamos.
—¿Qué tipo de cosas? —pregunté, aunque no sabía si quería oír la respuesta.
—No lo sabemos hasta que hable. Lo que sabemos es que un demonio del East Side le dijo a Jael que él ha estado yendo y viniendo del infierno a por información.
Nadie más dijo nada y él siguió.
—Jael iba a ir con Leiah, pero prefiere ir contigo.
—¿Yo? —pregunté, sintiendo que la palabra me raspaba la garganta.
—Sí. —Su respuesta fue seca, cortante.
Mala idea. Muy mala idea. Lo que menos le faltaba a mi vida era tener contacto con demonios cuando aún no había aprendido a llevar lo que conocía.
—No tendrás que hacer mucho, será como un entrenamiento —aclaró Jael.
La miré con incredulidad, buscando algún gesto que demostrara que estaba bromeando, pero no. Yo había decidido estar aquí y ahora tendría que tragarme lo que eso conllevaba... morir a manos de un demonio.
—Y hasta el sábado —añadió Dixon—, entrenarás todos los días. Quiero que, si pasa cualquier cosa, al menos sepas aguantar diez segundos sin morir.
—Perfecto —asentí sin ocultar el sarcasmo—. Un plan sin fisuras.
Rylan seguía apoyado contra la pared sin decir nada, claramente seguía cabreado, ni siquiera me miraba. Si no tenía nada que aportar, podríamos habernos ahorrado su presencia. Salió de la sala sin mirar atrás. Jael me lanzó una mirada para que nos levantáramos también y salimos.
Antes de subir las escaleras detuve frente a Rylan. Tragué saliva, sintiendo cómo el orgullo y el nudo en la garganta empezaban a pelear por salir primero.
—¿Podemos hablar? —pregunté.
Nada. Ni un pestañeo.
—Rylan... —insistí.
Giró la cabeza, no para mirarme, sino para apartarse de mi camino.