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MISHPAJÁ
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Volver al instituto después de todo lo que había pasado con Lilith, con el demonio, con Rylan y con Lucien, se sentía como ir a un parque de diversiones, pero sin diversión. Era horrible, pero no era lo peor de la lista.
Los últimos días que había pasado con Lucien se convirtieron en una subida y bajad constante. No todo el tiempo estábamos bien, claro, pero era lo suficientemente bueno como para sentir que en medio de todo el caos, él era mi única constante.
Al finalizar la primera clase, Sienna tardó exactamente dos minutos en arrastrarme fuera al pasillo.
—¿No me habías dicho que volvías el lunes pasado? —me soltó, cruzándose de brazos, con esa mezcla de reproche y alivio que solo ella sabe usar—. No entiendo qué te ha pasado, se supone que nosotros no nos enfermamos. Sam está decepcionado, dice que ya no eres parte de los invencibles.
—Bueno —respondí, dejándome caer contra la pared—, al menos ya estoy aquí.
—Tengo que contarte cosas. —Su voz recuperó la emoción de siempre—. Empezamos a organizar lo de la fiesta de fin de curso, ¿Te acuerdas? Mayo va a ser una locura con los exámenes, así que había que empezar ya.
La fiesta de fin de curso. Vestidos, decoraciones, luces. Todo eso se sentía a años luz de mi cabeza.
—Claro... —murmuré, sin saber si para entonces siquiera podría estar de pie, o viva.
De vuelta en clase, el murmullo general ahogaba cualquier esfuerzo del profesor por captar la atención. Nadie parecía dispuesto a escuchar, y Sienna aprovechó la distracción para ponerse de pie en su asiento, alzando el cuaderno como si fuera un manifiesto.
—Vale, escuchad todos —anunció con voz firme, más propia de una líder revolucionaria que de alguien organizando una fiesta—. El Velour Club está reservado para el viernes 18, justo después de la cena de graduación. Es lo que queríais y lo he conseguido. —Dejó la frase en el aire, disfrutando del efecto—. El único problema es que toca compartir.
Varias cabezas se giraron hacia ella de inmediato. Incluso el profesor levantó la vista, pero al verla tan convencida, solo resopló y siguió con lo suyo.
—¿Compartir con quién? —preguntó alguien desde el fondo.
—Con el Santa Clara, el Newfield y el Crown —respondió Sienna, pasando la hoja del cuaderno para mostrar los logos de cada colegio, dibujados con distintos colores.
Un murmullo general recorrió el aula.
—¿Cuatro colegios? —repitió otra voz, incrédula—. ¿Es en serio?
—Es la idea, ¿No? Que no sea la típica noche aburrida donde bailamos los mismos de siempre y nos vamos a casa con las mismas historias.
—¿Pero con una escuela pública? —saltó una chica de las primeras filas, cruzando los brazos—. Eso es arriesgado.
Sienna se encogió de hombros con una seguridad que yo envidié.
—Es una escuela pública, no una penitenciaría —le respondió intentando no perder los nervios.
Habían tres cosas que Sienna odiaba, el naranja, la suciedad y la mala educación. Sus padres eran ricos y le habían dado todo, pero sobretodo le habían enseñado que todos valen lo mismo sin importar lo que tengan. Aunque se les había quedado un poco corto el discurso con Sam.
—¿Y si no queremos ir? —preguntó alguien más, desafiante.
—Pues no vayáis —contestó, dulcemente venenosa—. Nadie está obligado, pero al final el que decide es mi hermano y él ya ha dado el visto bueno.
El aula estalló en comentarios y risas, y Sienna volvió a su sitio tomando nota de cada persona que se acercaba a confirmarle su asistencia.
—¿Sam ha dado el visto bueno? —murmuré solo para nosotras dos, incrédula.
—Bueno, cuando lo sepa lo hará.
Sonreí y la dejé seguir con su lista. Apoyé el codo en la mesa y la mejilla en la mano, dejando que mi mirada se perdiera en la ventana. No sé si para entonces sería capaz de bailar con normalidad, de reírme como los demás, de beber como si nada me hubiera pasado. Quizá en un mes todo esto quedará atrás, quizá me acostumbraría.
Lucien no había aparecido en toda la mañana. Ni en clase de historia, ni en lengua, ni siquiera en el pasillo donde solía colarse para saludarme entre bloques. No es que me estuviera volviendo paranoica. Bueno, tal vez un poco. Pero después de estos días, después de... todo, no poder verlo desde temprano me tensó los nervios.
Llegó a la hora de la comida, caminando con el pelo algo revuelto por el viento. Se sentó junto a nosotras y nos saludó con una sonrisa. Aunque habíamos despertado juntos.
Sienna, entusiasmada con su nuevo rol de jefa de fiesta que sam le había dejado para no agobiarse él, se lanzó a contarle todo lo que había pasado durante la mañana. Él sonreía, asentía, hacía preguntas y no me miraba más de la cuenta. Yo, por el contrario, no podía dejar de mirarlo. Ni evitar que, cada vez que lo hacía, me invadiera esa voz molesta que me decía que no debía confiar. Salió de casa mucho antes que yo, pero no estuvo en clase, ¿Qué sentido tenía eso?
Cuando las clases terminaron, Lucien se fue por su cuenta. Iba con prisa, pero lo alcancé en el aparcamiento.
—Ey, ¿Te pasa algo?
—No —respondió con una sonrisa deteniéndose—. Solo tengo cosas que hacer.
Asentí, pero no me bastaba. Quería confiar, pero, ¿cómo ignorar que los que son como él matan a los que son como yo, y que él desaparece una y otra vez sin explicaciones? ¿Cómo hacer como si no hubiera dicho que Lae no es mala, que solo sigue reglas? ¿Y si él también las sigue? ¿Y si no es la excepción en la que me he empeñado en creer? No quería perder esa chispa de felicidad que me daba, pero tampoco podía dejar de darle vueltas.
Lucien echó un vistazo alrededor, el aparcamiento estaba casi vacío, entonces se inclinó hacia mí y me rozó los labios con un beso corto.
—¿Intentas esconderme como si fuera tu amante?