Réquiem Por Los Caídos (en edición)

CAPÍTULO 14

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DUDAS

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Me acomodé la mochila al hombro y caminé a clase con paso firme, aunque por dentro dudara de cada movimiento. Al entrar, Sienna me levantó las cejas con esa sonrisa que era mezcla de burla y cariño.

—¿Esta vez sí vas a durar más de un día en clase? —me susurró mientras me hacía un hueco a su lado.

Me encogí de hombros y me dejé caer en la silla.
—Haré mi mejor esfuerzo—dije sin más.

No había visto a Lucien en días. Ningún mensaje desde entonces, aunque no lo culpaba. También él tenía sus cosas. Supongo. No quería pensar demasiado en eso, porque pensar en eso me llevaba a desconfiar.

Durante la primera hora, algunos hablaban de los exámenes finales, otros de la graduación, y Sienna ya estaba repartiéndose en cinco conversaciones distintas sobre la dichosa fiesta de fin de curso.

—Rue —me susurró Sienna inclinándose hacia mí—, te has quedado colgada. ¿Estás bien?

—Sí, lo siento. Estaba pensando en otra cosa.

La mañana se me pasó entre intentar prestar atención a las clases y preguntarme si Lucien me escribiría. No lo hizo. Pero no quise obsesionarme. No estaba enfadada... solo incómoda con el silencio. Y esa incomodidad me iba arrastrando de una clase a otra hasta que sonó el timbre y Sienna me arrastró con ella a la cafetería.

Nos sentamos juntas en una de las mesas junto a la ventana, donde el sol de apenas alcanzaba a calentar algo más que nuestras ganas de largarnos de allí.

Sienna sacó su portátil y lo apoyó en la mesa entre las dos.

—Tienes que ver esto —bajó la voz para que no nos escucharan y se acercó más a mi.

En la pantalla había un hilo de Twitter. Eran fotos borrosas, mensajes cruzados, publicaciones eliminadas. Un barrio de las afueras, otra ciudad.
Rumores. Supuestas víctimas.

Frases como "mismos signos", "marcas en la piel", "ojos abiertos, sin expresión", "el mismo asesino" "Serie de muertes sospechosas. ¿Asesino en serie o algo más?".

—Lo están empezando a mover en todos los grupos —dijo Sienna mirando alrededor por si alguien más nos escuchaba—. De esos temas de conspiración, lo típico de gente que quiere atención, pero... ya sabemos lo que es.

Me quedé en silencio un momento, leyendo los comentarios, viendo cómo la gente comenzaba a construir teorías sin saber realmente de qué hablaban. Por un segundo me imaginé a Jael o a Dixon leyendo lo mismo en sus teléfonos.

—A lo mejor no tiene nada que ver con nosotros—dije al fin, sin apartar los ojos de la pantalla—. También hay humanos que matan, ¿No?

Sienna asintió, pero lo hizo con la misma duda que yo. Podía decirlo en voz alta, podía intentar convencerme, pero sabía que no era una coincidencia.

Cerramos el portátil justo cuando Lucien apareció en la cafetería, caminando con esa paciencia que a veces me resultaba irritante. Casi no parecía que no me había dado señales de vida en días, otra vez.

—Al fin —dijo Sienna alzando la mano—. Pensé que te habías evaporado en la clase de química.

—Casi —respondió sonriendo mientras se sentaba frente a nosotras—. La profesora decidió que hoy era un buen día para explicarnos absolutamente todo lo que no hemos entendido en el trimestre.

—Por eso siempre será mejor hacer letras —replicó Sienna con aire satisfecho—. No hay ácidos, ni fórmulas, ni gente obsesionada con tubos de ensayo.

Lucien bufó con diversión.
—Perdón si nos gusta entender cómo funciona el mundo real.

—Lo real también se escribe y no necesitas una calculadora para hacerlo.

¿Cómo se sentaba ahí tan tranquilo? Como si no hubieran pasado días. Como si no me hubiera estado mordiendo la lengua cada noche para no escribirle primero. La conversación siguió sin mí. Sienna hablaba de la fiesta de fin de curso, de los dramas con su madre, de la última tontería que su novio había hecho. Yo asentía. Fingía. Respiraba. Pero mi cabeza seguía atrapada en esa esquina de la mesa donde Lucien apoyaba el brazo, en la curva de sus labios cuando disimulaba una sonrisa.

Las últimas clases del día fueron un ruido de fondo. Ni siquiera sabía qué asignatura teníamos. Al salir, lo vi caminando solo hacia el aparcamiento. Aceleré. Lo alcancé justo cuando estaba sacando las llaves del coche.

—Lucien.

Él se giró y me dedicó una sonrisa. Yo intentaba no enfadarme, de verdad, pero esto ya parecía un ciclo sin fin.

Me detuve delante de él. El aire olía a tarde de primavera, a cemento caliente y polvo en suspensión. Mis pulsaciones eran un poco más rápidas de lo normal.

—Estuve... —empezó a decir, y luego bajó la mirada—. He estado ocupado.

El silencio.
La falta de respuestas.
La idea de que había vuelto a desaparecer justo cuando empezaba a pensar que podía funcionar.

—Pensé en ti —añadió bajito. Como si eso arreglara algo.

Me mordí el labio y respiré, no iba a explotar. Pero me costaba. Me costaba tanto tragarme todas las emociones que me revolvían por dentro desde hacía días.

—¿Y ya está? —le pregunté sin sarcasmo, sin dramatismo. Solo quería saber si pensar en mí le parecía suficiente.

Él me miró fijamente y sentí que me quitaba todo el aire.

—No quería arrastrarte a más cosas, no después de todo lo que ha pasado —murmuró—. Pensé que tal vez necesitabas... espacio.

Espacio.
Qué palabra tan absurda.

Estaba llena de gente queriendo matarme, de ángeles cazadores, de secretos y de poderes que no sabía manejar. Pero el señor pensaba que quería espacio.
Yo solo quería que alguien me viera. Que no desapareciera cuando el miedo apretaba.

—¿Puedo verte esta noche? —le pregunté, rompiendo el nudo en la garganta.

Lucien dudó un segundo. Luego asintió.

—Sí.

Asentí también. Sin saber qué más decir. Sin saber cómo llenar ese vacío entre nosotros sin delatar lo mucho que me afectaba.




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