Réquiem Por Los Caídos (en edición)

CAPÍTULO 15

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DELGROVE

(parte 1)

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Estaba segura de que, no había pasado ni media hora desde que cerré los ojos cuando el despertador sonó.

Me duché rápido, me puse unos jeans y un top blanco de tirantes. Nada muy pensado, pero tampoco podía salir hecha un desastre. Me planché el pelo para no parecer un león luchando en la sabana. Estaba menos ondulado que anoche, más dócil. Me puse un poco de corrector, algo de máscara de pestañas, y un toque de color en los labios y las mejillas. Nada demasiado obvio, solo lo justo para... no parecer una indigente. Tampoco sé por qué me molestaba tanto en verme bien, era una misión como cualquier otra.

Pasaron al menos unas dos horas hasta que el móvil vibró con un mensaje de Rylan avisándome que estaba fuera. Tomé una sudadera fina por si hacía frío y me colgué el bolso del hombro.

Rylan estaba dentro del coche, apoyado contra la ventanilla, con unas gafas de sol oscuras que le daban más cara de imbécil de lo habitual.

Subí sin decir nada, y solo me acomodé en el asiento, crucé las piernas y respiré hondo. Era muy temprano para tantas emociones juntas.

—¿Descansaste? —preguntó, sin mirarme.

—Define el concepto de temprano —pedí, ignorando su pregunta.

—¿Qué?

Se quitó las gafas y se giró instintivamente para verme. Sus ojos buscaron los míos cuando se volvió, inquisitivos, esperando alguna explicación.

—Ayer dijiste que vendrías a buscarme temprano —aclaré—. Son las once, así que, me gustaría conocer tu concepto de temprano.

—Increíble —murmuró, negando con la cabeza con incredulidad antes de encender el coche—. Buenos días para ti también.

Lo que si era increíble era su falta de... profesionalidad.

Cada curva del camino me parecía un recordatorio de todo lo que podía salir mal. Rezaba, aunque ni siquiera sabía a quién. No podía permitir que esto no terminara igual que lo de Jael, o que apareciera otro demonio con ganas de arruinarme la vida.

Lo peor era que a él no podía controlarlo, no podría obligarlo a olvidar nada. Para él sería una victoria, descubrirlo y matarme sería muy fácil.

No. Rylan no me mataría. Estoy casi segura.

¿Pero y si sí?

Joder.

—¿Por qué estás tan callada? —dijo llamando mi atención— Lo normal es que me incordies cada seis o siete minutos.

—Tengo muchas cosas en la cabeza, eso es todo —me acomodé en el asiento y recosté la cabeza contra la ventana—. Y eres tú el que no pierde una oportunidad para incordiarme, por cierto.

—Lo noto en tu cara, estás preocupada—estiró la mano y la apoyó sobre mi pierna, justo por encima de la rodilla—. Tranquila, no va a pasar nada.

Me quedé mirando su mano. El contraste entre su piel y mis jeans. La forma en que sus dedos no pesaban, pero me dejaban una extraña sensación. Una especie de seguridad. Él sonrió un poco antes de volver a fijar la vista en la carretera.

—Y en el peor de los casos, haré que en tu lápida escriban que fuiste valiente... aunque sea mentira.

No pude evitar reír. Bajito. Apenas una exhalación con sonido, pero se notó.

—Eres un imbécil —exclamé, sin apartar la vista de la ventana.

—Lo sé.

Dejé que su mano siguiera ahí un poco más, sin atreverme a moverme. Era yo. Yo era el problema. ¿Qué clase de persona besaba a alguien la noche anterior y a la mañana siguiente tenía la cabeza perdida por otro? Era una persona horrible.

Aparté aquellos pensamientos de inmediato. Además de una mala persona, estaba siendo insensata. ¿Cómo se me ocurría tener estos pensamientos cuando mi mundo estaba colapsando? Desde luego, no era la más congruente cuando se trataba de esta parte de mi vida.

Rylan aparcó frente a una gasolinera después de casi tres horas conduciendo. Bajó del coche y, después de dar un rodeo, abrió mi puerta.

—Vamos a comer algo.

—No tengo hambre —dije, cruzando los brazos.

—No te estoy preguntando—advirtió haciéndose a un lado sin dejar de sostener la puerta—. Sal.

Bufé y me arrastré detrás de él. La cafetería era pequeña, con mesas de madera algo viejas y olor a café. Había una tele encendida con el volumen muy bajo y una camarera con uniforme rosa chicle que nos miró con demasiado entusiasmo apenas entramos. Bueno, no nos miró. Lo miró a él.

Nos sentamos en una mesa apartada. Me quedé mirando el vaso de agua que nos trajeron, pensando en lo irónica que era la frase "te ahogas en un vaso de agua". Tal vez Rylan tuviera razón y no pasara nada. No podía tener tanta mala suerte como para cruzarme con alguien que pudiera delatarme.

—Un café solo y un sándwich de pollo —pidió cuando la camarera volvió a acercarse a nosotros—: Para ella, una hamburguesa con solo queso y bacon. Muy hecha. Si ve algo rojo, no se la come.

La camarera asintió, embobada, garabateó en la libreta y se fue a toda prisa. Yo me quedé inmóvil, con el vaso a medio camino hacia la mesa.

—¿Cómo sabes...?

—Te he escuchado pedírsela a Leo.

Lo observé en silencio. Que supiera eso no significaba nada. Cualquiera podía haberlo recordado, pero no nos engañemos, Rylan no era cualquiera.

Él se adentró en su móvil hasta que la camarera volvió con los platos, demasiado sonriente, dejándole el suyo justo enfrente con un "si necesitas algo más, lo que sea..." que sonó como un intento de invitación indecente.

¿Será descarada? Ni siquiera sabe si soy su novia. Que no lo soy, claro. Pero ella no lo sabe. Podría serlo perfectamente. Podría estar locamente enamorada, o embarazada de gemelos y ella seguiría sin remordimiento. Tampoco la culpaba, no todos los días se veía a alguien como Rylan.

—Si no comes —habló justo cuando mis pensamientos volvían a traicionarme— te lo hago tragar a la fuerza.

—Tenías meses sin amenazarme, debes de sentirte liberado.




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