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HAEMET
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Esta vez el golpe fue directo.
No hubo forma de esquivarlo.
Negué con la cabeza de forma automática. No tenía sentido, no encajaba. Debía de haber otra explicación, algo que sostener que no fuera eso. Todo lo que intentaba construir se caía antes de tomar forma.
—Imagino que ya sabes dónde encontrarla —estiró el brazo para volver a tomar la copa y le dió un sorbo—. Hallridge no es precisamente un lugar discreto para esconderse.
El aire se me quedaba a medio camino, mis pulmones de repente no sabían cómo hacer su trabajo. Todo a mi alrededor perdió forma durante un segundo; las paredes, la mesa, incluso Jael... todo se movía de forma catastrófica.
—Rue, tenemos que avisar a Dixon. Tal vez podemos acabar con esto hoy.
No reaccioné.
Ni un gesto.
Ni siquiera parpadeé.
Belcebú dejó escapar una risa baja, casi contenida, como si la escena le resultara... previsible.
—No parece muy convencida —comentó—. Y teniendo en cuenta las circunstancias... no me sorprende.
Ignoré su comentario y fui directa hasta Jael. Mi mente era un torbellino y no podía pensar con claridad. No estaba segura de que esto fuera real, pero todo encajaba tan bien que difícilmente podía ser un error.
—No.
Jael entrecerró los ojos.
—¿Qué?
—No podemos decírselo aún.
Belcebú inclinó ligeramente la cabeza, mientras se acomodaba mejor en la silla, disfrutando del desastre que él mismo había ocasionado.
—Claro que no —murmuró, como silla fuera parte de la conversación—. Sería... poco conveniente.
Jael también le ignoró, tenía el ceño fruncido y cruzó los brazos mientras se acercaba.
—¿Por qué?
—Porque implicaría que se delate —continuó, impidiéndome siquiera pensar en algo coherente que decir—. ¿Verdad... Ruth?
Ahora ni siquiera me hacía falta una confirmación, este hijo de puta se había encargado de dejarlo totalmente claro. La cabeza me iba a estallar, ¿Cómo había sido tan estúpida de no verlo antes?
—Dime que esto es un error.
La manera en la que se acercaba a mí me hizo retroceder. No debía enfadarse conmigo, yo estaba tan perdida como ella. Necesitaba salir de aquí y hablar con Lilith. Necesitaba que Belcebú se callara y necesitaba que Jael dejara de mirarme de esa manera.
¿Y si todo aquello era una manipulación más? ¿Y si estaba jugando con nosotras? No podía darlo todo por hecho. Tenía que haber una explicación.
—Tú... —empezó, y se quedó a medias—. Eres la hija de Samael.
No fue una pregunta.
Con tan solo escucharlo la cabeza me palpitaba. Había que ser razonable y nadie en esta sala lo estaba siendo.
—No podemos creerle —estaba claro que ella no estaba creyendo nada de lo que decía—. Te juro que no tengo ni idea de lo que está diciendo.
—Perdona, ¿A caso no vives con Lilith? Corrígeme si estoy equivocado —interrumpió Belcebú.
—Cállate —grité.
Mi voz sonaba rara, a estas alturas si yo fuera ella, tampoco me creería. Jael negó y se pasó la mano por la cabeza mientras caminaba en círculos
—Esto lo cambia todo.
—No tiene por qué —intenté calmarla pero ella no cedía—. Puede estar mintiendo. Tenemos que...
—¡Rue! —me cortó, alzando la voz—. Eres la razón por la que nos están matando.
—Basta, no es justo.
Ella respiró hondo, intentando recomponerse. Sus ojos pasaron un segundo por Belcebú, que seguía ahí, tranquilo, observando. Estaba claro que todo aquello era exactamente lo que esperaba ver.
—Tengo que llamar a Dixon.
El estómago se me encogió. Ni siquiera lo había pensado como una posibilidad. Si Dixon se enteraba, inevitable Rylan iba a enterarse también. Estaba perdida y más que perdida, estaba a dos pasos de una tumba.
—No.
Puede que no tuviera tiempo para pensar con claridad, pero tampoco me hacía falta para saber que definitivamente no iba a permitir que eso pasara.
—Si quieres que la mate, no tendré inconveniente. Al fin y al cabo, sería un honor servir a la hija de mi señor —propuso Belcebú levantándose y caminando hacia nosotras con la mano en los bolsillos. Su falsa sonrisa me ponía de los nervios y esa idea ni siquiera era una opción. Al notar mi reacción ahogó una risa irónica y caminó hasta la puerta—. No esperaba menos, reconozco un fiasco cuando lo veo.
Él tomó el pomo de la puerta y eso era lo único que podía agradecer de esta noche, que por fin se largara. Necesitaba pensar rápido antes de que todo me estallara en la cara
—No puedes detener esto, Rue.
—Sí que puedo. —Susurré, y me sorprendí de lo firme que sonó.
Ella parpadeó sabiendo que estaba ante una amenaza.
—No te atrevas a...—intentó decir, pero no llegó a terminar.
No había otra salida que cortar ese hilo de información antes de que saliera de allí.
—Vas a olvidar todo esto —dije, con voz baja, ordenada—. Vas a creer que no conseguimos nada. Que solo se burló. Que eran demasiados, nos intentó matar y tuvimos que huir. Nada más.
La confusión cruzó su cara, sus párpados temblaron y su cuerpo flaqueó un momento. Se aferraba a la realidad con las manos abiertas.
—¿Qué...? —murmuró.
—No hay nada más que recordar. Soy la misma de siempre y confías en mí, nada ha cambiado —repetí, y utilicé toda la fuerza que tenía. Poco a poco, la tensión que la había tensado segundos antes se deshizo y su rostro se relajó—. Vámonos, no tenemos nada más que hacer aquí.
El coche se sentía pequeño, conduje sin mirarla, porque no podía soportar ver en su rostro el reflejo de lo que le acababa de hacer.
Afuera, la carretera serpenteaba entre casas apagadas y árboles dormidos. A veces pasaba algún coche, pero en mi mente todo estaba suspendido en ese burdel.
—¿Estás bien? —preguntó Jael, con un tono tranquilo. Demasiado tranquilo.