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qaʿăqaʿ
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Aún no había vuelto a clase. Al principio fue solo porque no tenía fuerzas, ni cuerpo, ni cabeza para enfrentarme a nadie, pero cuando la paz de estar sola se volvió cómoda, me limité a no ir por gusto. Me escondí detrás de una excusa que ni siquiera fue tan creativa: fiebre, dolor de garganta, virus estacional.
Pasé las horas encerrada en casa, a veces en mi habitación, a veces tirada en el sofá, con la tele puesta en cualquier cosa que no me exigiera pensar. El único sonido constante era el del móvil vibrando contra la mesita con mensajes de Sienna y Lucien.
La casa parecía más grande cuando no quería estar en ella. Daba vueltas como un fantasma y al final, terminé en el coche, con las llaves en la mano y el mismo pensamiento en bucle: huir o pensar. Elegí la primera y la segunda se coló.
Conducía sin rumbo, intentando engañar a la frustración. Empecé a pensar en mí y en las veces que perdí el control. Pisaba el acelerador y me aferraba al volante. Tal vez necesitaba una paliza, que Jael me lanzara contra una pared o que me gritara que dejara de hacerme la víctima.
Dixon estaba en la barra con dos chicos que no conocía. No eran del tipo camarero ni del tipo cliente con problemas. Al verme, me soltó una sonrisa ladeada.
—Pequeña, has estado desaparecida.
—Estaba enferma —respondí, sin energía, caminando hacia las escaleras.
Me detuvo con una ceja alzada.
—Los nefilims no se enferman, no hace falta que mientas. Es normal que después de lo que pasó necesitaras unos días. Era tu primera vez.
Me giré para mirarlo y, por alguna razón, su voz fue más suave que de costumbre.
—Lo siento —dije—. Supongo que... no sabía cómo procesarlo.
—Lo entiendo —añadió Dixon—. Pero no desaparezcas, necesitamos toda la ayuda posible.
No respondí. Solo subí las escaleras.
La sala de entrenamiento estaba a media luz. Entré esperando encontrarme a Jael haciendo flexiones o entrenando con alguien más, pero no.
Era Rylan quien estaba ahí y no estaba solo. Estaba con la chica rubia de siempre.En teoría estaban entrenando, pero lo que vi... no me lo pareció. Ella lo había acorralado contra una de las columnas, una pierna apoyada casi a la altura de su cadera, los dos respirando tan cerca que pensé que iban a besarse. Sus brazos chocaban, sus torsos se rozaban con una fluidez demasiado ensayada como para llamarlo "combate".
Un nudo lento, caliente, incómodo, se me enroscó por dentro. Yo también había estado en esa sala con él, yo también había sentido su cuerpo empujar el mío contra el suelo. Yo también había sentido su respiración contra mi oído, sus manos en mi piel, su maldita forma de provocarme sin ni siquiera hablar. Evidentemente cualquiera podía tenerlo así de cerca.
Entré sin seguir dandole vueltas. Me prometí que hoy, si Jael quería romperme la espalda, yo no iba a quejarme.
—¿Interrumpo? —pregunté apoyada en el umbral.
La chica se giró sorprendida, aunque todavía tenía esa sonrisa pegada a la boca.
—No, solo entrenábamos. Ya habíamos terminado —contestó con tono ligero, pero yo ya era perfectamente consciente de cómo lo estaba mirando hace un segundo.
Le devolví la sonrisa mientras ella recogía sus cosas y seguía lanzándole a Rylan esas miradas que no eran sutiles.
—¿Dónde está Jael? —le pregunté a Rylan apenas la puerta se cerró.
—No viene hoy, pero si quieres puedo entrenarte yo—comentó, echando a andar hacia el rincón del armario donde guardaban las armas—. Ahora soy un ser de luz.
—Claro —resoplé—. Luz de funeraria.
Sonrió, divertido mientras se daba la vuelta para volver a mi. No era buena idea, no debería estar tan cerca de él ahora que sé lo que sé. Necesitaba desahogarme sí, pero con Jael, no con él. Necesitábamos espacio.
—Cuando quieras empezamos.
—Creo que prefiero preguntarle a Leo, me debe una revancha.
Me di la vuelta y caminé hasta la puerta, ahora mismo no estar cerca de Rylan era lo mejor para mí.
—Vuelve aquí —exigió y lo vi acercarse cuando me di la vuelta —. Leo no entrena nefilims, así que lo haces conmigo o no entrenas.
—No puedes obligarme.
—Sí puedo —sentenció y su tono se volvió serio— Si te pasa algo dilo y sino empecemos, tengo otras cosas que hacer.
Me quedé donde estaba un segundo más, sosteniéndole la mirada. No quería ceder, pero su forma de decirlo no dejaba mucho margen. Resoplé por lo bajo y me coloqué frente a él sin
—Cuando el señor diga —contesté.
Se lanzó. Fue rápido. Lo suficientemente rápido para obligarme a retroceder dos pasos, bloquear su empuje con un golpe seco y esquivar un giro de su brazo que me rozó el costado. Sentía su respiración, su cuerpo demasiado cerca. Y aunque cada roce me incendiaba la piel, solo podía pensar en que hacía nada estaba tocando de la misma manera a otra.
Me movía con rabia, sin medir. Cada golpe que tiraba llevaba más fuerza de la necesaria. Él lo notaba. Sabía defenderse, rodearme, presionarme sin darme un respiro.
Me agarró de la cintura cuando estuve a punto de caer. Sus dedos se clavaron en mi piel y me aparté con brusquedad.
sí sonrisa me provocaba tanto como me irritaba. Nos lanzamos de nuevo. Rodamos por el suelo, me inmovilizó con el brazo en la espalda, pero yo me revolví con furia, metí la pierna entre las suyas y lo volteé. Quedé encima, respirando agitada, con las rodillas a cada lado de sus caderas.
Me bajé de golpe, sabiendo que él ya había ganado, porque yo le tiré al suelo, pero él me tenía hecha un lío por dentro.
—No está mal —se levantó del suelo y caminó hacia mi—. Pero sigues bajando el codo cuando giras. Si fuera real, ya te habrían desarmado. Ven.
Me colocó de espaldas y sus manos rodearon mis muñecas. Sentí el roce de su pecho contra mi espalda y se me encendió la sangre, no de nervios, de rabia. ¿Se creía que yo era la otra o qué le pasaba?