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LA MUERTE DE UN INOCENTE
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No estaba gestionando nada bien. Mi vida se estaba yendo a la mierda a la velocidad de la luz y yo, en lugar de llorar, gritar o maldecir al universo como una persona normal, había añadido otra decisión cuestionable a la lista. Debería haberme roto por dentro. Debería haber sentido culpa, vergüenza o algo parecido al arrepentimiento, pero no.
Había perdido a Lucien y a Lilith. Había perdido lo poco que quedaba de normal en mi vida y casi todo lo bueno que aún intentaba sostenerme en pie. Y aun así, lo que hice fue acostarme con Rylan.
Lo peor de todo era que no me arrepentía. Lo había deseado con cada parte de mí, no fue un error impulsivo ni una huida desesperada. Fue algo que llevaba tiempo creciendo, algo que estaba reprimiendo y al final lo he dejado escapar. Aun así, no era el momento. Para mí quizá lo había sido todo, era mucho más de lo que había imaginado; para él, probablemente nada. Eso quedó claro cuando se levantó y se fue.
¿Y qué esperaba yo? ¿Que se quedara? ¿Que me abrazara? ¿Que dijera algo que sonara a promesa o a historia de amor? Era absurdo. Rylan nunca había sido así, y yo no estaba en posición de pedirle nada. Lo supe en cuanto el frío volvió a ocupar el espacio que había dejado su cuerpo.
No iba a quedarme dándole vueltas. No hoy. Bastante tenía ya con lo que estaba a punto de pasar. No había tiempo para torturarme con pensamientos inútiles ni para analizar emociones que no podía permitirme sentir ahora.
A lo hecho, pecho. Y que fuera lo que tuviera que ser.
Crucé las puertas del restaurante del hotel intentando parecer funcional. Sienna ya estaba sentada en una mesa con Leo y Jael. Genial. Jael, precisamente, no estaba destacando por su sensibilidad últimamente.
Sienna estaba siendo mi ancla, lo único firme en medio de un caos que amenazaba con tragárselo todo. Le debía más de lo que jamás podría decirle en voz alta. Sin ella, probablemente ya me habría rendido.
Me senté en la mesa y las risas se apagaron de golpe.
—¿Dónde estuviste anoche? —preguntó—. No te oí cuando llegaste.
La miré unos segundos de más. No quería mentirle, pero con Jael y Leo delante tampoco iba a decir lo que pasó con Rylan.
—Estuve... caminando —respondí al final—. Necesitaba pensar.
No añadí nada más. Bajé la mirada al plato y me refugié en el desayuno, ignorando las preguntas que se quedaron flotando y la forma en que Jael me observaba, incómoda. Sienna lo dejó pasar. Leo empezó a hablar con ella, animado, contando que habían coincidido en mil fiestas sin haberse cruzado nunca, riéndose de lo pequeño que era el mundo cuando menos lo esperabas. También recordaron anécdotas de nuestra infancia y mi mente se deslizó hacia esos años.
No recordaba una vida sin los gemelos. Habían estado ahí desde siempre, por la amistad de Lilith con los padres de Sienna. A veces me preguntaba qué pasaría si Isobel descubriera que Lilith era, literalmente, un demonio. Probablemente le daría algo en el acto.
Pensé entonces que no solo tenía a Sienna.
Sus padres también me adoraban. Y estaba Sam.
Sam y yo habíamos sido inseparables durante años. Antes incluso de que Sienna ocupara el lugar que tiene ahora. Mientras ella era sociable, abierta, rodeada siempre de gente, Sam y yo preferíamos desaparecer juntos. Robábamos comida de la cocina y nos encerrábamos en cualquier habitación como si el mundo no existiera fuera de esas cuatro paredes. Con el tiempo dejamos de robar chocolate y pasamos al alcohol del minibar. Casi todas nuestras primeras veces, las importantes y las estúpidas, las vivimos juntos.
Él también había sido uno de mis pilares.
Luego las cosas cambiaron. Descubrió que ser un egocéntrico le resultaba más fácil que ser un amigo presente, pero nunca llegamos a romper del todo. Seguía ahí. A su manera, torpe y defectuosa, pero ahí.
Lilith no era lo único que tenía. Nunca lo había sido. Así que podía marcharse, desaparecer de mi vida como si yo nunca hubiera existido, y aun así no me quedaba completamente sola. No la necesitaba.
La voz de Leo me sacó de mis pensamientos.
—Termina rápido —dijo—. Tenemos que subir a coordinar lo de hoy.
—Déjame desayunar tranquila antes de planear cómo vais a llevarme al matadero —respondí sin levantar la vista.
Jael se levantó de la mesa.
—Si te hubieras despertado antes, ya habrías terminado —soltó, seca—. Camina.
Le di una última mordida a la tostada sin discutir. No tenía fuerzas para eso. Me levanté y cogí mis cosas. Sienna me dedicó una sonrisa suave, de esas que intentan sostenerte sin decir nada.
—Suerte —susurró.
Asentí.
Los tres fuimos hacia el ascensor y Jael pulsó el último botón, el que llevaba directo a la azotea. Solo ese detalle bastó para que el recuerdo de la noche anterior me inundara la mente, el calor volvió como si no hubiese pasado un momento y me obligué a respirar hondo mientras las puertas se cerraban.
Al salir, el viento me dio en la cara y me despeinó el pelo. Allí estaba el pequeño grupo de nefilims, Dixon... y Rylan. Verlo fue suficiente para que todo lo que había pasado en ese mismo lugar se repitiera una y otra vez en mi cabeza. El suelo, la cercanía, sus manos. Sentí vergüenza, una absurda e inevitable.
Jael no perdió tiempo. Empezó a señalar a unos y a otros, organizándolos en dos grupos. Los que irían con ella y los que bajarían con Leo. Nadie protestó. Todo era demasiado automático, como si ya lo hubieran ensayado mil veces.
Dixon tomó la palabra después.
—Al bar iremos todos —dijo—. Pero solo entra Rue.
El demonio del bar será quien le confirme a los nefilims que es ella. En cuanto lo haga, no reaccionamos. Nada de escenas. Solo nos aseguramos de no perderlos de vista.